viernes, 12 de marzo de 2010

ABELARDO

Cada comienzo de año sumía a Abelardo en un estado de ansiedad que teñía de amarillo el campo de por sí estéril de su vida. A Abelardo siempre le preocupó mucho el paso del tiempo. Quizás tuvo la culpa doña Eumenia, su profesora de Historia en 5º de E.G.B., por lo que dijo en clase una tarde sobre la subjetividad en la percepción del paso de los años. Según ella, al ir creciendo sentirían paulatinamente cómo el discurrir de las semanas y los meses irían cogiendo carrerilla hasta hacerse más y más fugaces. A partir de ahí, no pasó un solo día en que Abelardo no fuese consciente de esa realidad.

Pronto fue adolescente y, antes de darse mucha cuenta, estaba ya jurando la bandera. De los veinte a los treinta, el lapso le pareció tan corto como uno de aquellos recreos en que jugaba a las canicas y ganaba. Y eso que en esa década terminó los estudios, encontró trabajo, se casó y tuvo hijos. No digamos ya de los treinta a los cuarenta, años vacíos con velocidad constante de crucero.

El cumpleaños número cincuenta sorprendió a Abelardo en lo alto de la torre de una iglesia. Hacía casi treinta años que se dedicaba al mantenimiento de esos brontosaurios asmáticos que convierten el fluir loco de lo invisible en una reglamentaria serie de movimientos angulares ornada de campanas.”Ya está bien”, se dijo, y bajó para siempre. Esa noche no volvió a su casa; ya nunca volvió. Buscó en una ciudad distinta una habitación barata. Encontró una interior, con una ventana sobre un patio estrecho y profundo. “Mejor”, pensó. Ya no le quedaba mucho tiempo.

Decidió dedicarse a escribir su vida. Nada mejor para retener las hebras del tiempo entre las manos que un relato pormenorizado de mil hechos banales. Salió a comprar una resma de folios. Eligió unos de alto gramaje y agradable textura; una vida, aunque fuese anodina, no merecía menos. Luego compró un tintero y un juego de plumín y palillero. “El tiempo hay que plasmarlo en su fisicidad más rotunda”, pensó, y su pensamiento le sonó a plagio burdo e inexacto. Tomó la pluma, la mojó en la tinta y esperó, pero por su mente no pasó ninguna idea. “¿Cuál fue el primer pensamiento de mi vida?”, se dijo, pero sólo le respondió una pantalla en blanco. Por más que se esforzó no consiguió poner en marcha el mágico haz de luz.

El segundo día reparó en unos libros que el anterior inquilino había dejado. Eran siete tomos de tamaño notable. Tomó el primero y leyó: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía…”. Se puso a copiarlo con la caligrafía pulcra y elegante de quien tiene para sí el tiempo infinito de las esferas. Miró los seis tomos restantes y se sintió feliz.