jueves, 24 de diciembre de 2009

NATIVIDAD

Nati nació a la hora de la misa del Gallo, así que todos estaban en la iglesia. Cuando Mateo, el padre, volvió a casa encontró a su mujer, Anastasia, con un rebujo sonrosado en el regazo que le sonreía con placidez. Este inusual fenómeno llamó la atención de don Florencio, el cura, de Fulco el capador y de la propia partera, Eugenia, que nunca en su larga trayectoria había asistido a cosa parecida.

La niña mantuvo siempre ese halo de bondad que armonizaba con la belleza del rostro y las bellas proporciones de su cuerpo. Desde el capacho instalado frente al llar asistía embelesada a las idas y venidas de la madre, que se afanaba en preparar el condumio familiar. No faltaban nunca los garbanzos y con ellos un buen relleno, habitual en aquellas tierras de montaña. Era éste un amasijo de huevo, miga de pan y ajo que se freía y se introducía luego en la olla, donde se impregnaba de la sustancia del compango. Nati aprendió a elaborarlo en cuanto tuvo estatura suficiente para llegar de puntillas a la trébede y lo hizo con tan amorosa perfección que sus padres y hermanos sonreían al compartirlo como tocados por la mano de un dios benevolente. De hecho fue tal el embeleso que no volvieron a comer más relleno que el salido sus manos. Eso la obligó a pedir permiso al maestro, don Nero, para ausentarse durante una media hora de la escuela, lo que propició la curiosidad del pedagogo. Un día la siguió y al verla a través de la ventana quedó tan maravillado de su presteza y mimo que predicó la nueva entre quien quiso oírle, dando pie a lo que llegaría a ser una leyenda.

Nati creció y sus rellenos fueron extendiendo en derredor un halo de dicha que fundía el hielo de los corazones más remisos. Pronto hubo tanta gente ávida del manjar que tuvo que abandonar sus otros quehaceres y dedicarse a cocinar en  alma y cuerpo. Pronto se hizo famosa en los contornos a la par que la región empezaba a serlo por la bonhomía de sus naturales.

Aún en aquellos tiempos míticos las noticias volaban. Llegaron hombres trajeados con propuestas. Se manejaron términos como capital, inversión, comercio e interés, pero Nati se negó rotundamente. Una voz interior le decía que ése no era el camino.

Nati vivió mucho y se dedicó tan por entero a su misión que murió sin descendencia. La comarca mantuvo largo tiempo una impronta de belleza y de virtud. Con el tiempo acabó siendo una sombra desvaída en el alma de algunos elegidos.

4 comentarios:

Dante B. dijo...

Feliz y familiar relleno!!!

Anónimo dijo...

En ello estamos.

Noemí Pastor dijo...

Nati se llamaba mi primera catequista.

almanaque dijo...

Nati era mi abuela; no ésta, pero se le parecía.