domingo, 26 de julio de 2009

ENRIQUE

Enrique fue siempre muy echado para alante. Ya en la infancia destacó por su arrojo y puntería en las pedreas que se organizaban periódicamente contra los del pueblo de abajo, consiguiendo para sus huestes repetidas victorias. Justiniano, el de Merasia, achacaba tal exceso de ventura al concurso favorable de la Ley de Gravedad y así lo denunció en el fragor de una batalla, pero un canto certero lo convenció de que contra la violencia no valen razones y menos peroratas de empollón.

La suerte de Enrique sufrió un grave quiebro cuando desgració un ojo a Floriano, el hijo del alcalde. Acabó por aquel desaguisado en un correccional, donde monjes-soldado le fustigaban con sus cíngulos de cuero y le sometían al continuo runrún de exorcizantes latinajos. Pero no se le fueron los demonios del cuerpo, sino más bien fue su persona mortal la que salió de allí por la trampilla del terrado. Consiguió descender a los añorados infiernos exteriores y no paró hasta la frontera, que cruzó subrepticiamente una noche de luna nueva. Ya en el otro lado ejerció diversos oficios, desde gañán a buhonero y mozo de equipajes. Le sonrió la fortuna el día que salvó de un río embravecido al hijo de Sturmo, el cacique local que, en agradecimiento, le adoptó como hijo. Mostró Enrique en su nueva vida aptitudes intelectuales que no había tenido antes ocasión de cultivar. Estudió pues en buenos colegios y acabó siendo doctor. Quiso la Fortuna, que todo lo rige a su parecer, que eligiera como campo la oftalmología y se convirtiera en reputado especialista. Sería tentador relatar aquí que, andando los años, se encontró nuestro biografiado con Floriano y le devolvió con su ciencia la luz que antaño de su ojo le quitase. Sería una justa restitución, pero la vida suele ser más prosaica y rastrera.

3 comentarios:

Dante B. dijo...

en estos días mi compañero se ha operado de los ojos, con éxito

a mi me llamaban quique en argentina, aunque nunca fui enrique

almanaque dijo...

Me alegro por él, los ojos (como los hijos) son para toda la vida.
Saludos, Quique.

Rosa Cáceres dijo...

Con ese nombre visigodo, toda aventura es creíble.