miércoles, 23 de septiembre de 2009

ESTER

A Ester desde niña le dio por mirar las estrellas. En las noches sin luna salía subrepticiamente de su casa y se encaminaba a las afueras del pueblo, donde podía observar el firmamento sin molestas intromisiones. Ni qué decir tiene que sus padres, Adalsenda y Barbaciano, se preocuparon por esas desapariciones y castigaron su desobediencia, pero no consiguieron doblegar una tendencia tan esencial a su temperamento.
La cosa hubiera acabado bien si las inquietudes celestes de Ester hubiesen derivado a lo científico, convirtiéndola con el tiempo en eminente astrónoma. Incluso hubiera sido provechosa la afición si se hubiese inclinado hacia el lado, más fantasioso, de la adivinación del porvenir, campo susceptible de rendir pingües beneficios a costa de pazguatos más o menos desesperados. Pero no fue así, pues Ester empezó a escuchar voces provenientes de una estrella.
Al principio mantenían conversaciones intrascendentes que entretenían su soledad de hija única. La estrella, a la que la niña bautizó como Silán en homenaje póstumo a un perrillo que tuvo, le contaba a la niña cosas de la vida cotidiana del firmamento. Chafardeaba de las andanzas nocturnas de los planetas y de cómo tal astro se quitaba por coquetería varios millones de años al declarar su edad. Ester por su parte le hablaba a la estrella de sus pequeñas pendencias en la escuela y de sus peleas domésticas en casa.
Silán le aconsejaba siempre bien, de modo que en Ester se afianzó una confianza ciega hacia su amiga cósmica. Antes que a sus padres y maestros, comentaba a la estrella sus conflictos más íntimos y encontraba en ella la solución perfecta a sus cuitas.
Creció Ester y surgió el amor. Un amor por partida doble que la desconcertaba. Por un lado estaba Honorato, un chico tímido y sensible que trabajaba en el colmado de la calle mayor. Por otro, Severo, un joven pero prometedor pasante en el bufete de su padre. Ester dudaba ante las propuestas de ambos y acudió al veredicto de su buena estrella. Esta sin dudar le señaló al primero, al que, desde su perspectiva de años luz, consideraba de corazón más puro e ideales más etéreos.
Nuestra Ester se prometió, cómo no, con Honorato y al cabo de un tiempo se fue de su brazo al himeneo. No hubo de pasar mucho tiempo de vida en común para que saliera a flote la verdad: Honorato era romo y convencional como un gato de escayola. Hundida en su desdicha, Ester, sensu stricto, no volvió a levantar cabeza.

3 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Dile a Ester de mi parte que no se ponga triste, que seguro que el otro pretendiente era peor. Las estrellas no engañan.

Dante B. dijo...

Estercita, los hombres te han hecho mal y hoy darías toda tu alma por vestirte de percal...(tango)
Un abrazo, como siempre

almanaque dijo...

Noe: Desde luego nunca se sabe. Y llamándose Severo...

Dante: ¿De veras dice eso un tango? Voy a tener que investigar ese mundillo. Seguro que me inspiraría un montón de historias.