jueves, 29 de diciembre de 2011

COLETA

A Coleta le hubiera gustado nacer en Francia, pero tuvo que aguantarse con el pueblo de secano que le tocó en suerte. En Francia hay música y canciones, todo el mundo tiene bici de carrera y los besos se dan con lengua. Eso es al menos lo que Coleta oye decir a su tío Fidel cuando viene por los veranos, con su Citroen rojo bien limpio y encerado. Pero, sobre todo, Coleta anhela vivir en Francia porque allí se llamaría Colette, que es un nombre bonito, de artista de cine o de diseñadora o, cuando menos, de señorita con perro y gabardina. En el pueblo no la queda otra que aguantar los chistes zafios y cansinos sobre su nombre. Y cada vez está más harta. Tan harta está que una tarde coge su maleta de cuadros y se sube al coche de línea que va a la capital, un chachivache renqueante que conduce Moisés con mano firme. Coleta pega su mejilla a la ventana y se pone a soñar con bulevares iluminados por la luna, mientras discurren frente a ella los secarrales de tierra roja, cortados de trecho en trecho por la vertical soberbia de un poste de la luz . Hacia la mitad del trayecto sube un caballero con sombrero y corbata. Se presenta como Claudio, tras pedir permiso para sentarse al lado. Hablan de todo un poco: de la profesión de él, del pueblo de ella, del tiempo y del curioso parecido de sus valijas. Claudio no ha estado nunca en Francia, pero vende lencería fina y habla un poco de francés. Antes de llegar el coche a destino, se baja en un polígono industrial y Coleta se queda un poco triste. Que una vez en la habitación de la pensión, nuestra Coleta descubra que la maleta no era suya, es algo que el lector ya habrá supuesto. También que hubo reencuentro con el apuesto Claudio, a poco avisado que aquel fuere. Sin embargo, desconocemos los detalles. Pero, de mano en mano, nos ha llegado un tarjetón que reza: “Claude y Colette, haute lingerie”. Imaginarla a ella, un día de lluvia, con impermeable y perrillo de lanas, tampoco es algo tan difícil.

lunes, 12 de diciembre de 2011

GASTÓN

Aunque nacido en una familia obrera, Gastón tuvo siempre una propensión innata a la prodigalidad y lo desmesurado. Sus padres, Amancio y Dorotea, habían sido educados en el cálculo y la moderación, y así se lo intentaron inculcar a su vástago. Pero Gastón, hacía oídos sordos y no había quién le metiese en vereda. Si un domingo le daban una propina, se la gastaba íntegra en golosinas y las repartía espléndido, no ya entre sus amigos, sino entre muchachos de la calle que apenas conocía de vista. Si recibía dinero para comprar un cuaderno y un compás, lo invertía todo en un libro de aventuras ilustradas y se quedaba sin material para dibujo. La cosa no mejoró con la edad, sino que incluso tomó derroteros más extremos. Un día trajo a casa a un pobre de pedir a instó a los padres a sentarlo a la mesa. Hubo luego que desinfectarlo todo con zotal. Dorotea estaba ya más harta que harta, mientras Amancio seguía trabajando en las figuras de madera que constituían su hobby preferido. Y no es que Gastón fuese un consumista irrefrenable, de hecho no anhelaba productos caros o lujosos, era más bien que le resultaba tedioso el cálculo y detestaba medir y tasar. Su pensamiento tenía dedicaciones más elevadas; le encantaba la mitología, las grandes óperas, las sublimes figuras poéticas de los líricos. “Este chiguito nos hunde, y si no el tiempo”, repetía Revocata, la abuela, por el pasillo. Pero Gastón era alto y garboso. Su rostro era expresivo y varonil. Se movía con una delicada elegancia natural y sus ojos emanaban simpatía. Cuando entró el primer día en la facultad de Filosofía, todas las chicas se volvieron hacia él como movidas por un fototropismo positivo que buscase el brillo de su aura. Fueron cinco años de carrera inolvidables en los que Gastón lo aprendió todo sobre el alma humana y sus pasiones. Al final eligió a Hildegunda, una hermosa muchacha cuya belleza no iba a la zaga de su pasión por las lenguas de Mesopotamia. Quiso además la suerte que perteneciese a una culta y aristocrática familia, cuya fortuna inmensa estaba dedicada a la promoción de la cultura en todo el mundo. Vivió pues Gastón una vida de ensueño, dedicado a una Hilde que adoraba, viajando por todo el mundo en su compañía y atesorando libros. “Vaya, me equivoqué con el guaje”, tuvo al fin que admitir Revocata, revocando su juicio pretérito.

jueves, 8 de diciembre de 2011

GENUINO

Genuino siempre fue un niño muy especial. Su madrina, Dominica, que era muy salerosa, solía decir de él que tenía una “peculiá idiocincracia” y se quedaba más ancha que larga, hecho que propiciaba su peculiar idiosincrasia en lo tocante a los dones de Natura. Genuino, de bebé, lloraba mucho y agitaba los brazos como si estuviese prematuramente cabreado con el mundo. Sus padres, que eran pobres pero entregados a su prole, lo llevaron al médico del seguro y, no contentos con sus respuestas evasivas, se fueron a un galeno de pago de la calle principal. El doctor, don Avito, una eminencia, examinó al lactante, le palpó aquí y allá y se lo devolvió a los atribulados primerizos con un: “es cosa del crecimiento, hay que esperar”. Como el que espera desespera, y el infante no cesaba de perturbar el sueño de progenitores y vecinos, recorrieron con el genuino hombrecito varias consultas más, sin resultados concluyentes. El llanto fue remitiendo poco a poco al tiempo que Ino daba sus primeros pasos por el mundo. Todos se fueron olvidando del problema hasta el día en que le descubrieron en el brazo derecho ciertas protuberancias. Para entonces el niño ya había empezado a ir al colegio. Volvieron las consultas y las exploraciones, pero fuera porque los matasanos no atinaban o porque los rayos x de entonces no tenían aún tecnología 3-D, el caso es que el idem siguió aún sin resolver. Pero, a veces, los enigmas no necesitan otra cosa que tiempo para sacar sus entrañas a la luz. Y fue un día de octubre, cuando aconteció el hecho que haría de Genuino un auténtico fenómeno, tan único y peculiar que hubiera podido acaparar el prime time de todas las televisiones. Lo que ocurrió fue que, mientras corría Ino hacia el colegio, descargó un chaparrón una nube traicionera e ipso-facto emergió de su muñeca derecha un paraguas salvador que lo mantuvo seco hasta la puerta. Sólo su madre se dio cuenta, mientras lo despedía con la mano al abrigo de una cornisa. El niño lo tomó por una función más de un cuerpo aún no del todo explorado y la cosa nunca salió del ámbito doméstico. El resto de su vida, Genuino, ha echado mano de su don prodigioso sólo de vez en cuando. En viajes y reuniones de trabajo se ha ido encontrado con algún caso como el suyo, pero son pocos y todos lo mantienen como él en el secreto más estricto. Sin embargo, lo que no han podido evitar es dar carta de naturaleza a una leyenda, extendida por los cinco continentes: ¿les crecen a los demás paraguas en las manos en cuanto la primera gota toca el suelo?

miércoles, 7 de diciembre de 2011

TEÓFILO

Teófilo, allá en el alba de su vida, fue pastor. Subía al monte con los rebaños y se sentaba en una peña, mientras las cabras ramoneaban a placer. En verano, Teófilo buscaba una sombra y se dedicaba a estudiar la forma de las nubes o a pensar en la inmensidad del cielo azul. Cuando llovía o arreciaba el frío, tenía un chozo donde se guarecía. Desde ese útero peculiar, observaba cómo la realidad externa penetraba en forma de luz por las improvisadas rendijas y le venía a la mente, sin conocerlo, el mito platónico de la caverna. Hubiera llegado Teófilo a ser un asceta sublime, o quizá un pensador reconocido, incluso bien pudiera haber acabado fundando una nueva religión que hiciera tabla rasa con las otras. Pero no ocurrió nada de eso. Acaeció que Rabano Mauro, padre de nuestro aspirante a espíritu perfecto, conocía en la ciudad a un tal Magín, concejal de urbanismo a la sazón, y urdieron entre ambos lo que sería para él un cambio brusco de timón en la singladura de su vida. Rabano, padre ejemplar, venía ya hacía tiempo pensando en procurar a su hijo un oficio de más provecho y lucimiento que el menester agropecuario. Así es que cuando Magín le habló de la posibilidad de conseguir licencia para un quiosco en la vía pública, no cupo en sí de gozo. Dicho y hecho, cogió un día Teófilo el coche de línea para plantarse ante la ventanilla expendedora de prensa y mercaderías de poca monta. Le costó al principio al muchacho pues, aunque había ido a la escuela, no estaba muy diestro en el manejo de moneda corriente. Pero no fue eso lo peor, sino el que echaba de menos la soledad y el silencio del monte. Le perturbaba el ruido del tráfico, el murmullo de la gente al pasar, tan distintos a la suave brisa o al gorgoteo de los arroyos. Las caras desconocidas que se sucedían sin cesar en el hueco adintelado que daba al exterior, le recordaban a los títeres que una vez había visto en el pueblo y le producían temor. Mas, poco a poco fue haciéndose al entorno. Los días de menos venta, tenía ratos tranquilos en que la luz que se filtraba entre las publicaciones le recordaba al chozo del pasado. Pero los pensamientos de antes ya no regresaron. Ahora tenía la letra impresa; miles de páginas de papel satinado, con historias de gentes pintorescas, que fueron invadiendo sus neuronas como los descendientes de Abraham poblaron la Tierra Prometida. Cuando le hablaban de volver al pueblo, Teófilo se aferraba sin querer al bramante que ataba los últimos paquetes del Hola, como quien se encadena a la nave donde sirve de remero. Seguramente esa extrema dependencia fue la causa de que Teófilo empezara a oír aquellas voces a raíz de lo del incendio. El resto de su vida fue la de un loco peripatético que hablaba a voces por las calles, en tiempos en que la telefonía móvil aún no podía servir de enmascaramiento al desvarío.

lunes, 5 de diciembre de 2011

AZARÍAS

En algún momento de la infancia de Azarías, surgió una fuerte afición a las aves de presa. Sus padres, Anatolio y Berelendis, no se explicaban el porqué, como no fuera por la influencia de los documentales de la tele. Lo tomaron al principio por capricho infantil y veleidoso, pero fueron viendo con el tiempo que el muchacho tenía verdadero empeño con el tema. Como eran padres liberales y pudientes, optaron por facilitar al muchacho el desarrollo de su pasión y se compraron una finca, donde acudían los fines de semana para que éste observara en vivo a milanos, aguiluchos y demás volátiles de uñas y pico fieros. “Ya se le pasará”, comentaban entre sí, como dándose la aquiescencia el uno al otro, y tomaban el té en el porche con el servicio de diario. Pero ocurrió que Azarías no sólo no cejó en el empeño de su estudio, sino que se hizo con algunos ejemplares de rapaces y se empeñó en resucitar la cetrería. Fue un verano, de aquellos interminables, entre la Reválida y el comienzo del Bachillerato Superior. Cogió especial cariño a un azor al que puso Nitardo, porque era nombre sonoro y tenía implícita la velocidad. Con Nitardo se dedicó a cazar palomas y algunas tenían mensajes en las patas. En uno ponía “Si no me contestas, muero” y en otro, un mes después, “Te lo dije, chatina”; pero Azarías nunca se enteró porque la cocinera los echó al cubo de las plumas. Consiguió más tarde un aguilucho, al que llamó Glorioso, que pronto se especializó en cazar los pichones de don Blas, el párroco local. Y aquí acabó la carrera como cetrero de Azarías, con la guardia civil llamando broncamente a la puerta y los abochornados padres pagando al cura las aves a precio de faisán. De las peripecias ocurridas en adelante en la vida del joven sabemos poca cosa. Sí que nos ha llegado noticia de su provechosa dedicación al mundo del derecho financiero. Sus padres pudieron al final respirar tranquilos. Ya no corría peligro de convertirse en un ser andrajoso, de pantalones rotos y mugrientos, como temieron a la vista de su insano desvarío; ni tampoco en un naturalista aventurero aspirante a perecer en los hielos polares cualquier día.

domingo, 4 de diciembre de 2011

AÍDA

Sus padres, Bucardo y Adeloga, le pusieron Aída porque les sonaba a finura y distinción. No sabían que, en realidad, era nombre de esclava; etíope por más señas. Es lo que pasa a veces en la vida, que se confunde la reverberación de los dorados con lo esencial de la representación. Sin embargo, seguramente por casualidad, Aída mostró enseguida unas condiciones excepcionales para el canto. Don Firmo, el director del coro de la iglesia, así lo estima y aconseja a los padres que busquen quien, mejor que él, pueda sacar el máximo lucimiento al potencial en bruto de la niña. Pero ni Bucardo ni Adeloga estaban para músicas, con muy magros recursos y otros tres hijos que atender. Así es que Aída termina la Primaria y se pone a trabajar en una tienda de recambios para coches. Vendiendo tapacubos y bujías conoce un día a Lupicinio que, tomando una copa, reaviva en ella unas ansias de éxito que creía apagadas para siempre. Le presenta a Sicario, un socio con el que regenta varios bares de alterne. Entre striptease y striptease, Aída canta boleros y rancheras. Y lo hace con tanto entusiasmo que levanta más pasión que las prietas carnes de las lumis. El lleno es total los fines de semana, así que Lupicinio y Sicario le proponen un tanto por ciento del negocio y ella acepta. Con Sicario como representante, inicia una serie de actuaciones en salas de fiestas que aumentan su fama y su caché. Montada en un cochazo rojo y vestida de pieles, visita a sus padres ante la envidia y admiración de todos, incluido Fortunato, el del bar donde tomara sus primeros refrescos. De allí parte para América, en una gira triunfal de varios meses. Aquí entra la parte del destino, que siempre cobra su tributo. Aída embarca, tras su vuelta a Europa, en un crucero de placer. Durante la escala en Egipto es raptada por la mafia local y desaparece sin dejar rastro. Algunos especulan con la presunta implicación de Sicario, aunque otros lo achacan a meros prejuicios onomásticos. Ciertos cronistas la sitúan en poder de un líder radical, encerrada en la árida celda de su propio burka. El caso es ampliamente difundido por las televisiones, lo que hace las delicias de Bucardo y Adeloga.

jueves, 17 de noviembre de 2011

VIRIDIANA

A Viridiana le encantaba jugar a las cartas. Ni las siete y media, ni el subastado, ni el mus tenían secretos para ella. No siempre fue así, pues de niña era tan piadosa que se escapó de casa y quiso fundar un cotolengo donde atender a los más desamparados. Pronto regresó al hogar horrorizada, al comprobar que los pobres olían. Y es que hasta entonces sólo los había visto en foto o por la tele y no se le había ocurrido pensar en tal detalle. De regreso a su sencillo hogar de clase alta, tuvo un tiempo la idea de dedicarse a la perfumería por enfrentar desde otro ángulo el problema. El jardinero, un tal Renato, le hablaba de las cualidades odoríferas de las diversas flores y raíces. Pero un buen día partió con unos feriantes que venían de paso y no volvió a saber de él. Esto la sumió en el aburrimiento más atroz. Es ahí donde entra en escena su primo Basilio, a quien el contratiempo de haber nacido negro, siendo hijo de caucásicos puros, le había dotado de un carácter débil y voluble. Basilio y ella pasaron juntos un verano, que ocuparon en jugar incansablemente a los naipes. Estudiando Farmacia, Viridiana, conoció a Ursus y le convenció para que la secuestrara, pues quería vivir una vida plena de emociones. Este Ursus era un muchacho grandullón pero cobarde hasta lo patológico. Para sobrevivir, Viridiana jugaba y Ursus desafiaba a los hombres del lugar a una prueba de fuerza. Afortunadamente, nadie le plantó cara e iban tirando con el dinero ganado en las apuestas. El tándem funcionó algunos años, hasta que llegó Soro, un enano diminuto que enamoró a la difícil Viridiana y la llevó a trabajar a sus locales. A Ursus le enfundaron en un traje cruzado y le pusieron de matón en la puerta, con gorra de plato para escarnecerlo. Que Viridiana acabase atendiendo un dispensario médico en una aldea a orillas del Zambeze sería un buen final, no cabe duda. Desgraciadamente no tenemos documentos que lo prueben, aunque sí el testimonio oral de Severo, un antiguo cliente que lo contó alguna vez en el hogar del jubilado.

martes, 15 de noviembre de 2011

WALDO

Waldo manifestó desde muy niño unas peculiaridades especiales. Inteligente y despierto, sobresalió en todas las asignaturas sin aparente esfuerzo. Pronto despuntó en su conocimiento de las lenguas modernas, especialmente las germánicas. Sus padres, Eusebio y Albertonia, reuniendo sus caudales, lograron mandarlo al extranjero en cuanto acaeció la edad propicia. Permaneció Waldo varios años vagando, mientras se apropiaba del alma de los pueblos, que no otra cosa es el idioma. Tuvo sus experiencias amatorias con nativas fragorosas y con otras más reposadas y silentes, que la lengua cuenta también en esas lides. Volvió Waldo a su tierra y esposó a Virginia, doncella cabal y sin tacha que parecía esperarle desde siempre. Aunque le dio tres hijos –Ciro, Geminiano y Tarsicio- pudo el erudito dedicarse a sus tareas en cuerpo y alma, pues la joven esposa se ocupaba del hogar y la crianza. Waldo ganó una cátedra de historia y se puso a rebuscar monedas y trozos de cerámica por las ruinas de un antiguo asentamiento prerromano. Cada mañana salía de casa pertrechado con una cámara réflex y un maletín con varios objetivos. Así anduvo durante varios años, fotografiando presuntos canales y raspando con una brocha los delicados estratos arqueológicos. Pero un día apareció Marcela, una becaria con andares de pantera y rasgos de diosa, que se pasaba la vida huroneando entre las ruinas. Con ella vivió una pasión de madurez que le hizo ascender hasta las crestas más altas de la pasión y precipitarse a las más ínfimas grutas de la miseria. Durante meses, por las noches, los naturales oyeron aullar a los lobos entre los muros derruidos, aunque la última manada hubiera sido exterminada hacía dos décadas.

martes, 8 de noviembre de 2011

TIADILDE

Cuando nació Tiadilde, sus padres, Habrilia y Amnicado, habían ya empleado el cupo entero de talento bautizando a Serena, un año antes. Así que les costó dios y ayuda encontrar otro nombre que les satisficiera. Lo hallaron tras seis días de consultar diccionarios y almanaques, y al séptimo descansaron. ¡Tiadilde!, gritó eufórica Habrilia, y Amnicado se apresuró a asentir, aliviado como cuando ella encontraba al fin unos zapatos a su gusto, tras probarse tres pares de docenas. En aquellos lejanos tiempos existían ya las fotonovelas en color, pero aún faltaban muchos años para que por aquellos contornos se sospechara siquiera lo que serían los juguetes de látex, y menos aún las reuniones de Tupper Ware erótico. Por eso ninguno de los protagonistas sospechaba que Tiadilde acabaría siendo musa de una competitiva marca de utensilios del ramo del placer. La culpa fue de Hipólito, un joven chalán, bien dotado para la monta, que supo sacar partido a los nuevos aires de libertinaje que empezaban a penetrar, de aquella, por las troneras abiertas de la patria.

lunes, 7 de noviembre de 2011

CESÁREO

Cesáreo quería ser Dios. De todos los personajes de la Doctrina no quería ser aquel forzudo que vencía a todos por las bravas, ni el muchacho que suplía su fuerza por su maña con la honda; tampoco el que engañó al hermano con las lentejas, ni siquiera el Faraón de Egipto, con todo su poder, sino ese Dios que todo lo veía y todo lo sabía y podía estar en todos los sitios a la vez. Su confesor, don Sulpicio Severo, se escandalizó cuando una tarde el tierno infante le confesó su gran pecado. Le acusó de impío y de soberbio y le impuso varios rosarios como penitencia. Sin embargo Cesarín no conseguía domeñar en su fuero interno ese deseo. Más que la omnipotencia, lo que al crío le atraía eran otras cualidades como la omnisciencia, que le permitiría aprobar sin estudiar, y ese permanecer más allá de los hechos, sin tener que intervenir ni verse arrastrado por las marejadas de la historia. Recordaba un viaje que había hecho con sus padres en tren, sentado tras el cristal mientras discurrían fuera los campos, las arboledas y las ciudades, como en el cine. Eso, y poder parar el tiempo a voluntad. Poder continuar disfrutando del domingo hasta cansarse o pasar apenas unos segundos en las clases más agobiantes y pesadas, le parecía una ventaja sin igual. Le llegó a Cesáreo el tiempo del amor y comenzó a penar por Vilana, una chiquilla elástica y altiva que tenía la facultad de irse volando en cuanto él iniciaba la más sutil de las aproximaciones. Sufría Cesáreo por causa de esta esclavitud de naturaleza tan mortal y, a la vez, deseaba sentirse más y más humano. Ya no deseaba ser Dios, sino hombre y bien hombre. Eso sí, de poder elegir, no le hubiera importado ser el hombre invisible, para poder seguir sin ser visto al objeto de su desazón.

domingo, 6 de noviembre de 2011

PAULA

Paula era una niña de buena familia. Sus padres, Clara y Flaviano, la educaron en buenos colegios y cuidaron de darle en casa unas normas esmeradas acerca de cómo tratar convenientemente a iguales y criados. Aprendió a comer porciones de canario y a limpiarse los labios con precisión quirúrgica, a estornudar sin ruido y a sonreír con parquedad, a coger las tazas de té por el asa y las copas de vino por el tallo, a decir no cuando es tal vez y sí cuando es ya lo veremos. Estudiaba francés y piano y, por supuesto, practicaba equitación. Sin embargo no podía evitar un vicio horrible, y era proferir todo tipo de palabrotas e improperios con el menor pretexto. Sus padres lo achacaban a la herencia maldita de una tal Basilio, palafrenero con oscura fama de bravío que, siglos ha, pudiera haber enturbiado las cadenas de ADN de la saga. El caso es que bastaba con que el caballo tropezara en uno de los palos para que la dulce damisela se convirtiera al punto en bestial descargador de muelle, con palabras tan gruesas que bajaban ipso facto a la corte celestial al nivel del limo de una ciénaga. No había manera de reconducir estos instintos, por más que la joven Paula se prometiera a sí misma la reconducción de su conducta vergonzosa. Pero hubo un día que, ante lo sacrílego de su denuesto, se abrieron los cielos y tronó una voz en una lengua antigua. Tan remota era que nadie entendió nada. Pero Paula no volvió a ser la misma. Al día siguiente tomó un vuelo a Damasco, se alojó en un hotel y se puso a esperar más instrucciones. Fue pasando el tiempo hasta que la dirección le aplicó tarifa de estable. Allí fue envejeciendo mientras se dedicaba a los negocios más dispares, desde profesora de yoga a adiestradora de dromedarios cojos. Siguió jurando, aunque ahora lo hiciera en arameo. De la voz vetusta nunca más se supo.

sábado, 5 de noviembre de 2011

CÁNDIDA

Candy era tan cándida como su nombre. Sus padres, Teodorico y Maura, no habían visto la película, ni sabían tampoco qué significaba, simplemente se llamaba así una tía abuela a la que debían varios favores. Esta señora vivía en una boardilla y le gustaba recordar sus años mozos por un Madrid idealizado. Candy en el colegio era la tontita a la que nadie tenía en cuenta. Si le hablaban de la regla habría el pupitre y enseñaba impertérrita el instrumento de medida, exhibiendo una sonrisa servicial. Si sus compañeras decían sentirse calientes, ella iba rauda a abrir la ventana, con su buena voluntad de alma de cántaro. Pasó el tiempo y, como no podía dejar de acontecer, se cruzó en su camino el burlador más chulo y pendenciero, un tal Lupo, que la guiñó un ojo en la boda de una prima. Sin saber cómo, acabó con él en el ropero, a oscuras sobre la suave piel de los visones. Iba a decir: “Pero que… tan grande tienes”, pero no sabía rellenar los puntos suspensivos, así que se calló y cayó de inmediato en la disipación como se cae por un tobogán de un parque acuático. Lupo la dejó bastante malparada, porque la infeliz ya se veía siendo su fiel esposa y cuidando a sus camadas. Pasó llorosa largos meses hasta que tropezó con Beato en una iglesia a la que solía acudir en busca de consuelo. Pronto descubrieron que estaban hechos el uno para el otro. Iniciaron un noviazgo casto y puro, cuajado de atenciones más propias de otros tiempos. Iban de paseo por lugares concurridos y hacían excursiones culturales y campestres en grupo organizado. Todo marchaba como la seda, aunque Candy sintiera a veces el resquemor punzante de la culpa. Continuó la buena racha un tiempo más. Justo hasta que apareció Devota, con su cara de ángel y su pasado inmaculado.

CONAN

Conan quería ser científico. Su vocación se manifestaba ya en sus tiempos de escolar, cuando ocupaba los recreos observando la realidad desde un rincón, en lugar de participar en el “a la una anda la mula” y otros juegos deslomadores y crueles, como hacían los demás. Si no sufrió desprecios y agresiones es porque Natura le había dotado de anchas espaldas y brazos musculosos, así como unos bien definidos abdominales que no se desdibujaban por más que vagueara y comiera golosinas y frituras. Estaba lo que se llama “bien parido” en el argot de los que practican culturismo. Sus padres, Paula y Osario, apoyaron sus anhelos y consiguieron una beca para que estudiase en una buena facultad de ciencias. Eystein, en cambio, siendo hermano suyo, no tenía más obsesión que la lucha y las pendencias. Volvía siempre del colegio con cardenales y la ropa desgajada, pues su físico era el de un auténtico alfeñique. Y eso que practicaba pesas y seguía una dieta híper-proteica a base de carne casi cruda y preparados de farmacia. Sin embargo era un lince en matemáticas y física, mientras su hermano Conan no conseguía aprobar por más que se esforzaba. Conan y Eystein se llevaban bien, a pesar de sus idiosincrasias diferentes. Algunas tardes hablaban de sus cuitas y se consolaban de sus sueños no cumplidos, pero no llegaban a nada concluyente. Pasó un tiempo y dijo Eystein a su hermano: “Mira, Conan, creo que nos estamos equivocando. No podemos seguir dando la espalda a nuestros dones. Tenemos que unir fuerzas. Tú dedícate a entrenar hasta ser número uno; yo me licenciaré en medicina deportiva. Juntos seremos imbatibles”. Así lo hicieron y ese tándem se recuerda aún como un mito en la historia de la lucha libre. La iconografía clásica es la de un gigantón con un homúnculo retrepado en sus espaldas, armado de fonendo.

viernes, 4 de noviembre de 2011

JUVENTINO

A Juventinín, desde la infancia más tierna, le ilusionaba la idea de hacerse impresor. Cuando la tía Elvira supo de estas inclinaciones, le regaló al sobrino una imprentilla, con la que mató dos avecillas de un único y certero fogonazo. Por una parte alimentaba las provechosas ilusiones del infante y, por otra, se servía del producto de sus gozosas labores para anunciar los productos que vendía en el kiosco que regentaba con su esposo Ananías, maquinista de Renfe a la sazón, que aprovechaba los descansos para echar una mano. Un “CAMBIO, COMPRO, VENDO” lució enseguida en la cristalera que daba hacia poniente. Y en el frente un “Hay pastillas de leche de burra”. Nada que ver con los letreros cotrosos, hechos a mano con letra desigual, de otras industrias del gremio. A Juventinín le creció el bozo y le pusieron de pantalón largo, pero su pasión seguía intacta. Así es que, con su título de Reválida bajo el brazo, entró de aprendiz en una imprenta. Allí le enseñaron el arte de los cíceros y los tipos móviles de plomo. Los primeros meses de trabajo fueron de absoluta felicidad, hasta el punto de que le parecía un robo aceptar el magro salario que le daba semanalmente don Adelfo. Pero pronto echó de menos componer textos literarios y científicos. Un arte tan sublime no podía dedicarse sólo a la impresión de anuncios de callistas, hojas volanderas o recordatorios de difuntos. Juventino quería ser un impresor de genios del estilo de Dickens o Balsac, o bien coadyuvar al bien de la humanidad dando a la luz un método científico que hiciera más felices a las gentes. En cuanto tuvo algún dinero se estableció por cuenta propia. Colocó un cartel grande en que rezaba: “Imprenta Juventino”, y abajo, en más pequeño: “Editor de textos literarios y científicos”. Colocó luego una campañilla en la puerta y se sentó a esperar. Entró algún joven con sus esbozos de poeta, pero no le parecieron merecedores de acceder al parnaso. Juventino había sido desde niño un gran lector y había adquirido gustos refinados. Hubo algún manuscrito de novela que casi le convence, pero al final decidió no contribuir a dar al mundo una obra mediocre más, pues ya abundaban demasiado. Tuvo que aceptar encargos publicitarios y tarjetas de visita para poder comer, pero la desazón no le dejaba en paz. Al final se fue en busca de fortuna. Acabó embarcado en un mercante y pasó años leyendo grandes obras en los ratos que le dejaban libre las faenas. Acabó en el asilo de una ciudad costera. Nunca se arrepintió de no haber condescendido con la vida.

martes, 20 de septiembre de 2011

EFREM

Efrem en verano trabaja siempre con la ventana abierta y una botella de vino en el alféizar. Bebe y pinta “au rez-de-chausée”, como acostumbra a decir “pour épater un peu” a los vecinos gárrulos y ociosos que se acercan por allí, más –es la triste verdad- por amorrarse a la frasca de vino gratuito que por interés en escuchar por enésima vez la relación completa de sus enconados lances con la gloria. Efrem ha estado en París. No en el París doméstico de los viajes organizados con parada en Monparnasse y ascensión en fila india a la torre Eiffel y al Sacre Coeur. No en ese París de los emigrantes con maleta de cartón y horizontes tan ciegos como un piso interior con derecho a cocina. No, en ese no, sino en el París dorado de la bohemia y las grandes esperanzas. En el de veladas en el Lapin Agile y copas de absenta hasta el amanecer. Como todos los genios, Efrem ha sido –como no- incomprendido. Sus cuadros no se entendieron en su día. Y eso que Picasso los apreciaba mucho, como reza en una carta autógrafa, amarillenta y medio tazada por los dobleces, que saca a menudo de un cajón de la cómoda y provoca en el coro de vecinos aspavientos cada vez más comedidos. Fíjese, qué injusticia, si es que en esta vida todo es caer en gracia, y etc. Pronto se callan para libar más a placer. Así hasta que oscurece, viene Eusebia y espanta a los curiosos. Se cierra la ventana y cada mochuelo va a su olivo. Eusebia es tosca, sucia e iletrada. Su figura se asemeja a un centollo, según dijera Mardonio una noche de mal vino. En el barrio no conciben que Efrem, codeándose con modelos y coristas de cuerpos ebúrneos y almas delicadas, haya llegado a esto. “Mais, c’est la vie”, que dicen en la Francia. Regresan todos a sus casas modestas y en los pasillos húmedos les esperan los paisajes de esas calles parisinas, con coches de punto sobre pavés mojado que a veces le compran al artista por pena y porque son baratos, y un poco también por sentirse culpables de beberse su vino por la cara. Son tristones y planos, sin atisbo de genio, pero aún así abren ventanas a otros aires. Efrem, antes de rendirse a un sueño opaco, se esfuerza en calcular el número exacto de metros cuadrados de pasillo que puedan quedar en el barrio aún disponibles.

martes, 13 de septiembre de 2011

MESALINA

Desconocemos qué hados extraños insuflaron en el espíritu de Aselas y Bernardo la peregrina idea de elegir Mesalina como nombre de su primogénita. No obstante, hay que decir en su descargo, que ambos carecían por completo de conocimientos sobre la historia de la antigua Roma. El que al segundo hijo lo llamaran Clemente, bien pudo deberse al puro azar. Lo cierto es que la niña Mesalina fue presa, desde temprana edad, de los ardores que se atribuyen a la intrigante emperatriz. De hecho existe prueba escrita de un incidente ocurrido con un tal Mainbodi, condiscípulo de primeras letras, que saltó por una ventana ante el acoso de la ninfa. El suceso fue muy comentado y dio lugar a algunos chascarrillos entre los malintencionados del lugar. Pero, a medida que se iban deshojando los almanaques, el furor uterino aumentaba en inversa proporcionalidad. Compañeros, ujieres y profesores fueron objeto de proposiciones atrevidas que los incomodaban y ponían en un brete harto salaz. Contra lo que cabe suponer, no era Mesalina simplemente una fresca que disfrutase con su vicio. Muy al contrario, sufría amargamente sus accesos lúbricos como imposiciones de una naturaleza superior que esclavizase su yo más prístino y esencial. De hecho, era la joven en su fuero interno retraída y vergonzosa hasta el exceso. Como cabe suponer, sus padres y hermano padecían estos avatares con honda preocupación para sí y abochornamiento ante los otros. Buscaron remedio, pero ni las confesiones con don Severiano, el párroco, ni las consultas con don Guido, un lacaniano con fama en la ciudad, dieron los frutos apetecidos. Pasaban los cursos y los equipos completos de fútbol sala por la vida atormentada de Mesalina sin atisbarse un rayo de esperanza. Todo parecía perdido cuando regresó el tío Salomón de allende el mar. Salo era un erudito enamorado de la Antigüedad. Supo del problema en una cena familiar e ipso facto dictaminó la solución. Al día siguiente, lunes, la familia al completo se personó en el Registro Civil. Emerenciana fue el nombre elegido por consenso. Desde ese día, la joven Chana fue un dechado de virtudes y un cascabel de felicidad.

jueves, 21 de julio de 2011

WALTER

Walter era el benjamín de siete hermanos. Sus padres, Afia y Oroncio, aunque pobres atesoraban el proyecto de dar a su último vástago un destino más noble que el de los seis hijos precedentes. Ellos eran fuertes y pronto se colocaron de peones, lavanderas o chapistas. Pero Walter estaba delicado y Afia temía por su salud. Así es que Oroncio empezó a trabajar en el taller más horas para comprar al benjamín una Olivetti. Para un obrero manual, escribir a máquina significa techo, calor, postura cómoda, alejamiento en suma de la dura intemperie y la fatiga. Así es que Walter, con trece años se puso a practicar después de la escuela. Empezó con el “asdfg” y el “ñlkjh”; luego pasó a combinar dos filas y al mes pudo escribir frases como “quiero lo que quiere tu portero torero titiritero titiritero”. La cosa iba bien y tanto padres como hermanos se congratularon con ello, pues eran felices en su simpleza y se querían.
Walter, el benjamín, terminó el bachiller y consiguió colocarse, con sólo quince años, en el despacho de don Solemnio, un notario muy valorado por su eficiencia y probidad. Pero no todo iba a ser así de fácil para el hijo postrero. Ocurrió que, tras unos meses de adaptación al cargo de escribiente segundo, Walter, empezó con ciertas prácticas nefandas, que no favorecerían en nada su futuro. Un día aciago regresó a casa con la liquidación en una mano y un folio con membrete en la otra: “Miro como se cuela la luz de la mañana por las rendijas de la leve persiana”, ponía en el papel. Y en rojo un mensaje del notario: “No soporto a los malos poetas”.
El padre de Walter, con buen tino, vendió la Olivetti y le compró al benjamín una azada con que limpiar de malas hierbas el huerto familiar. Es como aparece en la iconografía: inclinado sobre los surcos, con el folio ominoso prendido en la esclavina.

domingo, 17 de julio de 2011

EPIFANIO

A Epifanio siempre le gustó el cine. La primera película que vio supuso para él una auténtica revelación. Sus imágenes quedaron impresas en su alma de tal modo que no conseguía deslindarlas de las suministradas por los sueños. La segunda vez vio una película de espadachines y se pasó los meses siguientes con un palo de escoba en una mano y un mandil de su madre a guisa de capa sobre los hombros.
En vista de su afición por este arte, los Reyes Magos le trajeron una máquina de cine. El aparato consistía en una bombilla de 60 vatios enclaustrada en una carcasa de cartón. En otro compartimento había una lente regulable y en medio una banda traslúcida con dibujos en serie apenas diferentes. Moviendo un manubrio a la debida velocidad, estos seres estáticos parecían tomar vida sobre la pared encalada del comedor. La primera sesión fue memorable. Josefa, la madre de Epifanio, casi se muere de un ataque de risa, viendo como las patos de una charca persiguen a un hombre de boina y bigote. Epifanio dibuja enseguida nuevas películas con personajes de tebeo que hacen las delicias del vecindario. El éxito le lleva a cobrar dos reales de entrada.
Andando el tiempo, acaba trabajando en el cine local. Primero de portero, luego de proyeccionista. Es el encargado de poner la mano delante en las escenas de besos y de pegar con acetona los filmes escarallados que recibe. Hace también de acomodador y le toca apuntar con la linterna a los novios intrépidos que se apostan en la fila de los mancos.
Epifanio aspira a mucho más. El quiere ser uno de esos creadores de sueños, como lo fue en la infancia. Pero, en esta época no hay escuelas de cine y si las hay no están a su alcance. Doña Josefa le aconseja que conserve el trabajo y se deje de tonterías de niño rico. Su padre, Renato, le incita a desistir de inanes intentos de conquistar el cielo. El conoce de primera mano lo que es morder el polvo tras tentar al abismo.
Epifanio se casa con Lutgarda y tiene un hijo. Ya la huida es labor casi imposible. Sigue empalmando películas y cortando entradas mientras los años pasan con la misma rapidez de las hojas de calendario en la pantalla. Los cines van cerrando para convertirse en multisalas donde un operario se apaña para proyectar siete películas. Los servicios de Epifanio se hacen obsoletos. Ya nadie tiene por qué tapar los ojos de la gente y los novios vienen al cine hartos de folgar en colchones ortopédicamente testados por expertos.
Le descubrimos, tras larga búsqueda por las calles, vendiendo deuvedés piratas que ya nadie compra. Es su última etapa antes de acabar peor que un ladrón de bicicletas.

miércoles, 6 de julio de 2011

AUGURIO

De don Augurio podría decirse, sin temor a conculcar gravemente la verdad, que nació con el “don”. Quizás fuese por esa seriedad que habitaba en su rostro, por su afición a los pormenores, por aquel perfeccionismo en las costumbres que causaba admiración entre las damas respetables de su entorno. “Qué prudente es siempre don Augurio”, decía a menudo Elia a Quisilinda en el rellado. “Y qué curioso va”, le respondía ésta presurosa en voz alta, con la esperanza quizá de que él la oyera. Pero era don Augurio esquivo a los encantos de las féminas. Lo había sido de joven y no era cuestión de someterse a graves quiebros, pasados hace ya rato los cuarenta.
Don Augurio rendía culto a multitud de ritos en cuanto a comidas, horarios y prendas de vestir. Eran repeticiones que le tranquilizaban y aplacaban una angustia vital que le arañaba desde dentro. Sobre todo destacaba su obsesión por la salud. Se sometía a casi continuos análisis de sangre y se embarcaba luego en complicados procesos estadísticos con los datos resultantes. Mirando los gráficos, podía saber Augurio –le apeamos el don con su permiso- si el 20 de diciembre el hematocrito presentaba una disminución de un 13% desde octubre o si el colesterol HDL había subido en 15 miligramos por decilitro el último trimestre.
Era don Augurio –no podía ser de otra manera- extremadamente respetuoso con los pasos de cebra y los semáforos. Sin embargo, los hados son así de caprichosos y burlones. Una tarde de enero venía nuestro hombre más contento que otros días. Venía feliz porque las funciones hepáticas producían las cantidades óptimas y perfectas de bilirrubina, transaminasa y fosfatasa. Don Fructuoso, el médico, le había felicitado delante del resto de pacientes. “Tomen ejemplo de don Augurio”, había dicho, lo recordaba con lujo de detalles. Y en eso estaba cuando sonó el frenazo y sintió el golpe.
Quedó en coma y así estuvo varios años sin que faltaran las veladoras de su sueño. “Ay que ver lo formal que es don Augurio”, decía de vez en cuando Elia entre suspiros. “Y lo bien que se le da el estarse quieto”, añadía Quisilinda con la devoción algodonando las palabras.

martes, 5 de julio de 2011

ABUNDANCIA

Arsenio y Basiano quedan siempre en la taberna de Canuto, un lugar que ha perdido idiosincrasia desde la última prohibición antitabaco. No obstante, allí siguen yendo Ábaco y Contexto a mantener esas largas conversaciones eruditas que acaban teniendo un corrillo de curiosos que se permiten comentarios en voz alta al estilo de los espectadores del tute o bien quedos y arteros como en el mus. Todos forman una extraña coreografía junto a Audifaz, Caya y Cosconio. Pero es Pío, en su silenciosa discreción, quien da la nota discordante. Pío es tan poca cosa que todo el que entra se queda mirando su figura de gorrión asustado como si fuera el culpable de un horrendo crimen aún por cometer. Germana es una hembra morena, de mirada oscura como una bocamina. Viene por el bar por ver si Ábaco termina su eterna disertación sobre temas tan etéreos que no admiten ser cuantificados ni medidos. Del para qué le quiere no se sabe, pues nunca nadie ha sido testigo del final. A Suceso nunca le pasa nada interesante; lo suele comentar con Julio, el quejumbroso. Este aparece sólo los días fríos de invierno, pues odia el calor y se encierra en un sótano a escribir novelas de vampiros en cuanto sale el sol. Pero la reina de la noche es Abundancia. Pletórica de carne y alegría, irrumpe sobre la medianoche en el local y arrastra con ella a toda la concurrencia, que la sigue por los garitos de la zona como un cortejo de muertos borrachuzos. La estampa que más ha trascendido en la iconografía es la de una especie de Santa Compaña en día de asueto.

martes, 21 de junio de 2011

FAUSTINA

Faustina nació siendo ya tía, aunque ella no lo supiese aún . Sus padres, Leobardo y Felícitas, eran personas entrañables y muy dadas a organizar saraos por el motivo más banal. Bastaba que un vecino aprobara la reválida o que a un pariente de Cuenca le mejorasen las hemorroides, para que Felícitas empezase a picar por las puertas convocando a un piscolabis a base de los emparedados que Leobardo elaboraba con un donaire único. Tan grande acabó siendo el éxito de los nombrados tentempiés que hubo que establecer ciertas reglas dirigidas a contener el flujo creciente de asistentes. Llegó a ser famosa como canapera una tal Liberata, que acudía con un táper oculto bajo la estola de visón y arramplaba con fuentes enteras mientras predicaba las bondades de la frugalidad. Se acordó pues recibir cada viernes a un grupo en función de una característica común. Así el primer viernes vinieron los vecinos de los números pares que se apellidaran Parrado; el segundo, los dependientes con padre ferroviario; el tercero, los nacidos en febrero que tuviesen un mechón blanco en la cabeza. Y así ad infínitum.
A todos estos fastos asistía Faustina, sola y perpleja, rodeada siempre de gente extraña y volátil que perturbaba su natural discreto y huidizo. Los padres, enfrascados siempre en satisfacer a la exigente turba, posponían siempre la tarea de darle un hermanito, lo que acrecentaba en Faustina ese aspecto de tía inveterada que acabó por arruinar su vida. Aún no sabía entonces –aunque lo sospechaba, según dicen- que moriría virgen y, paradójicamente, sin sobrinos.

lunes, 20 de junio de 2011

ANTÓN

Odiaba a muerte la cancioncilla: “Antón, Antón, Antón pirulero, cada cual, cada cual, atienda su juego…”. Desde muy pequeño la tomaron con él y los nervios hacían que perdiera siempre. “…y el que no lo aprenda que pague la prenda”. Y ahí estaba Antón besando en la boca a Rosalina la boba o yendo a tocar el timbre de Aquiles, que corría como una bala y daba unos azotes de órdago a la grande. Tan atosigado y herido se sentía Antón que abandonó el pueblo en cuanto pudo para buscar el anonimato en el laberinto de la gran ciudad. Allí desempeñó varios trabajos y vivió algunos amores, pero en su interior había una desazón que le llevaba dando bandazos de fracaso en fracaso. Acabó habitando un piso abandonado donde recogía objetos furruñosos y perros sin amo. Dicen algunos que recorría las calles con una flauta seguido de una cohorte de canes de todos los tamaños y pelajes, pero no existe documento gráfico al respecto. Lo que si está en las hemerotecas es el hallazgo de su cuerpo entre miasmas. Los animales que velaban el cadáver eran exactamente diecisiete.

martes, 10 de mayo de 2011

LIBERTINO

A Libertino, cuando le bautizaron, sólo le dejaron dos opciones: ser un émulo aventajado del Divino Marqués o portarse como un bendito de los que no rebullen en su vida. De momento, dada su corta edad, decidió seguir disfrutando de los ubérrimos pechos de Priscila, su lozana y santa madre, y dejar para más adelante tan decisiva disyuntiva.
Pero llegó la escuela y con ella las clases de Religión de don Adyuto. Los lunes se bajaban a media asta las persianas y se proyectaban filminas donde jóvenes con pullovers de colores se debatían entre el deber de estudiar o el vicio nefando de poner en marcha el pick-up con los ritmos más punteros. “Hay que distinguir entre libertad y libertinaje”, decía don Adyuto con la voz bronca que le procuraban sus dos paquetes largos de ducados. Y nuestro Libertino se sentía, con razón, blanco de todas las miradas.
En la universidad, le tocó a Libertino una época bulliciosa e intensa. La vieja polémica libertad/libertinaje movía ya sólo a risa, al tiempo que dejaba de interesar a nadie la diferencia entre erotismo y porno. Libertino participó de lleno en la vorágine y se sintió pleno, protagonista de una época sin parangón y sin medida. Todo era posible, todo deseo era ley. Se vivía al borde del abismo como si cada día se reinventasen las normas más sagradas.
De su conversión, años después, en ciudadano medio de voto cuatrienal y desencanto nos da cuenta Ticiano, su cuñado y biógrafo, del que se conserva un retrato a carboncillo en que, con trazos torpes, está plasmado su rostro con papada y gesto ausente. Por esa época todo el mundo le llamaba ya sencillamente Tino.

sábado, 7 de mayo de 2011

IDA

Es bien sabido que hay dos tipos de locos, los que cantan y los que maquinan. Ida era de los primeros (¿o se debería decir “de las primeras”?). Nacida la última de cuatro hermanos varones y ansiada por una madre que murió en el parto, acusó desde la primera infancia ciertos rasgos que la hacían distinta ante las gentes. Y no es que fuera por las calles cantando, sino que su mirada y sus silencios denotaban una música interior desacorde por completo con la imperante fuera.
Si tocaba Dibujo, Ida aparecía en clase con el violín. Si llovía, ella llevaba chanclas, y botas de goma si hacía un sol de agosto. Aparecía desnuda en la piscina por olvido y con falda de pana el día de la primera comunión. Su madrastra, Tarsicia, solo pensaba en trapos y potingues y Mauro, el padre, tenía bastante con la ardua tarea de amontonar dinero, por lo que Ida se sentía una pobre niña rica.
Creció y la pusieron de largo –esa vez Tarsicia consiguió que llevara lo adecuado. Estudió Filología Alemana –con notas excelentes- mientras se creía matriculada en Farmacia. Viajó por Oriente creyendo que estaba en Oregón, mientras pretendía hacerse entender en dialecto renano –y consiguiéndolo a veces, cosa extraña.
Ida era una bella señorita cultivada y –en todos los sentidos- bien dotada, pero sus peculiaridades de carácter impedían que surgiese un pretendiente serio, como hubiese sido deseable en esa época remota para una joven de su clase. Esto le hacía sufrir y reía a solas su desgracia, porque celebrar la pena era otra de sus reacciones raras.
Cerca de la treintena apareció Arnaldo una tarde de domingo. Arnaldo era serio y formal, iba a misa y pagaba sus impuestos. Sólo tenía el vicio aquel de adiestrar aves de presa, pero todos pensaron que lo dejaría como otros dejan el tabaco o los toreznos si la salud o la autoridad así lo exigen. Se celebró la boda y todos respiraron aliviados. Ida llevaba su vestido blanco, su ramito de mirto y su liga prestada. Contestó atinadamente al cura y vertió en su momento la lágrima que estaba en el guión. Todo fue sobre ruedas hasta la noche, en el hotel. Entonces quedó patente que Arnaldo era de los que maquinan.

jueves, 5 de mayo de 2011

BAETANO

Hilario siempre guardó en su alma el secreto deseo de contar. El problema es que nunca supo qué ni a quién. Fue un niño normal, con padres normales y una vida ordenada y comme il faut -entonces estaba de moda decir “comilfó”. Estudiaba, jugaba al balón y se iba por los veranos a la playa con su cubo y su pelota de colores. Por Navidad se juntaba con abuelos y parientes y recibía regalos acordes con su edad y condición.
Todo normal, ninguna aventura digna de tal nombre. Fue a la universidad y encontró luego un trabajo digno en un bufete. Se casó y tuvo hijos. Nada que reseñar a no ser el sarampión de Sabas o aquella caída aparatosa de Benita que la obligó a llevar inmovilizado el dedo corazón por una temporada. Su mujer, Macrina, no era una beldad ni destacaba por una inteligencia abrumadora, pero le quería y atendía con primor los pequeños detalles de una existencia confortable.
Un día, al llegar del trabajo, Hilario rehusó sentarse con su esposa frente a la tele. Tengo que hacer, dijo. Y se fue a su despacho. Había decidido comenzar a contar. Aún no sabía qué, pero necesitaba hacerlo. Miró el calendario: San Baetano. Ya estaba, escribiría la historia de un tal Baetano. Intentó imaginarlo, dotarlo de unos rasgos, sentir el discurrir de su río interior, suponerle un origen familiar, unas cualidades, un entorno histórico. Pero sólo consiguió ver en su mente a un señor de su edad, casado y con hijos, que siente la necesidad de vivir otras vidas.
Tuvo que ser Baetano mismo quien emergiese de la nada y se agarrara con fiereza a la existencia. Baetano era desde niño un luchador. En la escuela defendía a los más débiles y ejercía de líder natural. Pronto sintió la necesidad de conocer tierras incógnitas. A los veinte años estaba en Guinea-Bissau, a los treinta alguien lo vio en Guyana. Regresó a casa a los cuarenta y se instaló como guía espiritual y maestro de tai-chi. Parecía un espíritu elevado, purificado en el crisol de las pasiones, mas no era cierto, sino una tapadera, un bluf. En realidad dirigía una gran red dedicada al estupro de las desheredadas.
Baetano siguió y siguió desgranando su propia historia, mientras Hilario, adocenado como un buey, se empapaba de periodismo rosa frente a la pantalla ultraplana, supertrinitrón, de su televisor.

martes, 3 de mayo de 2011

GUMERSINDO

A Gumersindo le gustaron siempre las motos. Sus primeros recuerdos eran ir en la vespa de su padre, recibiendo el viento en la cara mientras su madre viajaba detrás, sentada a la jineta. Entonces ya pensaba en comprarse una moto en cuanto fuese mayor y tuviese dinero. Pero quien hizo que ese proyecto razonable y cabal deviniese en obsesión enfermiza fue su primo Leoncio cuando le contó que había visto Easy Rider. Aunque no podía entrar al cine por la edad, Sindo vio en las carteleras aquellos motoristas encaramados en lo alto de sus míticas Harley y quedó completamente fascinado. Desde ese momento ya no quiso ni oír hablar de vespinos ni de motos de cross de 125. Soñaba con cabalgar una de aquellas máquinas pura sangre, con sus manillares cornilargos y sus tachuelas decorando el cuero del sillín. Dejó de estudiar a los catorce y entró de aprendiz en una tienda de zapatos. Todo su afán fue conseguir ahorrar para viajar a las llanuras de la libertad. Cuando no estaba en la tienda se encasquetaba un sombrero de ala ancha que Leoncio le trajo de Ibiza un otoño. Aprendió a trenzar pulseras y se hizo con un colgante. Las chicas del barrio le miraban con curiosidad no exenta de interés, pues no era Sindo mal parecido ni chaparro, pero él las rehuía porque le apartaban de su vocación.
Pasaron los años y Gumersindo entró a trabajar en un taller de motos, donde se acrecentó la intensidad de la llamada. Era apreciado por don Vivencio, el dueño, por su buena mano con los motores y también por Verónica, la hija, que se enamoró como una párvula de aquel joven de cabello largo que quería convertirse en Peter Fonda. Pero para Sindo, todo lo que para otro hubiera sido una quiniela de catorce se convertía en trincheras y alambradas que lo separaban de su Verdad.
Un día pidió la cuenta y se fue sin más recado. Nadie supo de él en mucho tiempo. Vero se casó con Eliano, el nuevo dependiente, y se la veía en la vespa con él, camino de la piscina en verano. A veces salía en la tele el Gran Cañón y del subconsciente colectivo de los que estaban en el bar de Neomadia emergía el recuerdo vago de aquel loco que se había ido para allá, que ya hay que tener ganas con lo seco que está todo.
Un día volvió. Traía una moto idéntica a la de Dennis Hooper, con su peculiar rueda delantera, sus cromados y su depósito color calabaza. Vestía una chaqueta de piel estilo Crockett y unas gafas de espejo ocultaban sus ojos. No habló con nadie. Hacía tiempo que ya nadie le esperaba. Se limitó a dejar su máquina aparcada en sitio bien visible y a sentarse en el bar a tomar una cerveza helada. Así pasó el resto de su vida. En invierno, en lugar de cerveza, tomaba un batido de chocolate bien caliente.

jueves, 28 de abril de 2011

ARCADIO

Cuando a Arcadio le dijeron lo del cáncer su vida cambió para mejor. No desde el principio, eso no. Cuando el médico se lo dijo, Arcadio sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Luego pasó por las etapas del “no puede ser”, del “por qué a mí”, del “me niego a creerlo, es un sueño, es un error”. Todo ello para su coleto, sin hacer partícipe a nadie de su congoja. Por fin, más calmado, volvió a la consulta y habló con el doctor sobre aspectos prácticos de lo que iba a ser su vida desde entonces. Este le aseguró un par de años de calidad de vida razonable, siempre que siguiera el tratamiento y llevara una vida sosegada.
De vuelta a casa, Arcadio preparó un equipaje mínimo, dejó una nota y cogió el ascensor camino del último tramo de su vida. Con su mujer hacía tiempo que no existían verdaderos lazos y sus dos hijos estaban ya en su propia órbita vital. No tenía tiempo de más explicaciones. Llevó la baja médica a la empresa, rescató del banco sus ahorros, tomó un tren y se sumergió en el paisaje hipnótico de la llanura.
Lo encontramos un mes después instalado en un piso de alquiler en una histórica ciudad del interior. No hace nada. Simplemente deja pasar el tiempo sintiendo cada grano de arena entre los dedos. Mira por los cristales a la calle, como hacía de pequeño. A veces va a la biblioteca y acaricia con la punta de los dedos los lomos infinitos de los libros que ya no leerá. Luego pasea. Pasea todos los días, largas horas, disfrutando del propio hecho físico de andar. Piensa mientras en la vida, en el sentido o sinsentido de las cosas; no siente angustia, siempre le ha gustado pensar en vaguedades.
Un día repara en una señora de su edad, pulcra, vestida de oscuro, con aspecto de funcionaria recién jubilada. Se miran. Los días sucesivos se irán acercando un poco más, se irán domesticando poco a poco. A las dos semanas son inseparables. Hablan de la vida, de la muerte, de los temas eternos. Arcadio siente que nunca ha tenido interlocutora más a medida. Empieza a desear que lo de su enfermedad no sea más que un sueño. Le propone compartir morada y lecho, pero ella lo rechaza con un mohín ambiguo. Él no insiste. Siguen disfrutando de sus paseos en paralelo.
Un día Marga –ella se llama Margarita- llega vestida de negro riguroso. Él le ofrece su brazo, como siempre tan caballero. Pero ella lo rechaza. “No, hoy tienes que seguirme”, dice. Y Arcadio sabe entonces que se trata del último paseo.

martes, 26 de abril de 2011

MOROSITO

A Morosito nunca le gustó su nombre. Su padre, Agente, se tomaba a guasa los remilgos del hijo y le consolaba entre bromas con su propio caso. Hijo de un guardia de la porra llamado Filón, había rechazado por rebeldía ingresar en el Cuerpo para acabar dedicándose a la venta de seguros. El abuelo, Vital, había sido minero en la época heroica en que apenas unos pocos sorteaban los desprendimientos y el grisú hasta la cuarentena. No había sido su caso, a pesar de los buenos propósitos de su padre, Higinio, famoso en su época por la aversión enfermiza al agua y al jabón.
Pero Moro –rubicundo por cierto como un danés- reaccionaba con ira y desapego ante estos floridos discursos genealógicos. Sito no se encontraba a gusto con un nombre que juzgaba poco apropiado para cualquier oficio o desempeño que no fuera el de cobrador del frac o personaje de tebeo.
Le llegó al pequeño danés la mayoría de edad y casi a la vez una beca para el extranjero. Cuando regresó del septentrión había pasado casi un año. En el aeropuerto, sus familiares apenas daban crédito. “Ahora me llamo Hortensia”, dijo con voz melosa y un esparaván de melenaza negra, mientras repartía besos en el aire circundante a las mejillas. “Este es Mamerto”, añadió señalando a un hombrón con pinta de esquimal que le llevaba las maletas.

domingo, 24 de abril de 2011

ALDO

Aldo nació para poeta. Cuentan que su llanto tenía ya una cadencia que engolosinaba a quien lo oía. Sus primeras palabras fueron en verso y lo mismo las siguientes hasta crear cierta expectación en el entorno. Cuando ingresó en la escuela, don Maurilo se dio de manos a boca con aquel niño-fenómeno del que todos hablaban y le administró las primeras letras, que Aldo recibió con la reverencia debida a una forma sagrada. Desde entonces todos los libros fueron pocos para acallar su demonio interior.
Aún no llegada la Reválida, Aldo se había enamorado fieramente, como no podía ser de otra manera. La niña se llamaba Ana o Ángeles; las fuentes no se ponen de acuerdo en este punto, pero sí en atestiguar tanto su seráfico donaire como su nula permeabilidad a la belleza. La prueba es que Aldo pasó los siguientes diez años de su vida componiendo los versos más hermosos, versos que resbalaban por la piel de la deidad sin dejar la menor huella en su interior. Llegó el momento y Ana (o Ángeles) matrimonió con Nicanor, un iletrado vendedor de productos de limpieza que la deslumbró con el brillo de su decauve. Tal desengaño dejó a nuestro poeta tan postrado que su familia llegó a temer por su salud.
Fue una época oscura. Afortunadamente, al final del túnel estaba Domiciano, un tío materno que regentaba un merendero. Allí nuestro Aldo trocó las sinécdoques y los endecasílabos por la bullabesa y la tortilla a la paisana. No fue de un día para otro. Hubo una transición y alguna vez los comensales salieron ahítos de versos y los asistentes a un recital con el alma contaminada de morcilla. Pero las salsas volvieron a su cauce y el mundo asistió perplejo al nacimiento de la cocina lírica. Hoy los platos de Aldo figuran en las enciclopedias junto a los cuadros de Kandinsky. Y es que, como dicen que decía un poeta local, la poesía no está sólo en los versos sino en todo lo que bulle.

martes, 1 de febrero de 2011

ÁGATA

Ágata siempre quiso ser actriz. Y eso que no había lo que se dice tradición familiar. Su padre, Honorato, era un probo gruísta y de su madre, Pascasia, se sabe que, amén de atender a su familia, cosía pantalones para una tienda de la vecindad. No había en el hogar otra ventana al mundo de las bambalinas que no fuese una televisión en blanco y negro que Honorato pagaba en letras mensuales a costa de hacer girar la pluma sin descanso. Sin embargo una adaptación de Ibsen hecha en estudio y varias películas de “Sesión de Tarde” fueron suficientes para que fructificara en el corazón de Ágata la agridulce semilla de Talía. A pesar de ser gordita y sosa, la niña se empeñó en recitar por el pasillo los monólogos de “Casa de muñecas” o en bailar claqué en cuanto había ocasión, o incluso sin haberla, provocando el sofoco de su hermana Pusilana ante el estupor de las visitas.
Llegada la época del desarrollo, Ágata seguía aún con el afán, si cabe acrecentado. Natura había hecho algunos arreglillos en su ser que la interfecta se encargó de resaltar con un bustier ad hoc y el pelo teñido de un rubio cegador. Su vecino Jocundo intentó, por entonces, intimar con ella a espaldas de su hermano, aunque sin éxito. Las miras de la joven eran altas, mucho más que esa línea del cielo de carcasas de hierro y cemento que el honrado Honorato divisaba desde su peculiar cofa allá en lo alto.
Antes de su mayoría de edad ya tenemos a la animosa Ágata instalada en una pensión barata de la capital. Pronto comenzará la familia a recibir las famosas cartas donde la diva se explaya relatando las estaciones de su ascenso prodigioso. Primero fue Yerma, luego un personaje de Casona, otro de Benavente y por fin Ibsen, su broche de otro. Pasan las navidades y llega un nuevo año y otro y otro. ¿Cuándo sale en la tele? -preguntaba Lucrecia, la vecina de abajo. ¿No viene nunca a veros? –se atrevía a inquirir Basilisa, la lechera. Preguntas sin respuesta que Honorato rumia rascando frío allá arriba, mientras contempla las arboladuras pétreas del futuro. Pusilana teje en la galería, a la vista de todos, un largo chal que desteje luego al amparo de la luna.

jueves, 20 de enero de 2011

JOCUNDO

A veces los nombres se eligen por razones que escapan al consciente, otras por eufonía o por imposición de los padrinos, amén de modas y otras cosas peregrinas. Pero hay casos en que los padres realizan la elección con la liturgia inherente a un verdadero acto de fe. Este fue el de Apolinar y Severiana. Poli era en verdad dicharachero y campechano, amigo de chanzas y cultivador de la amistad sin tasa. Severiana dejaba en cambio a su nombre en mantillas en cuanto a aspereza, exigencia y rectitud se refiere. El porqué de que fructificara tal unión no es sino otro de los misterios de Amor y sus cohortes y el cómo se mantuvo en el tiempo una sinrazón inexplicable. Cuando llegó el primer vástago, Apolinar, desafiando las iras de su esposa, lo llamó Jocundo para concitar sobre él las bendiciones de un carácter semejante al suyo. Llegó al año cumplido el siguiente heredero y Severiana se resarció del desplante del esposo llamándolo Paciente, por parecerla que era buena virtud la de acatar los sinsabores del camino sin ruido ni alharacas.
Sucedió que pasaron los años y se cumplieron las expectativas, quizás fuera por simple azar o por esa magia que a veces embadurna los sucesos de la vida y hace que tomen cuerpo nuestros deseos más raros e inconscientes. Jocundo era un muchacho de sonrisa fácil y ademanes gráciles que atraía sobre sí la benevolencia de cualquiera. Paciente, por el contrario, era serio y reservado, aunque seguro y fiel.
Jocundo animaba el día a día con su buen humor, pero era remiso a la hora de resolver los problemas cotidianos. Paciente, sin embargo, no estaba muy dotado para brillar en sociedad, pero ponía empeño y corazón en los trabajos y era responsable en los quehaceres. Ambos se querían y entendían mutuamente las virtudes y carencias del otro, hasta parecer a veces que conformaban entre ambos un todo perfecto.
Llegada la edad de tomar esposa, los dos mostraron cortedad y falta de entusiasmo. Sus padres se impacientaban y temían la llegada de su senectud sin ver nuevos frutos adornando el lar de sus ancestros. Les animaron a salir a las verbenas, les procuraron la visita en casa de las primas más dispuestas, incluso les obligaron casi a viajar a la ciudad por ver de ampliar el campo de elección. Pero los años pasaron y Paciente y Jocundo permanecieron célibes. Y es que la perfección tolera mal cualquier mudanza.

martes, 4 de enero de 2011

ANASTASIO

Tras una infancia marcada por el desamparo, Anastasio se hizo mozo y emigró a tierras más feraces. En el pueblo se quedó Virginia, con Mateo recién agarrado a sus entrañas. Pasaron los años y ocurrieron dos natalicios más, Tello y Julián, engendrados en dos cortas estancias sucesivas. Unos cuantos regresos más tarde la esposa lo acompañó de vuelta en el compartimento de tercera, dejando a la prole al cuidado de unos tíos. Instalados ambos con decoro, se inició un periodo casi feliz en sus discretas vidas. Cada enero Anastasio parecía resurgir de una crisálida invisible y encarar los retos cotidianos con la inocencia y la furia de un dios. Se lo decían sus compañeros Félix y Jenaro, de forma más prosaica: “Tano, no pasan los años por ti”. Pero las raíces y la sangre tiran mucho de uno, así que un día Anastasio recogió la herramienta y se embarcó con Viginia en un tren nocturno rumbo al sur.
Fue al poco de llegar, a lo sumo a las segundas navidades, cuando nuestro hombre sintió que le abandonaba ese ardor que le hacía renacer como savia vivificadora. Fue como si un gel frío penetrara por las plantas de sus pies y le invadiese las venas hasta llenar de escarcha el corazón. Curiosamente ocurrió una tarde soleada, mientras estaba sólo en la peluquería, y unos rayos juguetones se filtraban entre las láminas de la persiana veneciana. Anastasio se miró en el gran espejo, apoyado en el reposacabezas del sillón giratorio, y vio la imagen de un hombre triste, cercano a los cincuenta, con ojeras profundas y barba de dos días. “Te vendría bien un afeitado”, pensó, y comenzó a pasar cansinamente la hoja de acero por el afinador.