viernes, 1 de enero de 2010

FABIOLA

A Fabiola la pusieron así por lo de aquella boda que salió en todas las revistas de colorines. Sus padres, Asclepio y Nicerata, tenían ya seis hijos y buscaban invocar a Fortuna de ese modo. En su simpleza pensaban que el nombre podía propiciar un futuro idílico para su nueva hija. Asclepio era peón caminero y la familia vivía hacinada en un semisótano que se inundaba periódicamente con las crecidas del río cercano. Fabiola podría ser –pensaban sus progenitores sin atreverse a formularlo- la rosa en el estercolero que con su gracia y su belleza atrajese la atención, si no de un príncipe –hasta ahí no llegaba su inocencia-, sí de un empleado de banca o de un pequeño empresario con finanzas saneadas. No contaron con el lado bromista de los dioses, tan aficionados a las chanzas, que palian así el aburrimiento de los largos inviernos allá arriba. Fabiola creció rechoncha, con una más que regular cara de hogaza y una sosería de espíritu sin parangón por aquellos contornos desde que los más viejos tenían memoria. Los niños, siempre tan crueles, la llamaban Fabi-hola y la herían con los venablos de la burla y el desprecio.


Llegada la edad en que Natura reparte los boletos del amor, Fabiola asistió a bailes y guateques donde no encontró sino nuevas dosis de esperanzas frustradas. Desengañada huyó a la gran ciudad, donde la desgracia se diluye en el anonimato y parece menos fiera y más animal de compañía. Frecuentó los bares y garitos más degradados, donde miles de seres vulgares se esforzaban en parecer alegres mientras libaban licores baratos y se movían adocenados al son de ritmos pachangueros. En uno de esos antros conoció una tarde afortunada a Godofredo. Se miraron y reconocieron en el otro el mismo hastío y la misma vaciedad. Ambos carecían de encanto hasta tal punto que su historia de amor, de ser escrita, convertiría La montaña mágica en una antología del desenfreno. Pero, claro, nadie está por la labor de hacer tal cosa.

2 comentarios:

Rosa Cáceres dijo...

Pues yo estoy por lanzarme a glosar esta historia de anonimia y desencanto.

almanaque dijo...

Venga, te ofrezco la idea. Lo mismo puede ser el arranque de una novela de cuatrocientas páginas (o más)para alguien con más paciencia que yo. Saludos.