viernes, 2 de octubre de 2009

HONORATO

Honorato nació para hortera, y no porque lo volviesen loco el tupé, los pantalones de campana o las camisas brillantes de colores. La realidad era que su vocación más arraigada era la de dependiente de comercio. A los catorce años, dejó los estudios y se empleó como recadero. Entonces aún circulaban aquellos triciclos a pedales conducidos por mozalbetes con guardapolvo gris que sorteaban a los viandantes con arriesgadas cabriolas tras espantarlos previamente con timbrazos más amedrantadores que eficaces. Honorato se hizo pronto un experto. Se sentía Ben-Hur en su cuadriga mientras pedaleaba vigoroso con la jaula repleta de cajas de hortalizas.
Al cabo de unos años promocionó a dependiente fijo en la tienda de Floro, que apreciaba su disposición y probada honradez. Era feliz atendiendo a sus clientas. Aunque serio y poco amigo de chanzas era diligente a la hora de pesar las legumbres y un experto a la hora de servir el chicharro en escabeche sin que se desmenuzara ni una miaja.
Era Honorato un poco soso en las cuestiones del amor, aunque su timidez le dotaba de un aura de candor que despertaba a veces el interés de alguna fémina con veleidades un tanto etéreas. Hubo una en especial, tenida en el barrio por lunática, que se acercó al mancebo. El flechazo surgió una tarde en que el muchacho elegía para ella unos pepinos. Luego vinieron los paseos por el parque. Los silencios de él, avivaron en ella la convicción de que poseía una insondable vida interior.
Se casaron con gran boato de trajes de fantasía y lentejuelas. Pronto saldría a la luz la terrible verdad: no había nada tras la expresión beatifica de Honorato, sólo listas de precios, calidades y calibres de alcachofa, diferencias entre peso neto y escurrido.
Durante años, el matrimonio pasó en la vecindad por ser modélico. Paseaban juntos del bracete por la plaza de abastos; ella mirándose la punta de los pies, él oteando nubes y observando las corras de chorizos y las piñas de plátanos como si fuesen apariciones de otro mundo. Luego dicen que si llegó por allí un tal Flaviano.

2 comentarios:

Rosa Cáceres dijo...

Pocas personas saben hoy en día que "hortera" significaba antes "dependiente de comercio". Me ha encantado la acertada manera de puntualizar el término.

almanaque dijo...

Gracias rosa por hacer por mí la nota a pie de texto. Efectivamente los horteras eran esos mozos que atendían la tienda del amo e incluso dormían en ella para cuidar el género. El otro sentido del término vino después en alusión a su dudoso gusto en el vestir los días de fiesta. Hay en "Cuaderno gris" de Plà un retrato magistral de uno de esos horteras.