domingo, 4 de octubre de 2009

EVARISTO

Evaristo era ebanista y cinéfilo. Algunos hagiógrafos han querido advertir cierta relación causal, basada en lo fonético, entre onomástica y dedicación profesional; sin embargo la realidad es, como suele ocurrir, más simple. Evaristo no eligió su oficio, sino que lo heredó de su padre, Aquileo, que dejó la carrera de las armas para abrir una carpintería especializada en mobiliario eclesiástico. Allí, entre rejillas de confesionario y crucifijos de nogal, creció Evaristo y recibió el aprendizaje necesario. Los domingos por la tarde, padre e hijo se procuraban un merecido esparcimiento en el cine parroquial. Es aquí donde surge en nuestro hombre la cinefilia, si bien en esa época aún no existía el término que vestiría de solemnidad el hecho de comer pipas frente a una pantalla luminosa. Recordaría Evaristo para siempre El Cristo del océano y Quo vadis como dos momentos estelares de su infancia.
Cumplido el servicio militar, se instaló Evaristo por su cuenta y matrimonió con Mayota, joven virtuosa y un poco rechoncha a quien los chiquillos, por escarnecerla, llamaban en la escuela La Bella Bellota. Alquilaron un piso de planta baja en una calle próxima a la carpintería.
No tuvo el matrimonio descendencia, si bien consta –según testimonio anónimo de un vecino medianero- que en los primeros tiempos de la coyunda dedicaron muchas tardes al débito con afición notable. Aminorado el fuego de los inicios y sin gente menuda que reclamase sus cuidados, Evaristo se dedicaba con ahínco a su trabajo y por la noche acudía solo al cine del barrio. Mayota, apoyada en el alfeizar de la ventana, fue poco a poco redondeando más y más su figura, hasta hacerse realmente acreedora del infamante apelativo de la infancia. El lugar estratégico de su vivienda la hizo popular entre las comadres, que no escatimaban la ocasión de pararse frente al improvisado púlpito para comentar los dimes y diretes de la vecindad.
Con el tiempo, el corpachón de Bellota fue adaptándose al vano de la ventana hasta conformar con el marco un todo semejante al de un santo de iglesia y su hornacina. Ya apenas se retiraba un rato a mediodía para ingerir el sustento necesario. El resto del tiempo lo dedicaba a contemplar a los viandantes y lanzar encendidas sentencias del tipo “la juventud está podrida”, que eran jaleadas por las contertulias.
Mientras, Evaristo, pasaba las horas muertas cepillando y puliendo cariñosamente las creaciones salidas de sus manos, actitud en que suele aparecer representado en la iconografía. Su carácter, al contrario que el de su esposa, fue derivando hacia el recogimiento. Todas las noches acudía sin falta a su cita con la penumbra del patio de butacas. Por Navidad solían poner aún alguna de romanos.

viernes, 2 de octubre de 2009

HONORATO

Honorato nació para hortera, y no porque lo volviesen loco el tupé, los pantalones de campana o las camisas brillantes de colores. La realidad era que su vocación más arraigada era la de dependiente de comercio. A los catorce años, dejó los estudios y se empleó como recadero. Entonces aún circulaban aquellos triciclos a pedales conducidos por mozalbetes con guardapolvo gris que sorteaban a los viandantes con arriesgadas cabriolas tras espantarlos previamente con timbrazos más amedrantadores que eficaces. Honorato se hizo pronto un experto. Se sentía Ben-Hur en su cuadriga mientras pedaleaba vigoroso con la jaula repleta de cajas de hortalizas.
Al cabo de unos años promocionó a dependiente fijo en la tienda de Floro, que apreciaba su disposición y probada honradez. Era feliz atendiendo a sus clientas. Aunque serio y poco amigo de chanzas era diligente a la hora de pesar las legumbres y un experto a la hora de servir el chicharro en escabeche sin que se desmenuzara ni una miaja.
Era Honorato un poco soso en las cuestiones del amor, aunque su timidez le dotaba de un aura de candor que despertaba a veces el interés de alguna fémina con veleidades un tanto etéreas. Hubo una en especial, tenida en el barrio por lunática, que se acercó al mancebo. El flechazo surgió una tarde en que el muchacho elegía para ella unos pepinos. Luego vinieron los paseos por el parque. Los silencios de él, avivaron en ella la convicción de que poseía una insondable vida interior.
Se casaron con gran boato de trajes de fantasía y lentejuelas. Pronto saldría a la luz la terrible verdad: no había nada tras la expresión beatifica de Honorato, sólo listas de precios, calidades y calibres de alcachofa, diferencias entre peso neto y escurrido.
Durante años, el matrimonio pasó en la vecindad por ser modélico. Paseaban juntos del bracete por la plaza de abastos; ella mirándose la punta de los pies, él oteando nubes y observando las corras de chorizos y las piñas de plátanos como si fuesen apariciones de otro mundo. Luego dicen que si llegó por allí un tal Flaviano.