lunes, 15 de febrero de 2010

EMMANUEL

Emmanuel nació en una de esas ciudades de provincias en las que todo el mundo se conoce y se saluda, con la brevedad o parsimonia que convenga en cada caso, al cruzarse en el paseo dominical. Desde niño sintió una especial atracción por la vida y sus manifestaciones. Sus padres, Justino y María, le sorprendían a menudo diseccionando batracios o sumergiendo coleópteros en formol. Como tenían posibles, le regalaron por Reyes un laboratorio bien surtido. “Nos va a salir médico o biólogo”, comentaban ilusionados a sus amigos y vecinos.


Pero le vino a Emmanuel la edad del pavo, dejó a un lado microscopios y matraces y se dedicó con ahínco inusitado a estudiar su propio cuerpo y a anhelar imprudentemente el de sus próximos. Tuvo precozmente sus primeras relaciones carnales, que le turbaron y a la vez alimentaron sus anhelos. Las infinitas variantes del gozo se convirtieron para Emmanuel en su única vocación y faro rector de sus inquietudes.

Nos podemos imaginar el revuelo surgido en aquella plácida comunidad. Sus padres preferían al principio sustraerse a la verdad, pero llegó un momento en que los conocidos les zaherían con invectivas malintencionadas. Emmanuel, no tuvo otra salida que liar el petate e irse a la capital. Allí confiaba en disolver en el anonimato de la masa las pulsiones de su alma arrebatada.

Se inició para el joven una época de ventura y plenitud. Fue pareja de personajes de la escena y las altas finanzas, viajó por países variopintos y experimentó mil y una sensaciones. Su contienda sexual en la primera clase de un avión de lujo pasó a formar parte de la leyenda dorada del erotismo glamuroso .

Luego, consumida la pasión en el fuego de la edad, llegó la mansedumbre. Buscó el sosiego en brazos de Bonfilio. Fueron durante décadas un dechado de armonía.