martes, 12 de mayo de 2009

AUXENCIO

Auxencio fue desde niño un escapista de la vida, uno de esos seres que no están nunca donde se encuentran ni son hallados jamás en conjunción perfecta de alma y cuerpo. Quizás esa carnalidad en intermitente tránsito hacia el éter o esa tendencia a la disipación –en el sentido, entiéndase, de la primera acepción del DRAE- la heredó nuestro hagiografiado de su padre, Bartolo, que dedicó la segunda parte de su vida a vagar por los polígonos industriales del alfoz tocando una rústica flauta.
El caso es que Auxencio no se centraba en los estudios y se pasaba los recreos hablando a sus compañeros de la levitación y el tercer ojo, con resultados bastante desastrosos para su vida social e integridad física. Casó este varón, sin apenas darse cuenta, con Otilia, mujer bellida a la par que emprendedora. El matrimonio funcionó contra todo pronóstico y tuvieron dos hijos llamados Orestes y Columba. Crecieron éstos a la vera del almacén de bovedillas y viguetas regentado con pulso firme por la madre, mientras el padre frecuentaba a poetas y otras gentes de porvenir por resolver. Una tarde pasó lo que tenía que pasar. Llegó Luciano, el encargado de los hornos, y se quedó demasiado rato en la oficina con Otilia. De ahí tendrían que haber surgido, para bien de la historia, hechos terribles. La muerte, el matricidio y la venganza, como poco. Pero no hubo tal. Luciano se contentó con la hembra en usufructo. Auxencio siguió con sus paseos, ajeno como siempre a lo terreno. Columba era una linda torcaz sin más afán que encontrar un día su polo positivo. Orestes, por su parte, no estaba por la labor de cumplir su esforzado destino y acabó llevando las cuentas con Luciano.

5 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Hay algo en esta historia que no me cuadra: un tipo que sólo habla de levitación y del tercer ojo no se casa NUNCA. Está comprobado estadísticamente.

Beatriche dijo...

Éste se sale de la estadística, siempre hay algún rebelde. A mi lo que me cautiva es la sonoridad del nombre: esa x succionando hacia el centro, sin dejar escapar nada a la periferia.La maestría de Antonio para emparejar nombre/relato.

almanaque dijo...

Así me gusta, que una me ataque y otra me defienda. Estupendo, así yo puedo dormitar plácido a la sombra (de las muchachas en flor).
Gracias Noe, una vez más, y a Beatriche, grazie mille.

Noemí Pastor dijo...

Bueno, en realidad, los santos se casan poco, ¿no?

Rosa Cáceres dijo...

Este santoral apócrifo usa recursos de homofonía, ese Auxencio, ausente (con s) de la realidad, pensando en el tercer ojo mientras es incapaz de ver lo que tiene ante los dos que realmente le hubieran servido para ver lo que pasaba ante sus narices, esa casquivana que se deja disfrutar, disfrutando ella también...Ah, pobre Ausencio, mártir de su ausencia de realismo.