martes, 29 de diciembre de 2009

PAGANO

Pagano desde niño se vio obligado a dar testimonio ante el mundo de una Fe inquebrantable. Así lo exigía una época marcada por la militancia obligatoria en las cosas del alma. Cuando en clase se hablaba de cómo los impíos apedreaban a San Esteban o los idólatras amputaban los senos a Santa Águeda, treinta y cuatro miradas, entre inculpatorias e hilarantes, se clavaban en el chiquillo. Ello le producía una animadversión hacia sus padres y padrinos que devenía en una culpabilidad que a su vez le llevaba a frecuentar compulsivamente los sacramentos. De ahí a la fama de niño santurrón no había sino un corto paso, el que dio Zenón –recordemos la aporía de la tortuga- soltando un día en pleno recreo un rotundo “Pagano es un meapilas”. Se cerraba así un círculo fatal que llevaría al joven a dejar tempranamente los estudios.


Liberado del ambiente colegial, Pagano se enroló en una empresa de automóviles donde su nombre fuese uno más entre los muchos que se afanaban en la cadena de montaje. Así fue durante las horas laborables, pero no en las tardes que dedicaba al alterne y la disipación. El “qué pague Pagano” llegó a ser un latiguillo tan fatigoso y abrumador que le llevó a desligarse de su grupo de amigos para caer en el nefando vicio de los bebedores solitarios. La soledad acabó dando con sus huesos en tugurios de mala nota, donde las chicas que frecuentaba empezaron a llamarle “el pagano”, antes de conocer su nombre, por la facilidad con que le convencían de llenar otra vez la copa con sidra gasificada a precio de champaña de postín. Desesperado, decidió tirarse desde un puente, pero le salvó un individuo desgarbado y renegrido, con el pelo como la pez, que pululaba por allí con el mismo propósito. Su asombro fue mayúsculo cuando Querubín, que así se llamaba su inesperado salvador, le narró una vida pareja en desgracias a la suya. Nunca volvieron ya a separarse. Algunos iconos los representan unidos entre sí por un cordón dorado.

jueves, 24 de diciembre de 2009

NATIVIDAD

Nati nació a la hora de la misa del Gallo, así que todos estaban en la iglesia. Cuando Mateo, el padre, volvió a casa encontró a su mujer, Anastasia, con un rebujo sonrosado en el regazo que le sonreía con placidez. Este inusual fenómeno llamó la atención de don Florencio, el cura, de Fulco el capador y de la propia partera, Eugenia, que nunca en su larga trayectoria había asistido a cosa parecida.

La niña mantuvo siempre ese halo de bondad que armonizaba con la belleza del rostro y las bellas proporciones de su cuerpo. Desde el capacho instalado frente al llar asistía embelesada a las idas y venidas de la madre, que se afanaba en preparar el condumio familiar. No faltaban nunca los garbanzos y con ellos un buen relleno, habitual en aquellas tierras de montaña. Era éste un amasijo de huevo, miga de pan y ajo que se freía y se introducía luego en la olla, donde se impregnaba de la sustancia del compango. Nati aprendió a elaborarlo en cuanto tuvo estatura suficiente para llegar de puntillas a la trébede y lo hizo con tan amorosa perfección que sus padres y hermanos sonreían al compartirlo como tocados por la mano de un dios benevolente. De hecho fue tal el embeleso que no volvieron a comer más relleno que el salido sus manos. Eso la obligó a pedir permiso al maestro, don Nero, para ausentarse durante una media hora de la escuela, lo que propició la curiosidad del pedagogo. Un día la siguió y al verla a través de la ventana quedó tan maravillado de su presteza y mimo que predicó la nueva entre quien quiso oírle, dando pie a lo que llegaría a ser una leyenda.

Nati creció y sus rellenos fueron extendiendo en derredor un halo de dicha que fundía el hielo de los corazones más remisos. Pronto hubo tanta gente ávida del manjar que tuvo que abandonar sus otros quehaceres y dedicarse a cocinar en  alma y cuerpo. Pronto se hizo famosa en los contornos a la par que la región empezaba a serlo por la bonhomía de sus naturales.

Aún en aquellos tiempos míticos las noticias volaban. Llegaron hombres trajeados con propuestas. Se manejaron términos como capital, inversión, comercio e interés, pero Nati se negó rotundamente. Una voz interior le decía que ése no era el camino.

Nati vivió mucho y se dedicó tan por entero a su misión que murió sin descendencia. La comarca mantuvo largo tiempo una impronta de belleza y de virtud. Con el tiempo acabó siendo una sombra desvaída en el alma de algunos elegidos.

martes, 24 de noviembre de 2009

DELFÍN

Delfín ha dedicado su vida a construir sucesivos muros para retener el tiempo, a imagen de los diques que contra el fluir del agua fabrican los castores. Es un propósito absurdo que le acompaña desde la infancia más remota, pues Delfín empezó muy pronto a tener conciencia de si mismo. Recuerda incluso sus experiencias de lactante, cuando sus padres mecían su cuna desde la cama para aplacar su llanto. En algún resquicio de su mente alberga aún una vaga sensación de culpa por perturbar el sueño o los placeres amatorios de sus progenitores. Delfín ha sido toda su vida un pertinaz coleccionista de recuerdos.


Su primer día de clase fue su primer intento fracasado de permanencia en un pretérito perpetuo. El siguiente muro fue el día de la primera comunión y el siguiente el examen de ingreso en el bachillerato. Después lo fue el servicio militar. En cada uno de esos mojones temporales se hacía la ilusión de que el tiempo se iba a detener, pero pronto tenía que asumir un nuevo periodo con vistas al siguiente. Como estrategia se propuso actuar lo menos posible y dedicar su tiempo a desgranar cada minuto con la avaricia con que un judío de leyenda contara sus caudales pieza a pieza.

Muertos sus padres, no tuvo más remedio que trabajar para ganarse el pan. Eligió un trabajo aburrido en un despacho donde diligenciaba diversos trámites cuyas pruebas palpables ordenaba luego en abultados archivadores de cartón. Los meses pasaban lentos, mientras hacía montoncitos con los impresos, según fechas y colores. El resto del tiempo lo dedicaba a pasear por calles anodinas y ver películas rusas con subtítulos en polvorientos cine-clubes.

Ya maduro cometió la imprudencia de dejarse llevar por el consuelo engañoso del amor. Conoció a Irma una tarde en que había cedido a la frivolidad de visionar Los siete samuráis. Irma era tan dulce como cabía esperar y compartía con Delfín la obsesión por el tiempo. Decidieron ir juntos a Mariembad, pero volvieron desencantados porque encontraron aquel ambiente demasiado festivo. De nuevo en casa, lo dispusieron todo para una vida en común aburrida y sosegada.

Aguantaron juntos sólo unos meses. Delfín sentía que la otra presencia le impedía concentrarse debidamente en constatar el discurrir de las horas. A veces conversaban y, sin darse cuenta, había dejado atrás un montón de minutos sin sentir su rasposa estela restregarse por el lado interior de la frente. Por si fuera poco Irma albergaba la terrible veleidad de ser madre, lo que provocó definitivamente la huída de Delfín. La mera idea de que el tiempo se encarnara le resultaba, como es lógico, impensable.

Solo de nuevo, colocó su nuevo muro en la jubilación, que acabó llegando con su resma de hojas de calendario bajo el brazo.

Ahora ya sólo le queda un parapeto ante el cabalgar impasible del tiempo. En Nochebuena dispone las viandas ante el televisor y se enfrenta a uno de esos kilométricos programas, llenos de viejas glorias y paniaguados, que la gente pone de fondo mientras habla a gritos y finge ser feliz delante de suegros y cuñados. Delfín sabe sacar el jugo hasta la hez a esos eventos enlatados. Luego brinda consigo mismo y escucha villancicos.

domingo, 4 de octubre de 2009

EVARISTO

Evaristo era ebanista y cinéfilo. Algunos hagiógrafos han querido advertir cierta relación causal, basada en lo fonético, entre onomástica y dedicación profesional; sin embargo la realidad es, como suele ocurrir, más simple. Evaristo no eligió su oficio, sino que lo heredó de su padre, Aquileo, que dejó la carrera de las armas para abrir una carpintería especializada en mobiliario eclesiástico. Allí, entre rejillas de confesionario y crucifijos de nogal, creció Evaristo y recibió el aprendizaje necesario. Los domingos por la tarde, padre e hijo se procuraban un merecido esparcimiento en el cine parroquial. Es aquí donde surge en nuestro hombre la cinefilia, si bien en esa época aún no existía el término que vestiría de solemnidad el hecho de comer pipas frente a una pantalla luminosa. Recordaría Evaristo para siempre El Cristo del océano y Quo vadis como dos momentos estelares de su infancia.
Cumplido el servicio militar, se instaló Evaristo por su cuenta y matrimonió con Mayota, joven virtuosa y un poco rechoncha a quien los chiquillos, por escarnecerla, llamaban en la escuela La Bella Bellota. Alquilaron un piso de planta baja en una calle próxima a la carpintería.
No tuvo el matrimonio descendencia, si bien consta –según testimonio anónimo de un vecino medianero- que en los primeros tiempos de la coyunda dedicaron muchas tardes al débito con afición notable. Aminorado el fuego de los inicios y sin gente menuda que reclamase sus cuidados, Evaristo se dedicaba con ahínco a su trabajo y por la noche acudía solo al cine del barrio. Mayota, apoyada en el alfeizar de la ventana, fue poco a poco redondeando más y más su figura, hasta hacerse realmente acreedora del infamante apelativo de la infancia. El lugar estratégico de su vivienda la hizo popular entre las comadres, que no escatimaban la ocasión de pararse frente al improvisado púlpito para comentar los dimes y diretes de la vecindad.
Con el tiempo, el corpachón de Bellota fue adaptándose al vano de la ventana hasta conformar con el marco un todo semejante al de un santo de iglesia y su hornacina. Ya apenas se retiraba un rato a mediodía para ingerir el sustento necesario. El resto del tiempo lo dedicaba a contemplar a los viandantes y lanzar encendidas sentencias del tipo “la juventud está podrida”, que eran jaleadas por las contertulias.
Mientras, Evaristo, pasaba las horas muertas cepillando y puliendo cariñosamente las creaciones salidas de sus manos, actitud en que suele aparecer representado en la iconografía. Su carácter, al contrario que el de su esposa, fue derivando hacia el recogimiento. Todas las noches acudía sin falta a su cita con la penumbra del patio de butacas. Por Navidad solían poner aún alguna de romanos.

viernes, 2 de octubre de 2009

HONORATO

Honorato nació para hortera, y no porque lo volviesen loco el tupé, los pantalones de campana o las camisas brillantes de colores. La realidad era que su vocación más arraigada era la de dependiente de comercio. A los catorce años, dejó los estudios y se empleó como recadero. Entonces aún circulaban aquellos triciclos a pedales conducidos por mozalbetes con guardapolvo gris que sorteaban a los viandantes con arriesgadas cabriolas tras espantarlos previamente con timbrazos más amedrantadores que eficaces. Honorato se hizo pronto un experto. Se sentía Ben-Hur en su cuadriga mientras pedaleaba vigoroso con la jaula repleta de cajas de hortalizas.
Al cabo de unos años promocionó a dependiente fijo en la tienda de Floro, que apreciaba su disposición y probada honradez. Era feliz atendiendo a sus clientas. Aunque serio y poco amigo de chanzas era diligente a la hora de pesar las legumbres y un experto a la hora de servir el chicharro en escabeche sin que se desmenuzara ni una miaja.
Era Honorato un poco soso en las cuestiones del amor, aunque su timidez le dotaba de un aura de candor que despertaba a veces el interés de alguna fémina con veleidades un tanto etéreas. Hubo una en especial, tenida en el barrio por lunática, que se acercó al mancebo. El flechazo surgió una tarde en que el muchacho elegía para ella unos pepinos. Luego vinieron los paseos por el parque. Los silencios de él, avivaron en ella la convicción de que poseía una insondable vida interior.
Se casaron con gran boato de trajes de fantasía y lentejuelas. Pronto saldría a la luz la terrible verdad: no había nada tras la expresión beatifica de Honorato, sólo listas de precios, calidades y calibres de alcachofa, diferencias entre peso neto y escurrido.
Durante años, el matrimonio pasó en la vecindad por ser modélico. Paseaban juntos del bracete por la plaza de abastos; ella mirándose la punta de los pies, él oteando nubes y observando las corras de chorizos y las piñas de plátanos como si fuesen apariciones de otro mundo. Luego dicen que si llegó por allí un tal Flaviano.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

ESTER

A Ester desde niña le dio por mirar las estrellas. En las noches sin luna salía subrepticiamente de su casa y se encaminaba a las afueras del pueblo, donde podía observar el firmamento sin molestas intromisiones. Ni qué decir tiene que sus padres, Adalsenda y Barbaciano, se preocuparon por esas desapariciones y castigaron su desobediencia, pero no consiguieron doblegar una tendencia tan esencial a su temperamento.
La cosa hubiera acabado bien si las inquietudes celestes de Ester hubiesen derivado a lo científico, convirtiéndola con el tiempo en eminente astrónoma. Incluso hubiera sido provechosa la afición si se hubiese inclinado hacia el lado, más fantasioso, de la adivinación del porvenir, campo susceptible de rendir pingües beneficios a costa de pazguatos más o menos desesperados. Pero no fue así, pues Ester empezó a escuchar voces provenientes de una estrella.
Al principio mantenían conversaciones intrascendentes que entretenían su soledad de hija única. La estrella, a la que la niña bautizó como Silán en homenaje póstumo a un perrillo que tuvo, le contaba a la niña cosas de la vida cotidiana del firmamento. Chafardeaba de las andanzas nocturnas de los planetas y de cómo tal astro se quitaba por coquetería varios millones de años al declarar su edad. Ester por su parte le hablaba a la estrella de sus pequeñas pendencias en la escuela y de sus peleas domésticas en casa.
Silán le aconsejaba siempre bien, de modo que en Ester se afianzó una confianza ciega hacia su amiga cósmica. Antes que a sus padres y maestros, comentaba a la estrella sus conflictos más íntimos y encontraba en ella la solución perfecta a sus cuitas.
Creció Ester y surgió el amor. Un amor por partida doble que la desconcertaba. Por un lado estaba Honorato, un chico tímido y sensible que trabajaba en el colmado de la calle mayor. Por otro, Severo, un joven pero prometedor pasante en el bufete de su padre. Ester dudaba ante las propuestas de ambos y acudió al veredicto de su buena estrella. Esta sin dudar le señaló al primero, al que, desde su perspectiva de años luz, consideraba de corazón más puro e ideales más etéreos.
Nuestra Ester se prometió, cómo no, con Honorato y al cabo de un tiempo se fue de su brazo al himeneo. No hubo de pasar mucho tiempo de vida en común para que saliera a flote la verdad: Honorato era romo y convencional como un gato de escayola. Hundida en su desdicha, Ester, sensu stricto, no volvió a levantar cabeza.

lunes, 7 de septiembre de 2009

CEFERINO

Ceferino parió una oveja. Perdón, no. Ceferino, parió una oveja. O mejor. Ceferino. Parió una oveja. O sea que a la oveja la parió, como es de ley, otra oveja. Y, ¿ qué demonios pinta entonces Ceferino? Digamos que era el pastor. Eso es. Ceferino estaba en el monte con su rebaño, era invierno, había nevado y alguien le viene a decir que acuda a cierta gruta, que va a ocurrir cierto acontecimiento extraordinario. Pero el hecho es que una oveja se pone de parto -¿se ponen de parto las ovejas?- y eso le entretiene y no se fija en la blancura de la túnica del mensajero –una blancura inusual por allí, dejando aparte la de la nieve- ni tampoco –aún más raro- en las alas níveas y enormes que hacen levitar al susodicho emisario tres palmos por encima del blanco suelo. Ceferino gruñe una respuesta vaga –algo así como “vale”, “enterado”, o quizá “por allí estaré”- y se va a atender al nuevo miembro del rebaño. Luego el recado se le olvida. También es posible que con tanta blancura no distinguiera al enviado del fondo níveo del entorno y sólo oyera unas voces confusas que más tarde creerá fruto de una imaginación desbocada por la falta de contacto humano. El hecho es que Ceferino no acudirá el día señalado. Algunos se lo echarán en cara, pero Ceferino es lo suficientemente taciturno para que le resbalen las críticas y lo bastante cabezota para no dar el brazo a torcer. Así que cuando Eugenio o Teófilo le digan que estaban todos menos él, que sucedieron prodigios y sintieron que aquello iba cambiar la historia, Ceferino les contestará con un: “sí, para Nacimientos estoy yo”, que no dejará lugar a réplica.

jueves, 20 de agosto de 2009

DARÍO

A Darío le llamaban el Grande para diferenciarlo de otro Darío de la misma clase, que más mico y desmedrado. Darío salió en verdad grandón e hizo con ello feliz a su madre, Protasia, y a su abuela Maura que no dejaba de presumir por los contornos de tan prodigioso vástago y –sobre todo- de la calidad de la leche que lo amamantara.

Darío era algodonoso y suave como un burro de mentira y sufría en silencio su desmesura. Acurrucado en su pupitre intentaba, sin conseguirlo, que su presencia fuera apenas percibida. Sin embargo aquella masa cabizbaja, empotrada literalmente en una mesa que le atosigaba como una carcasa de molusco, llamaba la atención de todo el mundo. Doña Tea, la maestra, era enteca y fogosa. Cuando enarbolaba el puntero y lo escoltaba hasta el encerado parecía que pastorease un buey inmenso hasta el arroyo del saber. Los condiscípulos lo zaherían con apelativos ofensivos y lo lanzaban pelotitas de papel, aprovechándose de su bamboleante mansedumbre. En la zahúrda era precisamente Darío el Chico quien destacaba con sus improperios. Era un chiquito chaparro y delgado dotado por Natura de una vitalidad de moscardón inquieto.

Darío el Grande, impelido por los sinsabores, devino en poeta. En las noches de mesa camilla con brasero, apartaba los cuadernos de tareas y escribía poemas a escondidas. Eran versos tristes que destilaban una amargura impropia de su edad. Así siguió durante años, ocupando el tiempo que sus compañeros dedicaban a jugar al balón o perseguir muchachas a ese su vicio solitario.

Con el tiempo Darío se hizo hombre y abrió una cantina. Tras la barra fue feliz a su manera, observando la vida desde la atalaya de su propia estatura. Desde esa peculiar torre de marfil asistió a vociferantes partidas de tute y a enconadas discusiones futbolísticas. Un día empezaron a frecuentar el local un grupo de escritores primerizos. Les gustó y establecieron allí su tertulia. Darío les miraba desde la barra con los brazos cruzados y la expresión de bóvido. Nunca dijo nada acerca de su pasión por la poesía. Mientras los chicos hablaban de juegos florales, revistas literarias y glorias mundanas, él seguía allí, con sus cuadernos apilados sobre botes de tomate y polvorientas botellas de jumilla. Nunca le tentó aventar su tesoro más preciado. A su muerte tenía un arcón repleto de cuartillas primorosamente escritas. Por supuesto a pluma; siempre fue un clásico en las formas. Sobre la sustancia, nunca sabremos si eran versos excelsos o pasatiempos ripiosos y banales, pues un ropavejero vendió el papel al peso. El baúl acabó decorando el ampuloso recibidor de un nuevo rico. Dicen las visitas que da al chalet un toque rústico muy fino.

miércoles, 29 de julio de 2009

O

Su madre, Esperanza, nostálgica confesa, se empeñó en llamarla María de la O porque le recordaba una canción de la infancia, una de esas coplas de gitanos trágicos y celos como puñales. Graciano, el padre, era alegre y vivaz; quizás se hubiera opuesto, pero murió de apoplejía el mismo día en que llegaba al mundo la neonata. Fue pues O hija póstuma, adjetivo horrendo que contaminó para siempre sus ilusiones, y creció en el ambiente oscurantista de una madre muerta en vida que no encontraba alivio sino en los funerales y en las obras pías.

Creció O y devino en ninfa dionisiaca a su pesar, dotada de un rostro angélico y de un cuerpo tan carnal que incluso debajo del gabán más andrajoso podía trastornar los sentidos al más morigerado. Era la criatura de natural ingenuo, por lo que no supo sustraerse al encanto diabólico de Vigoroso, un varón maduro fiel a su nombre que corrompió la fragilidad de la virgen y la hizo suya hasta el exceso. Sufrió O esta prueba con la alegría de la neófita ante un culto a la que ha sido desde el principio de los tiempos destinada.

Fue feliz O a su manera, soportando azotes y vejámenes de su amante amo, que la prostituía y la cedía cuando así era su deseo. Uno de esos amantes impuestos fue Simplicio, que la enamoró con su alma grande y la llevó lejos, fuera del alcance de la bestia. Simplicio era de tan alta cuna que podía permitirse ser bueno, idiota y puro sin perecer en las refriegas cotidianas de la vida. Quería a O de verdad y la colmó de lujos y atenciones. Se establecieron en un castillo en la Riviera y se amaban ante la chimenea, sobre alfombras de piel de oso siberiano.

Se sorprendió O disfrutando de este nuevo amor, tan solícito y suave, que estudiaba cada centímetro de su piel con la intensidad de un entomólogo y el gozo de un niño. Cuando se cansaban de retozar entre las plumas de ganso de los jergones paseaban desnudos a la luz de la luna o se vestían con vestidos fastuosos y se dejaban ver en el gran mundo. O se acomodó con el tiempo a este tipo de vida. Sólo a veces la sorprendía Simplicio con el rostro serio y la mirada ausente. “En nada”, contestaba invariablemente a su pregunta.

domingo, 26 de julio de 2009

ENRIQUE

Enrique fue siempre muy echado para alante. Ya en la infancia destacó por su arrojo y puntería en las pedreas que se organizaban periódicamente contra los del pueblo de abajo, consiguiendo para sus huestes repetidas victorias. Justiniano, el de Merasia, achacaba tal exceso de ventura al concurso favorable de la Ley de Gravedad y así lo denunció en el fragor de una batalla, pero un canto certero lo convenció de que contra la violencia no valen razones y menos peroratas de empollón.

La suerte de Enrique sufrió un grave quiebro cuando desgració un ojo a Floriano, el hijo del alcalde. Acabó por aquel desaguisado en un correccional, donde monjes-soldado le fustigaban con sus cíngulos de cuero y le sometían al continuo runrún de exorcizantes latinajos. Pero no se le fueron los demonios del cuerpo, sino más bien fue su persona mortal la que salió de allí por la trampilla del terrado. Consiguió descender a los añorados infiernos exteriores y no paró hasta la frontera, que cruzó subrepticiamente una noche de luna nueva. Ya en el otro lado ejerció diversos oficios, desde gañán a buhonero y mozo de equipajes. Le sonrió la fortuna el día que salvó de un río embravecido al hijo de Sturmo, el cacique local que, en agradecimiento, le adoptó como hijo. Mostró Enrique en su nueva vida aptitudes intelectuales que no había tenido antes ocasión de cultivar. Estudió pues en buenos colegios y acabó siendo doctor. Quiso la Fortuna, que todo lo rige a su parecer, que eligiera como campo la oftalmología y se convirtiera en reputado especialista. Sería tentador relatar aquí que, andando los años, se encontró nuestro biografiado con Floriano y le devolvió con su ciencia la luz que antaño de su ojo le quitase. Sería una justa restitución, pero la vida suele ser más prosaica y rastrera.

miércoles, 22 de julio de 2009

VALENTIN

Valentín no era valiente y sin embargo fue a la guerra. Una guerra cruel, como todas las guerras, en la que no le dejaron elegir trinchera. Seguramente se hubiera ido con los malos, por su fatal tendencia a ponerse del lado de los débiles. Era un rasgo heredado quizás de sus ancestros, segadores sin tierra condenados a bregar en las galernas del cereal embravecido. Sin embargo se vio impelido a servir un cañón al lado de los fuertes. Volvió con bien, si así puede decirse, y no recibió los premios y prebendas que se le suponen a un guerrero victorioso. Muy al contrario, tuvo que luchar con el civil denuedo de los débiles para sobreponerse a la realidad sórdida y miserable del después. Pasados los años tuvo un hijo que le preguntaba a veces por sus hazañas épicas. Quería saber detalles escabrosos, cuántos había matado, cómo mordían las balas las entrañas y los huesos, pero él le respondía con anécdotas chusqueras de furrieles y con peleas de quintos alrededor de una perola de patatas. Era Valentín sobrio y poco dado a la alharaca. Pasaron más años, sin excesivas penas ni glorias muy rotundas. Murió con el siglo. Solo. Como todos.

martes, 9 de junio de 2009

MARINO

Marino tenía un proyecto vital. Eso le agradaba y le hacía la vida mucho más llevadera. Hasta los veintisiete vivió como un desalmado, es decir como un muñeco de barro que aún no ha recibido el soplo de la divinidad. Se dedicaba a cultivar las tierras de sus padres y los domingos se juntaba con Antonio y con Buenaventura y se iban a libar bebidas espirituosas por los clubes de los contornos. Pero sentía un vacío instalado en el plexo solar que le incomodaba. A veces estaba con una piba en el reservado y le agarraba un ataque de ansiedad que le obligaba a plegar velas y salir pitando a respirar el aire fresco de la noche. Estaba en ésas, en cierta ocasión, cuando oyó a su espalda una conversación de enamorados. Ella le decía a él: “Oye, Dalmacio, ¿tú tienes “proyecto vital”? Marino sintió de pronto una punzada en el costado. “Ahí está la clave de ese run-run que me roe las entrañas” –pensó en un fogonazo de desusada lucidez.
Desde entonces se dedicó a dar con un proyecto vital que encauzara sus ansias y diera sentido a su caminar por los surcos del mundo. Sentado en su tractor, miraba al horizonte y esperaba una llamada. Un día vio surgir una vela por el secarral. No era un espejismo, sino una embarcación remolcada por un 4x4 en dirección al embalse. Marino pensó: “Cómo no se me había ocurrido antes”, y decidió desde ese instante dedicar su vida a surcar mares desconocidos y lejanos. A pesar del nombre, Marino era muy de interior y ni siquiera sabía nadar. Sin embargo abrazó sin dudar su destino. Se iría preparando poco a poco. De momento se agenció una pipa en un estanco de la ciudad y lo aprendió todo sobre mezclas de tabaco, formas de atacar la cazoleta y técnicas para mantener la llama viva a base de suaves pero reincidentes caladas. Después se suscribió a una revista sobre náutica y fue absorbiendo cordajes, balandros y arboladuras con la eficacia de una esponja de mar. No tenía prisa, le bastaba con tener un proyecto vital. Siguió navegando por los cálidos surcos mientras escuchaba en la radio ritmos de las islas y continentes que habría de visitar en un futuro cierto. Por el invierno, al calor de los programas de aventureros de la tele, practicaba nudos con un trozo de soga.
Pasaron los años y llegó la decadencia. Entre sueños y veras había tenido tiempo de emparejarse y tener hijos: Silvia y Valeriano. Un día los convocó ante su lecho de enfermo, sacó unos planos de la mesita y les dijo: “Tomad, hijos, seguid trabajando. Aún hay que perfeccionar algo la toldilla”. Y luego, con un hilo de voz: “No hace falta que os deis mucha prisa”.

martes, 19 de mayo de 2009

PROMO

A Promo le pusieron así sus padres en pleno auge de la expansión inmobiliaria. Era un nombre moderno y “exhalaba vaharadas de éxito y bon vivre”, en palabras de su progenitor, Jucunco. La madre y coperpetradora, doña Eutropia, ratificaba las razones de su esposo y añadía que Promoción daba al portador (en este caso portadora) el carácter serio y respetable (sic) de un concejal de obras y jardines. Y, sí, en algunos jardines se vio envuelta nuestra Promo a lo largo de su dilatada experiencia. Desconocemos si tuvo algo que ver el nombre o más bien era el fuego innato del amor al riesgo que envenenaba sus mitocondrias. El hecho es que su devenir se fue complicando a medida que su gracia se deshilachaba más y más. De Promo, sus amigos pasaron al Pro y cuando la cosa se fue quedando en una simple P, encontramos a nuestra hermosa promesa haciendo cine en Hollywood. Claro que los gringos la llamaban Π, como no podía ser de otra manera.

martes, 12 de mayo de 2009

AUXENCIO

Auxencio fue desde niño un escapista de la vida, uno de esos seres que no están nunca donde se encuentran ni son hallados jamás en conjunción perfecta de alma y cuerpo. Quizás esa carnalidad en intermitente tránsito hacia el éter o esa tendencia a la disipación –en el sentido, entiéndase, de la primera acepción del DRAE- la heredó nuestro hagiografiado de su padre, Bartolo, que dedicó la segunda parte de su vida a vagar por los polígonos industriales del alfoz tocando una rústica flauta.
El caso es que Auxencio no se centraba en los estudios y se pasaba los recreos hablando a sus compañeros de la levitación y el tercer ojo, con resultados bastante desastrosos para su vida social e integridad física. Casó este varón, sin apenas darse cuenta, con Otilia, mujer bellida a la par que emprendedora. El matrimonio funcionó contra todo pronóstico y tuvieron dos hijos llamados Orestes y Columba. Crecieron éstos a la vera del almacén de bovedillas y viguetas regentado con pulso firme por la madre, mientras el padre frecuentaba a poetas y otras gentes de porvenir por resolver. Una tarde pasó lo que tenía que pasar. Llegó Luciano, el encargado de los hornos, y se quedó demasiado rato en la oficina con Otilia. De ahí tendrían que haber surgido, para bien de la historia, hechos terribles. La muerte, el matricidio y la venganza, como poco. Pero no hubo tal. Luciano se contentó con la hembra en usufructo. Auxencio siguió con sus paseos, ajeno como siempre a lo terreno. Columba era una linda torcaz sin más afán que encontrar un día su polo positivo. Orestes, por su parte, no estaba por la labor de cumplir su esforzado destino y acabó llevando las cuentas con Luciano.

domingo, 12 de abril de 2009

MARCIAL

A Marcial de niño los Reyes le trajeron un fuerte del Far West. Era de madera, con su portón bajo la cartela que rezaba “Fort Yuma” y su torre de vigilancia coronada de barras y estrellas. Los de Oriente se olvidaron de los soldados y, para paliarlo, la madre trajo del quiosco una docena de romanos. Eran firmes y hercúleos aquellos jichos, como escogidos tras sopesar uno a uno, en experto balanceo entre ambas manos, la consistencia de su virilidad. Marcial se conformó pensando que también en la Historia Antigua había empalizadas. Lo había visto en el cine. Desde entonces se aficionó a los péplums, aquellas películas de cristianos cantando mientras eran comidos por las fieras, de emperadores de opereta con vaso de lágrimas, de forzudos de circo levantando pedruscos gigantes de gomaespuma, de caballos de mentira trufados de carne de héroe clásico.
Eso le debió de influir, pues años después lo encontramos como profesor de latín en un colegio. Allí permaneció varios años. Era popular entre sus alumnos por su campechanía y fino sentido del humor. No era extraño oír risotadas tras la puerta de la clase si alguien pasaba por el pasillo en el momento en que Marcial contaba una gracieta sobre Júpiter, Nerón o el propio Séneca. Aparte de estos momentos puntuales, sabía ser eficaz en sus lecciones. Traducía con sus alumnos aquello del “veni, vidi, vinci” y les enseñaba la declinación de “sagita-sagitae”. “La guerra de las Galias” era su libro de cabecera y Alejandro el héroe que sobrevolaba su mundo.
Pero los dioses son a menudo caprichosos y mangonean en el porvenir de los hombres por mera diversión. Ocurrió un día que Marcial se topó con Dionisia. El choque fue frontal y ocurrió en el pasillo de alimentos macrobióticos de un supermercado. Se saldó con algún abollón en ambos carros y un café compartido para aliviar el susto. Dionisia era vegetariana y pacifista. Pronto Marcial se olvidó del mundo clásico y se fue con ella a cultivar la tierra a un pueblo perdido. Los fines de semana vendían en el mercado tomates ecológicos y alfarería. A veces Marcial se permitía decorar alguna ánfora con grecas y sirenas.

jueves, 26 de febrero de 2009

ARTURO

Arturo se había sentido siempre alguien especial. Algo así como el protagonista de una superproducción en pantalla panorámica, con su tema musical de fondo, su claque comiendo palomitas en la fila siete y una dama llamada Ida, de rostro impenetrable, que lo esperaba siempre al final de la escapada. Un buen día se despertó y, plof, estalló en el aire esa burbuja en que vivía. Desde entonces nada tuvo sentido. Se limitó a vivir como un autómata, sin reconocerse en los espejos. Se sintió, por siempre, uno más de la manada en su vagar sin rumbo por la infinita estepa.

martes, 24 de febrero de 2009

EDMUNDO

Edmundo era feliz con Loreto, a pesar de la extremada tendencia de ella a hablar sin ton ni son. Era Edmundo de natural callado y le gustaba esta cualidad de su pareja que le libraba de tener que participar en conversaciones inanes cuando estaba en sociedad. Podía así dedicarse a observar los lomos de los libros o las polillas que gravitaban alrededor de las bujías, cosas ambas que tenían más que ver con sus verdaderos intereses. Hacía poco que había ganado la cátedra de Entomología y estaba decidida la fecha de la boda.
Pero siempre hay algún espíritu dañino que se interpone en los planes de los buenos. En este caso fue Eulalia, la futura suegra, quien maquinó un plan para alejar a su querida hija de quien ella consideraba un fracasado. Se alió con Fulgencio, pretendiente secreto de Loreto, para acusar falsamente a Edmundo de malversación en los fondos dedicados a la investigación. Este infundio, junto a la denuncia por rijosidad de Julia, una alumna despechada, dieron con los huesos del infeliz cátedro en la cárcel.
Allí pasó unos años, entre inadaptados y perversos que le acrisolaron el carácter. El día que salió recibió la noticia de que había heredado una gran fortuna de su tío Melquiades, maderero en Brasil. Acarició unos días la idea de pergeñar una venganza de novela. Luego se serenó y decidió irse a la Amazonía a ocupar el puesto de su tío. Podría estudiar en su hábitat natural los insectos que tanto le fascinaban y, desde luego, loros no le iban a faltar.

lunes, 23 de febrero de 2009

RESTITUTO

Resti perdió el humor. “Ya no tengo humor, Restín”, le decía a su hijo cuando le visitaba los viernes, a la salida de la floristería. Resti había sido siempre el alma de la fiesta. En el pueblo se encargaba de organizar todas las celebraciones. Contrataba músicos, diseñaba carteles e incluso inventaba chascarrillos, concursos y cantares. Trabajó de guaje en la mina y luego de viajante, se casó y tuvo hijos y siguió tan alegre, a pesar de que tuvo, como todos, sinsabores.
Pero todo llega, todo se acaba algún día. “Ya no tengo humor”, decía, y se arrebujaba en la bata como si tuviera frío, a pesar de que el termostato estaba a veintitrés. “No llego a Navidad, no llego, Restín”. Y es que el 24 cumplía los setenta y su padre, Restituto, había muerto a esa edad. Para él, ese guarismo se había convertido en un hito fatídico e irrevocable. Restín le miraba y no sabía que decir. Acababa de cumplir cuarenta y uno.

martes, 17 de febrero de 2009

CONSTANTINO

Constantino era futbolista y tornero. La afición local le conocía por Tate y en el taller le llamaban Tino. Sin embargo, Sabina, su madre, se refería siempre a él como Constante, fundiendo así vocativo y epíteto como sólo una madre sabe hacer sin necesidad de estudiar morfosintaxis.
Y es que si hubiera que asignar a Tate una virtud, ésta sería la constancia. A pesar de su corta talla, era uno de esos futbolistas voluntariosos que sudan la camiseta, intentan regates imposibles y roban balones aún a los contrarios más voluminosos, con riesgo para su integridad.
No era menos constante Tino en el campo de la fresa, pues en el taller era el primero que llegaba y el último que salía, siendo sus piezas las más apreciadas por su perfección y preciso acabado; “verdaderas obras de arte”, a decir de Sofronio, el encargado.
Así transcurrió durante años la vida de Constante; entre el chirriante ruido de las máquinas, los días de labor, y las broncas imprecaciones del público los domingos, en embarrados campos de Tercera Regional. Fuera de esto, dividía su tiempo entre entrenamientos y atenciones para con su madre, lo que no le dejaba mucho espacio para el amor carnal. Conoció a una tal Hidra en una fiesta y a una Inmaculada en un cursillo de cristiandad, pero sus caracteres tan antagónicos lo desanimaron de seguir buscando entre el amplio abanico intermedio.
La muerte de Sabina deja a Constante desarbolado. Tate languidece al compás de su decadencia física. El primor de Tino acaba en el sumidero de la regulación de empleo. Constante se encierra entonces en casa y apenas sí se le ve comprando libros y material de escritura en la papelería del barrio. Muchos especulan con que dedicó sus últimos años a escribir unas memorias extremadamente pormenorizadas. Otros hablan de una novela río que habría de desbancar a los mayores hitos del género. Nunca lo sabremos con certeza, pues jamás se ha encontrado vestigio alguno.

domingo, 15 de febrero de 2009

AMBROSIO

Ambrosio se enamoró de una boa constrictora. Le ocurrió visitando una exposición itinerante de reptiles. Ambrosio miró a la boa y se quedó prendado de su mirada fría y reservada. “Una mirada así sólo puede ocultar un corazón de oro”, pensó, y empezó a tramitar su adquisición. Le costó trabajo, amén de un buen pellizco, conseguir sus fines; tuvo que patear despachos, conseguir permisos y adquirir licencias. Más ardua aún fue la tarea de legalizar su relación, pero por fin pudo cohabitar con Fara sin que familiares y amigos tuvieran nada que objetar.
Preparó su hogar para vivir con ella. Mandó hacer un estanque en que estuviera cómoda y repobló la casa con ratones que pudiera cazar a conveniencia. Cuando iba a trabajo la dejaba al lado de la estufa, entretenida con cualquier culebrón venezolano. A la vuelta se apareaban con pasión. Pasó un cálido invierno, con los anillos de Fara bien apretados alrededor del cuerpo. Pronto fueron una pareja envidiada en la ciudad.

viernes, 13 de febrero de 2009

ASELA

Cuando le dijeron el nombre de la recién nacida, Pascasio no pudo resistirse al chiste fácil: “No la ase, hombre, cómasela cruda”. Y prorrumpió en sonoras carcajadas que rebotaron como postas del 7 en las recias vigas de la techumbre. Nadie le secundó. A fin de cuentas todos sabían lo bocalán que era el Pascasio.
La tal Asela, cualquiera diría que intimidada por su aparatosa presentación en sociedad, no dio nunca un ruido en su primera infancia, lo que hizo felices a sus padres, Bonifacio y Dionisia, que atendían el pequeño colmado del lugar. Allí entre pilas de jabón de lavar, sacos de arroz y botes de estricnina se abrieron al mundo los ojos de la niña, que daría en el pueblo ejemplo de mansedumbre. Cumplida la edad reglamentaría ingresó en la escuela, donde padeció las iras de don Pedro, conocido como El Cruel en los contornos. Ni las orejas de burro, ni los varazos en las uñas, entonces tenidos por valiosos y meritorios recursos pedagógicos borraron del rostro de Asela su proverbial serenidad. Hacía las tareas empleando su mejor voluntad y aceptaba las reprimendas con admirable docilidad.
Su padre, varón amable e incluso delicado, tuvo un disgusto por culpa de una herencia que avinagró su carácter y le aficionó a la bebida. Asela sufrió desde entonces sus ataques de ira, agravados cuando su madre, la sufrida Dionisia, huyó con un viajante, harta de aquel infierno.
Crecía Asela, como flor en medio del estiércol, conservando una suavidad de carácter y un donaire que no pasaron desapercibidos para Tercio, un garrido mozo de mirada profunda que llegó un día en el tren de las siete. Pronto se casaron y empezó para la mártir un nuevo capítulo de maltratos callados. Duró tres años y terminó con la repentina muerte de este tercer tirano. Sus vecinas seguían viendo en ella la suave y servicial moza de siempre. Por eso, durante el velatorio, nadie advirtió lo que la viuda musitaba con cada misterio del rosario: “Lo siento, Tercio, te tocó”.

martes, 10 de febrero de 2009

GALGANO

Galgano tenía aspecto patibulario desde párvulos. Era espigado y de perfil aquilino. De pómulos marcados y voz de bajo continuo, sus sibilantes órdenes eran obedecidas al instante hasta por los espíritus más levantiscos. En su cabás abundaban los afilapuntas metálicos y las gomas de tinta, recabados mediante impuesto revolucionario a los compañeros más aplicados. Bastaba una orden de este pequeño tiranuelo para que desapareciera un baby o una cabeza fuese rapada con las crueles mordeduras romas de la tijera de cortar papel charol. En cuanto a las féminas, no le faltaron siervas autoinmoladas ante su poder como Consolata o Moneta, que le servían en sus torpes apetitos de precoz procacidad.
Con el paso de los años, su perversidad creció como sólo lo saben hacer las malas hierbas. De pequeños hurtos pasó a conchabarse con delincuentes ya profesionales y pronto destacó como figura señera del hampa local.
Hastiado de placeres carnales, cayó Galgano en las inocentes redes de la bella Elisa, que le sedujo por su incorruptible decencia, muro inquebrantable ante sus amenazas y sus súplicas. Desconcertado ante una muestra tal de rectitud moral y paz de espíritu, embarcó Galgano en un crucero, tocado ya por un runrún que le socavaba los palos del sombrajo. En este estado de desequilibrio interior conoció el antes orgulloso y seguro pillastre a Julio, un espíritu errático en continuo riesgo de combustión de alma. Juntos acabaron en Belice, entre mosquitos, sudor y látex, donde montaron una empresa de ortopedia sexual y variedades, con la intención revolucionaria de evangelizar en ese aspecto el continente. La cosa acabó mal debido a los desvaríos de Galgano, sometido a un bombardeo constante de emails redentores por parte de Elisa que, con la paciencia que sólo puede tener una santa, elaboraba presentaciones inmensas llenas de bellísimas fotos en interminable cascada adobadas con las máximas más sabias y excelsas. Aquello sólo podía terminar con el terrible estallido que quedaría impreso en los anales (sic).

viernes, 2 de enero de 2009

CIRANO

Cirano era fogoso y pendenciero, burlador, arrojado y dotado con el don de la elocuencia. Mas no era narigón este Cirano, en algo habría de diferenciarse de su homónimo. Era por el contrario más bien chato y de facciones y hechuras agradables. Vestía bien y sabía comportarse con finura cuando la ocasión lo requería. Con esta planta no es extraño que Cirano fuese un picaflor. Desde su adolescencia se dedicó con eficiencia de profesional al difícil arte de agradar a las mujeres. Libre de preocupaciones pecuniarias, pues pronto se introdujo con soltura en los negocios de importación de la familia, sus desvelos iban enfocados casi íntegros a la consecución de sus deseos en el ámbito amatorio. A los treinta años la lista de sus conquistas podría muy bien ocupar impresa un tomo del tamaño de un best sellers mediano. A nada hacía ascos el donjuán en su afán de completar su colección. Lo mismo jóvenes que maduras, rubias o castañas, blancas o mestizas, caían o se echaban motu proprio en las redes primorosamente tendidas a través de los cinco continentes, pues nuestro hombre viajaba mucho por razón de negocios.
Cirano era feliz, o creía serlo, pues ningún contratiempo ni amargura había tenido para constatar la diferencia. Su airada vida era para él tan apacible como un largo día de pesca. Pero había de llegar tarde o temprano quien pusiera al pescado un poco de pimienta. Conoció a Ada, una morena cálida de mirada confortable, en la sección de delicatessen, mientras buscaba ostras para una cena romántica. Ya no hubo cena ni romanticismo. Ada ocupó desde entonces su corazón y su cerebro. Tuvo en ello que ver que se mantuviera inaccesible. Nunca logró lo que con otras era un juego de niños. Siempre ponía a sus ruegos condiciones que era incapaz de cumplir del todo. Cuando hubo logrado que el burlón cambiara de aficiones, de amigos y de ambiente, Ada le confesó una noche que no soportaba su nariz. Sólo podría amar a un hombre con la nariz enorme. Ante este reto reaccionó Cirano mintiendo sin descanso. Pero lo hacía tan mal que perdió amistades y negocios. Cuando acabó durmiendo entre cartones su única obsesión era no haber recurrido a la cirugía cuando aún tenía medios económicos.

jueves, 1 de enero de 2009

JULIO

Julio nació en diciembre por error, pues amaba el calor sobre todas las cosas. Cometió al nacer otra equivocación –si así puede llamarse- y fue ver la luz en un norteño pueblo de montaña donde en invierno se helaba hasta el aliento. En sus años de escuela se apañaba para exasperar a don Audencio con el único objeto de que lo castigara de rodillas para estar más cerca de la estufa. Esa misma imagen tenemos de un Julio joven, arrimado en invierno al radiador de la oficina de correos en la que clasificaba hastiado correspondencia. Pero con la llegada del buen tiempo, Julio revivía. Salía de su periodo de letargo y se convertía en un ser animado por los instintos más carnales. Su mes de vacaciones discurría en las playas del sur, donde fundía –nunca mejor dicho- los magros ahorros reunidos durante el largo y anodino invierno.
Un ser así tenía que acabar en los trópicos. Así fue, y todo porque coincidió con Galgano en un crucero por el Mediterráneo. Galgano era un toscano alto y afilado, aficionado a los canódromos con la pasión de los obsesos. Hicieron buenas migas desde el principio; los dos e Hilaria, compañera de viaje de Galgano. Por las noches fumaban y bebían en cubierta, mientras la luna les miraba allá arriba, con la indiferencia e impavidez de una matrona apática. Hilaria era una mujer joven y bonita, de talle fino y mirada de loba. Pronto descubrió en Julito –como, confianzudamente, le llamaba- cualidades intrínsecas que, según ella, le hacían idóneo para ciertos negocios. Cuando desembarcaron, Julio había roto ya cualquier tipo de amarras con su vida anterior. Su corazón en llamas le llevaba de calle hacia un brillante futuro en panavisión y eastmancolor. Desde luego fue un futuro tropical y cálido, pero no en el sentido que él siempre había soñado.