martes, 19 de mayo de 2009

PROMO

A Promo le pusieron así sus padres en pleno auge de la expansión inmobiliaria. Era un nombre moderno y “exhalaba vaharadas de éxito y bon vivre”, en palabras de su progenitor, Jucunco. La madre y coperpetradora, doña Eutropia, ratificaba las razones de su esposo y añadía que Promoción daba al portador (en este caso portadora) el carácter serio y respetable (sic) de un concejal de obras y jardines. Y, sí, en algunos jardines se vio envuelta nuestra Promo a lo largo de su dilatada experiencia. Desconocemos si tuvo algo que ver el nombre o más bien era el fuego innato del amor al riesgo que envenenaba sus mitocondrias. El hecho es que su devenir se fue complicando a medida que su gracia se deshilachaba más y más. De Promo, sus amigos pasaron al Pro y cuando la cosa se fue quedando en una simple P, encontramos a nuestra hermosa promesa haciendo cine en Hollywood. Claro que los gringos la llamaban Π, como no podía ser de otra manera.

martes, 12 de mayo de 2009

AUXENCIO

Auxencio fue desde niño un escapista de la vida, uno de esos seres que no están nunca donde se encuentran ni son hallados jamás en conjunción perfecta de alma y cuerpo. Quizás esa carnalidad en intermitente tránsito hacia el éter o esa tendencia a la disipación –en el sentido, entiéndase, de la primera acepción del DRAE- la heredó nuestro hagiografiado de su padre, Bartolo, que dedicó la segunda parte de su vida a vagar por los polígonos industriales del alfoz tocando una rústica flauta.
El caso es que Auxencio no se centraba en los estudios y se pasaba los recreos hablando a sus compañeros de la levitación y el tercer ojo, con resultados bastante desastrosos para su vida social e integridad física. Casó este varón, sin apenas darse cuenta, con Otilia, mujer bellida a la par que emprendedora. El matrimonio funcionó contra todo pronóstico y tuvieron dos hijos llamados Orestes y Columba. Crecieron éstos a la vera del almacén de bovedillas y viguetas regentado con pulso firme por la madre, mientras el padre frecuentaba a poetas y otras gentes de porvenir por resolver. Una tarde pasó lo que tenía que pasar. Llegó Luciano, el encargado de los hornos, y se quedó demasiado rato en la oficina con Otilia. De ahí tendrían que haber surgido, para bien de la historia, hechos terribles. La muerte, el matricidio y la venganza, como poco. Pero no hubo tal. Luciano se contentó con la hembra en usufructo. Auxencio siguió con sus paseos, ajeno como siempre a lo terreno. Columba era una linda torcaz sin más afán que encontrar un día su polo positivo. Orestes, por su parte, no estaba por la labor de cumplir su esforzado destino y acabó llevando las cuentas con Luciano.