jueves, 20 de agosto de 2009

DARÍO

A Darío le llamaban el Grande para diferenciarlo de otro Darío de la misma clase, que más mico y desmedrado. Darío salió en verdad grandón e hizo con ello feliz a su madre, Protasia, y a su abuela Maura que no dejaba de presumir por los contornos de tan prodigioso vástago y –sobre todo- de la calidad de la leche que lo amamantara.

Darío era algodonoso y suave como un burro de mentira y sufría en silencio su desmesura. Acurrucado en su pupitre intentaba, sin conseguirlo, que su presencia fuera apenas percibida. Sin embargo aquella masa cabizbaja, empotrada literalmente en una mesa que le atosigaba como una carcasa de molusco, llamaba la atención de todo el mundo. Doña Tea, la maestra, era enteca y fogosa. Cuando enarbolaba el puntero y lo escoltaba hasta el encerado parecía que pastorease un buey inmenso hasta el arroyo del saber. Los condiscípulos lo zaherían con apelativos ofensivos y lo lanzaban pelotitas de papel, aprovechándose de su bamboleante mansedumbre. En la zahúrda era precisamente Darío el Chico quien destacaba con sus improperios. Era un chiquito chaparro y delgado dotado por Natura de una vitalidad de moscardón inquieto.

Darío el Grande, impelido por los sinsabores, devino en poeta. En las noches de mesa camilla con brasero, apartaba los cuadernos de tareas y escribía poemas a escondidas. Eran versos tristes que destilaban una amargura impropia de su edad. Así siguió durante años, ocupando el tiempo que sus compañeros dedicaban a jugar al balón o perseguir muchachas a ese su vicio solitario.

Con el tiempo Darío se hizo hombre y abrió una cantina. Tras la barra fue feliz a su manera, observando la vida desde la atalaya de su propia estatura. Desde esa peculiar torre de marfil asistió a vociferantes partidas de tute y a enconadas discusiones futbolísticas. Un día empezaron a frecuentar el local un grupo de escritores primerizos. Les gustó y establecieron allí su tertulia. Darío les miraba desde la barra con los brazos cruzados y la expresión de bóvido. Nunca dijo nada acerca de su pasión por la poesía. Mientras los chicos hablaban de juegos florales, revistas literarias y glorias mundanas, él seguía allí, con sus cuadernos apilados sobre botes de tomate y polvorientas botellas de jumilla. Nunca le tentó aventar su tesoro más preciado. A su muerte tenía un arcón repleto de cuartillas primorosamente escritas. Por supuesto a pluma; siempre fue un clásico en las formas. Sobre la sustancia, nunca sabremos si eran versos excelsos o pasatiempos ripiosos y banales, pues un ropavejero vendió el papel al peso. El baúl acabó decorando el ampuloso recibidor de un nuevo rico. Dicen las visitas que da al chalet un toque rústico muy fino.

4 comentarios:

Dante B. dijo...

poco optimista?
realista hasta la médula?
según el cristal que usemos, puede ser una u otra cosa
alegre, nunca

almana ¿que? dijo...

Bueno, Dante, después de todo no es tan malo ser grandón y pacífico, poner un bar que te da de comer y escribir poesía sin sentir la necesidad de publicarla.
¿No?
Saludos.

Noemí Pastor dijo...

Por fin vengo por aquí, aunque sea a saludar. Me ha encantado la maestra "enteca y fogosa". Así quiero ser yo de mayor. Besos santos.

almanaque dijo...

Gustoso recibo los saludos y correspondo a tus inmaculadas efusiones.