martes, 4 de enero de 2011

ANASTASIO

Tras una infancia marcada por el desamparo, Anastasio se hizo mozo y emigró a tierras más feraces. En el pueblo se quedó Virginia, con Mateo recién agarrado a sus entrañas. Pasaron los años y ocurrieron dos natalicios más, Tello y Julián, engendrados en dos cortas estancias sucesivas. Unos cuantos regresos más tarde la esposa lo acompañó de vuelta en el compartimento de tercera, dejando a la prole al cuidado de unos tíos. Instalados ambos con decoro, se inició un periodo casi feliz en sus discretas vidas. Cada enero Anastasio parecía resurgir de una crisálida invisible y encarar los retos cotidianos con la inocencia y la furia de un dios. Se lo decían sus compañeros Félix y Jenaro, de forma más prosaica: “Tano, no pasan los años por ti”. Pero las raíces y la sangre tiran mucho de uno, así que un día Anastasio recogió la herramienta y se embarcó con Viginia en un tren nocturno rumbo al sur.
Fue al poco de llegar, a lo sumo a las segundas navidades, cuando nuestro hombre sintió que le abandonaba ese ardor que le hacía renacer como savia vivificadora. Fue como si un gel frío penetrara por las plantas de sus pies y le invadiese las venas hasta llenar de escarcha el corazón. Curiosamente ocurrió una tarde soleada, mientras estaba sólo en la peluquería, y unos rayos juguetones se filtraban entre las láminas de la persiana veneciana. Anastasio se miró en el gran espejo, apoyado en el reposacabezas del sillón giratorio, y vio la imagen de un hombre triste, cercano a los cincuenta, con ojeras profundas y barba de dos días. “Te vendría bien un afeitado”, pensó, y comenzó a pasar cansinamente la hoja de acero por el afinador.

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