domingo, 12 de abril de 2009

MARCIAL

A Marcial de niño los Reyes le trajeron un fuerte del Far West. Era de madera, con su portón bajo la cartela que rezaba “Fort Yuma” y su torre de vigilancia coronada de barras y estrellas. Los de Oriente se olvidaron de los soldados y, para paliarlo, la madre trajo del quiosco una docena de romanos. Eran firmes y hercúleos aquellos jichos, como escogidos tras sopesar uno a uno, en experto balanceo entre ambas manos, la consistencia de su virilidad. Marcial se conformó pensando que también en la Historia Antigua había empalizadas. Lo había visto en el cine. Desde entonces se aficionó a los péplums, aquellas películas de cristianos cantando mientras eran comidos por las fieras, de emperadores de opereta con vaso de lágrimas, de forzudos de circo levantando pedruscos gigantes de gomaespuma, de caballos de mentira trufados de carne de héroe clásico.
Eso le debió de influir, pues años después lo encontramos como profesor de latín en un colegio. Allí permaneció varios años. Era popular entre sus alumnos por su campechanía y fino sentido del humor. No era extraño oír risotadas tras la puerta de la clase si alguien pasaba por el pasillo en el momento en que Marcial contaba una gracieta sobre Júpiter, Nerón o el propio Séneca. Aparte de estos momentos puntuales, sabía ser eficaz en sus lecciones. Traducía con sus alumnos aquello del “veni, vidi, vinci” y les enseñaba la declinación de “sagita-sagitae”. “La guerra de las Galias” era su libro de cabecera y Alejandro el héroe que sobrevolaba su mundo.
Pero los dioses son a menudo caprichosos y mangonean en el porvenir de los hombres por mera diversión. Ocurrió un día que Marcial se topó con Dionisia. El choque fue frontal y ocurrió en el pasillo de alimentos macrobióticos de un supermercado. Se saldó con algún abollón en ambos carros y un café compartido para aliviar el susto. Dionisia era vegetariana y pacifista. Pronto Marcial se olvidó del mundo clásico y se fue con ella a cultivar la tierra a un pueblo perdido. Los fines de semana vendían en el mercado tomates ecológicos y alfarería. A veces Marcial se permitía decorar alguna ánfora con grecas y sirenas.

10 comentarios:

cacho de pan dijo...

me gusta este marcial pacifista;
coincide con un amigo traductor de ese nombre: marcial souto
un abrazo

Rosa Cáceres dijo...

El agro también fue ámbito romano. Me gusta la foema en que el destino -"el Fatum", que dirían los griegos- hace de Marcial un enamorado de los péplums, devoción que comparto con él, porque me gustan las pelis de romanos con locura. Si la diosa Fortuna, con su caprichoso juego, convirtió a Marcial (de nombre guerrero) en un amante de Dionisia, es posible que pronto lo hiciera entonar cantos dionisíacos.

almanaque dijo...

Cacho: Es lo que tiene el santoral, que siempre hace recordar a alguien. A mí también me pasa cuando lo escribo.

Rosa: Como siempre enriqueces lo escrito con tus ajustadas interpretaciones. Ah, aquellas pelis que empezaban con grandes parrafos sobreimpresos en un fondo de movimientos de tropas. ¿Y qué me dices del sonido de las trompetas?

Gracias a ambos.

Noemí Pastor dijo...

Fíjate, yo adoro los péplum y fui profesora de latín. Y tengo un sobrino que se llama Markel, que es Marcial en vasco.

almanaque dijo...

Joer...

Miguel Paz dijo...

Lo de las pálidas grecas en las ánforas le da a nuestro amigo Marcial y a este buen texto un desenlace delicado e inolvidable, sí señor.

almanaque dijo...

Es que Marcial tenía su corazoncito y su puntito de nostalgia, amigo Paz.

Beatriche dijo...

Es verdad que a menudo los dioses gastan "pequeñas" bromas a tus personajes. Pero en este caso, a Marcial le dan un premiazo.
No puede ser! ¿sin ninguna bromita por el medio? No debí de pillar este relato.
!Claro que yo soy medio vege, medio paci, medio eco!.Para mí es un final feliz.

Antonio Tello dijo...

Estimado A.T. (tocayo de inicial, sin duda), sin duda este Marcial sabía que en el mundo clásico no todo eran guerras ni prebendas, como bien lo supo, aunque tarde, el poeta latino homónimo, que acabó aceptando el regalo de una admiradora y volvió a su Bilbilis (cerca de Calatayud) natal.
Un abrazo

almanaque dijo...

Bueno Beatriche, nadie dice que el final no sea feliz. En todo caso tendríamos que preguntarle a Marcial. Lo de añorar las sirenas es perdonable. (Las malas lenguas dicen que alguna vez se encomendaba a Marte y le metía el diente a algún filete de buey sangrante)

Gracias A.T. por la visita. Habrá que re-visitar al Marcial clásico.