miércoles, 29 de julio de 2009

O

Su madre, Esperanza, nostálgica confesa, se empeñó en llamarla María de la O porque le recordaba una canción de la infancia, una de esas coplas de gitanos trágicos y celos como puñales. Graciano, el padre, era alegre y vivaz; quizás se hubiera opuesto, pero murió de apoplejía el mismo día en que llegaba al mundo la neonata. Fue pues O hija póstuma, adjetivo horrendo que contaminó para siempre sus ilusiones, y creció en el ambiente oscurantista de una madre muerta en vida que no encontraba alivio sino en los funerales y en las obras pías.

Creció O y devino en ninfa dionisiaca a su pesar, dotada de un rostro angélico y de un cuerpo tan carnal que incluso debajo del gabán más andrajoso podía trastornar los sentidos al más morigerado. Era la criatura de natural ingenuo, por lo que no supo sustraerse al encanto diabólico de Vigoroso, un varón maduro fiel a su nombre que corrompió la fragilidad de la virgen y la hizo suya hasta el exceso. Sufrió O esta prueba con la alegría de la neófita ante un culto a la que ha sido desde el principio de los tiempos destinada.

Fue feliz O a su manera, soportando azotes y vejámenes de su amante amo, que la prostituía y la cedía cuando así era su deseo. Uno de esos amantes impuestos fue Simplicio, que la enamoró con su alma grande y la llevó lejos, fuera del alcance de la bestia. Simplicio era de tan alta cuna que podía permitirse ser bueno, idiota y puro sin perecer en las refriegas cotidianas de la vida. Quería a O de verdad y la colmó de lujos y atenciones. Se establecieron en un castillo en la Riviera y se amaban ante la chimenea, sobre alfombras de piel de oso siberiano.

Se sorprendió O disfrutando de este nuevo amor, tan solícito y suave, que estudiaba cada centímetro de su piel con la intensidad de un entomólogo y el gozo de un niño. Cuando se cansaban de retozar entre las plumas de ganso de los jergones paseaban desnudos a la luz de la luna o se vestían con vestidos fastuosos y se dejaban ver en el gran mundo. O se acomodó con el tiempo a este tipo de vida. Sólo a veces la sorprendía Simplicio con el rostro serio y la mirada ausente. “En nada”, contestaba invariablemente a su pregunta.

domingo, 26 de julio de 2009

ENRIQUE

Enrique fue siempre muy echado para alante. Ya en la infancia destacó por su arrojo y puntería en las pedreas que se organizaban periódicamente contra los del pueblo de abajo, consiguiendo para sus huestes repetidas victorias. Justiniano, el de Merasia, achacaba tal exceso de ventura al concurso favorable de la Ley de Gravedad y así lo denunció en el fragor de una batalla, pero un canto certero lo convenció de que contra la violencia no valen razones y menos peroratas de empollón.

La suerte de Enrique sufrió un grave quiebro cuando desgració un ojo a Floriano, el hijo del alcalde. Acabó por aquel desaguisado en un correccional, donde monjes-soldado le fustigaban con sus cíngulos de cuero y le sometían al continuo runrún de exorcizantes latinajos. Pero no se le fueron los demonios del cuerpo, sino más bien fue su persona mortal la que salió de allí por la trampilla del terrado. Consiguió descender a los añorados infiernos exteriores y no paró hasta la frontera, que cruzó subrepticiamente una noche de luna nueva. Ya en el otro lado ejerció diversos oficios, desde gañán a buhonero y mozo de equipajes. Le sonrió la fortuna el día que salvó de un río embravecido al hijo de Sturmo, el cacique local que, en agradecimiento, le adoptó como hijo. Mostró Enrique en su nueva vida aptitudes intelectuales que no había tenido antes ocasión de cultivar. Estudió pues en buenos colegios y acabó siendo doctor. Quiso la Fortuna, que todo lo rige a su parecer, que eligiera como campo la oftalmología y se convirtiera en reputado especialista. Sería tentador relatar aquí que, andando los años, se encontró nuestro biografiado con Floriano y le devolvió con su ciencia la luz que antaño de su ojo le quitase. Sería una justa restitución, pero la vida suele ser más prosaica y rastrera.

miércoles, 22 de julio de 2009

VALENTIN

Valentín no era valiente y sin embargo fue a la guerra. Una guerra cruel, como todas las guerras, en la que no le dejaron elegir trinchera. Seguramente se hubiera ido con los malos, por su fatal tendencia a ponerse del lado de los débiles. Era un rasgo heredado quizás de sus ancestros, segadores sin tierra condenados a bregar en las galernas del cereal embravecido. Sin embargo se vio impelido a servir un cañón al lado de los fuertes. Volvió con bien, si así puede decirse, y no recibió los premios y prebendas que se le suponen a un guerrero victorioso. Muy al contrario, tuvo que luchar con el civil denuedo de los débiles para sobreponerse a la realidad sórdida y miserable del después. Pasados los años tuvo un hijo que le preguntaba a veces por sus hazañas épicas. Quería saber detalles escabrosos, cuántos había matado, cómo mordían las balas las entrañas y los huesos, pero él le respondía con anécdotas chusqueras de furrieles y con peleas de quintos alrededor de una perola de patatas. Era Valentín sobrio y poco dado a la alharaca. Pasaron más años, sin excesivas penas ni glorias muy rotundas. Murió con el siglo. Solo. Como todos.