martes, 17 de febrero de 2009

CONSTANTINO

Constantino era futbolista y tornero. La afición local le conocía por Tate y en el taller le llamaban Tino. Sin embargo, Sabina, su madre, se refería siempre a él como Constante, fundiendo así vocativo y epíteto como sólo una madre sabe hacer sin necesidad de estudiar morfosintaxis.
Y es que si hubiera que asignar a Tate una virtud, ésta sería la constancia. A pesar de su corta talla, era uno de esos futbolistas voluntariosos que sudan la camiseta, intentan regates imposibles y roban balones aún a los contrarios más voluminosos, con riesgo para su integridad.
No era menos constante Tino en el campo de la fresa, pues en el taller era el primero que llegaba y el último que salía, siendo sus piezas las más apreciadas por su perfección y preciso acabado; “verdaderas obras de arte”, a decir de Sofronio, el encargado.
Así transcurrió durante años la vida de Constante; entre el chirriante ruido de las máquinas, los días de labor, y las broncas imprecaciones del público los domingos, en embarrados campos de Tercera Regional. Fuera de esto, dividía su tiempo entre entrenamientos y atenciones para con su madre, lo que no le dejaba mucho espacio para el amor carnal. Conoció a una tal Hidra en una fiesta y a una Inmaculada en un cursillo de cristiandad, pero sus caracteres tan antagónicos lo desanimaron de seguir buscando entre el amplio abanico intermedio.
La muerte de Sabina deja a Constante desarbolado. Tate languidece al compás de su decadencia física. El primor de Tino acaba en el sumidero de la regulación de empleo. Constante se encierra entonces en casa y apenas sí se le ve comprando libros y material de escritura en la papelería del barrio. Muchos especulan con que dedicó sus últimos años a escribir unas memorias extremadamente pormenorizadas. Otros hablan de una novela río que habría de desbancar a los mayores hitos del género. Nunca lo sabremos con certeza, pues jamás se ha encontrado vestigio alguno.

2 comentarios:

Rosa Cáceres dijo...

Esos finales misteriosos de los que gustas, dejan en el lector un rastro de inefable misterio que ,aun esforzándose en perseguir, jamás alcanza. Es quizás, ahí donde reside el mayor atractivo de ese florilegio de falsas hagiografías. Nombres sonoros, la mayoría de las veces nada usuales, enraízados en el terruño castellano, en la prosaica vida de la intrahistoria de raigambre unamuniana...
En esta de Constantino, esa Hidra y esa Inmaculada, como imposible dicotomía femenina, consiguen que el protagonista de la historia se comporte como el borrico de la fábula, que feneció de hambre por no acertar a escoger entre dos montones de cebada.

almanaque dijo...

Ay el borrico (¿el asno de Buridán, acaso?), cómo me he sentido identificado a veces.
Saludos, Rosa.