viernes, 13 de febrero de 2009

ASELA

Cuando le dijeron el nombre de la recién nacida, Pascasio no pudo resistirse al chiste fácil: “No la ase, hombre, cómasela cruda”. Y prorrumpió en sonoras carcajadas que rebotaron como postas del 7 en las recias vigas de la techumbre. Nadie le secundó. A fin de cuentas todos sabían lo bocalán que era el Pascasio.
La tal Asela, cualquiera diría que intimidada por su aparatosa presentación en sociedad, no dio nunca un ruido en su primera infancia, lo que hizo felices a sus padres, Bonifacio y Dionisia, que atendían el pequeño colmado del lugar. Allí entre pilas de jabón de lavar, sacos de arroz y botes de estricnina se abrieron al mundo los ojos de la niña, que daría en el pueblo ejemplo de mansedumbre. Cumplida la edad reglamentaría ingresó en la escuela, donde padeció las iras de don Pedro, conocido como El Cruel en los contornos. Ni las orejas de burro, ni los varazos en las uñas, entonces tenidos por valiosos y meritorios recursos pedagógicos borraron del rostro de Asela su proverbial serenidad. Hacía las tareas empleando su mejor voluntad y aceptaba las reprimendas con admirable docilidad.
Su padre, varón amable e incluso delicado, tuvo un disgusto por culpa de una herencia que avinagró su carácter y le aficionó a la bebida. Asela sufrió desde entonces sus ataques de ira, agravados cuando su madre, la sufrida Dionisia, huyó con un viajante, harta de aquel infierno.
Crecía Asela, como flor en medio del estiércol, conservando una suavidad de carácter y un donaire que no pasaron desapercibidos para Tercio, un garrido mozo de mirada profunda que llegó un día en el tren de las siete. Pronto se casaron y empezó para la mártir un nuevo capítulo de maltratos callados. Duró tres años y terminó con la repentina muerte de este tercer tirano. Sus vecinas seguían viendo en ella la suave y servicial moza de siempre. Por eso, durante el velatorio, nadie advirtió lo que la viuda musitaba con cada misterio del rosario: “Lo siento, Tercio, te tocó”.

2 comentarios:

Rosa Cáceres dijo...

Muy conseguida semblanza pseudo hagiográfica. Ese don Pedro, el Cruel, esas orejas de burro, hechas de cartón...
Me ha encantado. En tiempos lejanos de mi infancia, yo también llevé alguna vez esa orejas, y con su buen letrero, jajaja. Recuerdo que me encantaba. Hay que probarlo, de veras resulta gratificante, y certifico que tal medida pedagógica pone en el dócil discente las bases para acabar siendo escritor, o escritora, seamos políticamente correctos.

almanaque dijo...

En mi escuela no había ya orejas de burro, pero pervivían otros métodos de sevicia más originales y no menos eficaces, como poner a uno contra la pared sujetando una tiza entre la narid y la susodicha. En todo caso no tuve un don Pedro el Cruel y -hasta la fecha- no he tenido que utilizar la estricnina.