martes, 9 de junio de 2009

MARINO

Marino tenía un proyecto vital. Eso le agradaba y le hacía la vida mucho más llevadera. Hasta los veintisiete vivió como un desalmado, es decir como un muñeco de barro que aún no ha recibido el soplo de la divinidad. Se dedicaba a cultivar las tierras de sus padres y los domingos se juntaba con Antonio y con Buenaventura y se iban a libar bebidas espirituosas por los clubes de los contornos. Pero sentía un vacío instalado en el plexo solar que le incomodaba. A veces estaba con una piba en el reservado y le agarraba un ataque de ansiedad que le obligaba a plegar velas y salir pitando a respirar el aire fresco de la noche. Estaba en ésas, en cierta ocasión, cuando oyó a su espalda una conversación de enamorados. Ella le decía a él: “Oye, Dalmacio, ¿tú tienes “proyecto vital”? Marino sintió de pronto una punzada en el costado. “Ahí está la clave de ese run-run que me roe las entrañas” –pensó en un fogonazo de desusada lucidez.
Desde entonces se dedicó a dar con un proyecto vital que encauzara sus ansias y diera sentido a su caminar por los surcos del mundo. Sentado en su tractor, miraba al horizonte y esperaba una llamada. Un día vio surgir una vela por el secarral. No era un espejismo, sino una embarcación remolcada por un 4x4 en dirección al embalse. Marino pensó: “Cómo no se me había ocurrido antes”, y decidió desde ese instante dedicar su vida a surcar mares desconocidos y lejanos. A pesar del nombre, Marino era muy de interior y ni siquiera sabía nadar. Sin embargo abrazó sin dudar su destino. Se iría preparando poco a poco. De momento se agenció una pipa en un estanco de la ciudad y lo aprendió todo sobre mezclas de tabaco, formas de atacar la cazoleta y técnicas para mantener la llama viva a base de suaves pero reincidentes caladas. Después se suscribió a una revista sobre náutica y fue absorbiendo cordajes, balandros y arboladuras con la eficacia de una esponja de mar. No tenía prisa, le bastaba con tener un proyecto vital. Siguió navegando por los cálidos surcos mientras escuchaba en la radio ritmos de las islas y continentes que habría de visitar en un futuro cierto. Por el invierno, al calor de los programas de aventureros de la tele, practicaba nudos con un trozo de soga.
Pasaron los años y llegó la decadencia. Entre sueños y veras había tenido tiempo de emparejarse y tener hijos: Silvia y Valeriano. Un día los convocó ante su lecho de enfermo, sacó unos planos de la mesita y les dijo: “Tomad, hijos, seguid trabajando. Aún hay que perfeccionar algo la toldilla”. Y luego, con un hilo de voz: “No hace falta que os deis mucha prisa”.