jueves, 26 de febrero de 2009

ARTURO

Arturo se había sentido siempre alguien especial. Algo así como el protagonista de una superproducción en pantalla panorámica, con su tema musical de fondo, su claque comiendo palomitas en la fila siete y una dama llamada Ida, de rostro impenetrable, que lo esperaba siempre al final de la escapada. Un buen día se despertó y, plof, estalló en el aire esa burbuja en que vivía. Desde entonces nada tuvo sentido. Se limitó a vivir como un autómata, sin reconocerse en los espejos. Se sintió, por siempre, uno más de la manada en su vagar sin rumbo por la infinita estepa.

martes, 24 de febrero de 2009

EDMUNDO

Edmundo era feliz con Loreto, a pesar de la extremada tendencia de ella a hablar sin ton ni son. Era Edmundo de natural callado y le gustaba esta cualidad de su pareja que le libraba de tener que participar en conversaciones inanes cuando estaba en sociedad. Podía así dedicarse a observar los lomos de los libros o las polillas que gravitaban alrededor de las bujías, cosas ambas que tenían más que ver con sus verdaderos intereses. Hacía poco que había ganado la cátedra de Entomología y estaba decidida la fecha de la boda.
Pero siempre hay algún espíritu dañino que se interpone en los planes de los buenos. En este caso fue Eulalia, la futura suegra, quien maquinó un plan para alejar a su querida hija de quien ella consideraba un fracasado. Se alió con Fulgencio, pretendiente secreto de Loreto, para acusar falsamente a Edmundo de malversación en los fondos dedicados a la investigación. Este infundio, junto a la denuncia por rijosidad de Julia, una alumna despechada, dieron con los huesos del infeliz cátedro en la cárcel.
Allí pasó unos años, entre inadaptados y perversos que le acrisolaron el carácter. El día que salió recibió la noticia de que había heredado una gran fortuna de su tío Melquiades, maderero en Brasil. Acarició unos días la idea de pergeñar una venganza de novela. Luego se serenó y decidió irse a la Amazonía a ocupar el puesto de su tío. Podría estudiar en su hábitat natural los insectos que tanto le fascinaban y, desde luego, loros no le iban a faltar.

lunes, 23 de febrero de 2009

RESTITUTO

Resti perdió el humor. “Ya no tengo humor, Restín”, le decía a su hijo cuando le visitaba los viernes, a la salida de la floristería. Resti había sido siempre el alma de la fiesta. En el pueblo se encargaba de organizar todas las celebraciones. Contrataba músicos, diseñaba carteles e incluso inventaba chascarrillos, concursos y cantares. Trabajó de guaje en la mina y luego de viajante, se casó y tuvo hijos y siguió tan alegre, a pesar de que tuvo, como todos, sinsabores.
Pero todo llega, todo se acaba algún día. “Ya no tengo humor”, decía, y se arrebujaba en la bata como si tuviera frío, a pesar de que el termostato estaba a veintitrés. “No llego a Navidad, no llego, Restín”. Y es que el 24 cumplía los setenta y su padre, Restituto, había muerto a esa edad. Para él, ese guarismo se había convertido en un hito fatídico e irrevocable. Restín le miraba y no sabía que decir. Acababa de cumplir cuarenta y uno.

martes, 17 de febrero de 2009

CONSTANTINO

Constantino era futbolista y tornero. La afición local le conocía por Tate y en el taller le llamaban Tino. Sin embargo, Sabina, su madre, se refería siempre a él como Constante, fundiendo así vocativo y epíteto como sólo una madre sabe hacer sin necesidad de estudiar morfosintaxis.
Y es que si hubiera que asignar a Tate una virtud, ésta sería la constancia. A pesar de su corta talla, era uno de esos futbolistas voluntariosos que sudan la camiseta, intentan regates imposibles y roban balones aún a los contrarios más voluminosos, con riesgo para su integridad.
No era menos constante Tino en el campo de la fresa, pues en el taller era el primero que llegaba y el último que salía, siendo sus piezas las más apreciadas por su perfección y preciso acabado; “verdaderas obras de arte”, a decir de Sofronio, el encargado.
Así transcurrió durante años la vida de Constante; entre el chirriante ruido de las máquinas, los días de labor, y las broncas imprecaciones del público los domingos, en embarrados campos de Tercera Regional. Fuera de esto, dividía su tiempo entre entrenamientos y atenciones para con su madre, lo que no le dejaba mucho espacio para el amor carnal. Conoció a una tal Hidra en una fiesta y a una Inmaculada en un cursillo de cristiandad, pero sus caracteres tan antagónicos lo desanimaron de seguir buscando entre el amplio abanico intermedio.
La muerte de Sabina deja a Constante desarbolado. Tate languidece al compás de su decadencia física. El primor de Tino acaba en el sumidero de la regulación de empleo. Constante se encierra entonces en casa y apenas sí se le ve comprando libros y material de escritura en la papelería del barrio. Muchos especulan con que dedicó sus últimos años a escribir unas memorias extremadamente pormenorizadas. Otros hablan de una novela río que habría de desbancar a los mayores hitos del género. Nunca lo sabremos con certeza, pues jamás se ha encontrado vestigio alguno.

domingo, 15 de febrero de 2009

AMBROSIO

Ambrosio se enamoró de una boa constrictora. Le ocurrió visitando una exposición itinerante de reptiles. Ambrosio miró a la boa y se quedó prendado de su mirada fría y reservada. “Una mirada así sólo puede ocultar un corazón de oro”, pensó, y empezó a tramitar su adquisición. Le costó trabajo, amén de un buen pellizco, conseguir sus fines; tuvo que patear despachos, conseguir permisos y adquirir licencias. Más ardua aún fue la tarea de legalizar su relación, pero por fin pudo cohabitar con Fara sin que familiares y amigos tuvieran nada que objetar.
Preparó su hogar para vivir con ella. Mandó hacer un estanque en que estuviera cómoda y repobló la casa con ratones que pudiera cazar a conveniencia. Cuando iba a trabajo la dejaba al lado de la estufa, entretenida con cualquier culebrón venezolano. A la vuelta se apareaban con pasión. Pasó un cálido invierno, con los anillos de Fara bien apretados alrededor del cuerpo. Pronto fueron una pareja envidiada en la ciudad.

viernes, 13 de febrero de 2009

ASELA

Cuando le dijeron el nombre de la recién nacida, Pascasio no pudo resistirse al chiste fácil: “No la ase, hombre, cómasela cruda”. Y prorrumpió en sonoras carcajadas que rebotaron como postas del 7 en las recias vigas de la techumbre. Nadie le secundó. A fin de cuentas todos sabían lo bocalán que era el Pascasio.
La tal Asela, cualquiera diría que intimidada por su aparatosa presentación en sociedad, no dio nunca un ruido en su primera infancia, lo que hizo felices a sus padres, Bonifacio y Dionisia, que atendían el pequeño colmado del lugar. Allí entre pilas de jabón de lavar, sacos de arroz y botes de estricnina se abrieron al mundo los ojos de la niña, que daría en el pueblo ejemplo de mansedumbre. Cumplida la edad reglamentaría ingresó en la escuela, donde padeció las iras de don Pedro, conocido como El Cruel en los contornos. Ni las orejas de burro, ni los varazos en las uñas, entonces tenidos por valiosos y meritorios recursos pedagógicos borraron del rostro de Asela su proverbial serenidad. Hacía las tareas empleando su mejor voluntad y aceptaba las reprimendas con admirable docilidad.
Su padre, varón amable e incluso delicado, tuvo un disgusto por culpa de una herencia que avinagró su carácter y le aficionó a la bebida. Asela sufrió desde entonces sus ataques de ira, agravados cuando su madre, la sufrida Dionisia, huyó con un viajante, harta de aquel infierno.
Crecía Asela, como flor en medio del estiércol, conservando una suavidad de carácter y un donaire que no pasaron desapercibidos para Tercio, un garrido mozo de mirada profunda que llegó un día en el tren de las siete. Pronto se casaron y empezó para la mártir un nuevo capítulo de maltratos callados. Duró tres años y terminó con la repentina muerte de este tercer tirano. Sus vecinas seguían viendo en ella la suave y servicial moza de siempre. Por eso, durante el velatorio, nadie advirtió lo que la viuda musitaba con cada misterio del rosario: “Lo siento, Tercio, te tocó”.

martes, 10 de febrero de 2009

GALGANO

Galgano tenía aspecto patibulario desde párvulos. Era espigado y de perfil aquilino. De pómulos marcados y voz de bajo continuo, sus sibilantes órdenes eran obedecidas al instante hasta por los espíritus más levantiscos. En su cabás abundaban los afilapuntas metálicos y las gomas de tinta, recabados mediante impuesto revolucionario a los compañeros más aplicados. Bastaba una orden de este pequeño tiranuelo para que desapareciera un baby o una cabeza fuese rapada con las crueles mordeduras romas de la tijera de cortar papel charol. En cuanto a las féminas, no le faltaron siervas autoinmoladas ante su poder como Consolata o Moneta, que le servían en sus torpes apetitos de precoz procacidad.
Con el paso de los años, su perversidad creció como sólo lo saben hacer las malas hierbas. De pequeños hurtos pasó a conchabarse con delincuentes ya profesionales y pronto destacó como figura señera del hampa local.
Hastiado de placeres carnales, cayó Galgano en las inocentes redes de la bella Elisa, que le sedujo por su incorruptible decencia, muro inquebrantable ante sus amenazas y sus súplicas. Desconcertado ante una muestra tal de rectitud moral y paz de espíritu, embarcó Galgano en un crucero, tocado ya por un runrún que le socavaba los palos del sombrajo. En este estado de desequilibrio interior conoció el antes orgulloso y seguro pillastre a Julio, un espíritu errático en continuo riesgo de combustión de alma. Juntos acabaron en Belice, entre mosquitos, sudor y látex, donde montaron una empresa de ortopedia sexual y variedades, con la intención revolucionaria de evangelizar en ese aspecto el continente. La cosa acabó mal debido a los desvaríos de Galgano, sometido a un bombardeo constante de emails redentores por parte de Elisa que, con la paciencia que sólo puede tener una santa, elaboraba presentaciones inmensas llenas de bellísimas fotos en interminable cascada adobadas con las máximas más sabias y excelsas. Aquello sólo podía terminar con el terrible estallido que quedaría impreso en los anales (sic).