martes, 10 de febrero de 2009

GALGANO

Galgano tenía aspecto patibulario desde párvulos. Era espigado y de perfil aquilino. De pómulos marcados y voz de bajo continuo, sus sibilantes órdenes eran obedecidas al instante hasta por los espíritus más levantiscos. En su cabás abundaban los afilapuntas metálicos y las gomas de tinta, recabados mediante impuesto revolucionario a los compañeros más aplicados. Bastaba una orden de este pequeño tiranuelo para que desapareciera un baby o una cabeza fuese rapada con las crueles mordeduras romas de la tijera de cortar papel charol. En cuanto a las féminas, no le faltaron siervas autoinmoladas ante su poder como Consolata o Moneta, que le servían en sus torpes apetitos de precoz procacidad.
Con el paso de los años, su perversidad creció como sólo lo saben hacer las malas hierbas. De pequeños hurtos pasó a conchabarse con delincuentes ya profesionales y pronto destacó como figura señera del hampa local.
Hastiado de placeres carnales, cayó Galgano en las inocentes redes de la bella Elisa, que le sedujo por su incorruptible decencia, muro inquebrantable ante sus amenazas y sus súplicas. Desconcertado ante una muestra tal de rectitud moral y paz de espíritu, embarcó Galgano en un crucero, tocado ya por un runrún que le socavaba los palos del sombrajo. En este estado de desequilibrio interior conoció el antes orgulloso y seguro pillastre a Julio, un espíritu errático en continuo riesgo de combustión de alma. Juntos acabaron en Belice, entre mosquitos, sudor y látex, donde montaron una empresa de ortopedia sexual y variedades, con la intención revolucionaria de evangelizar en ese aspecto el continente. La cosa acabó mal debido a los desvaríos de Galgano, sometido a un bombardeo constante de emails redentores por parte de Elisa que, con la paciencia que sólo puede tener una santa, elaboraba presentaciones inmensas llenas de bellísimas fotos en interminable cascada adobadas con las máximas más sabias y excelsas. Aquello sólo podía terminar con el terrible estallido que quedaría impreso en los anales (sic).

4 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

No sé cómo lo haces, pero siempre te acaban saliendo los santos delincuentes. Si se entera Ratzinger...

almanaque dijo...

Yo no sé nada, son ellos. De todos modos una condena del Santo Oficio no me vendría mal como publicidad.

Rosa Cáceres dijo...

Excelente prosa. El léxico de épocas escolares ya periclitadas atrea por su valor exacto, en cuanto a la ambientación temporal se refiere.
Galgano es un anti santo, así como el pícaro es un antihéroe.
Me intriga, sin embargo, lo del estallido inscrito en los anales. No caigo en cuál es.

almanaque dijo...

Bueno, está por ver. Habrá que localizar las crónicas de aquel incierto año.
Gracias por tu visita y tus apreciaciones.