lunes, 15 de diciembre de 2008

BIBIANA

Bibiana siempre se quejaba de ser un globo cautivo. Que nadie piense que lo decía por su natural algo tendente a las formas suavemente redondas. Tampoco quería decir exactamente que Blanca, su actual pareja, restringiese su libertad hasta la asfixia. Sólo era que lo deletéreo de sus sueños acababa topándose con la burda consistencia de los muros de la realidad más perentoria y eso la desesperaba. Siempre, desde niña, había deseado ser artista, me contaba cuando quedábamos a solas en el despacho y surgía un cierto clima de cercanía. Pero aquí me tienes de encargada de un supermercado, que no es que me queje, tal como está el patio, pero... En fin. Y luego estaba Benito, el ex de Blanca –ya algunos amigos les llamaban la BBB, de coña- que venga a aparecer por casa con la copla de los chicos. Y no es que me moleste, que entiendo que todos tenemos un pasado, pero... Y es que no las tenía todas consigo con la conversión de Blanca. Y Benito, era tan majo, que tampoco era cuestión de acabar a tortas como dos machos de antaño.
Bibi me contaba todo esto mientras me miraba con sus ojos claros, un poco tristes, como faros entre la bruma de la mediocridad. Y, yo, qué quieren, me entraban unas ganas locas de dejarlo todo, cortar amarras, soltar lastre y ascender con ella muy alto, por encima de los palés y los estantes, más allá del cielo azulísimo del panel de la sección de detergentes.

domingo, 14 de diciembre de 2008

PRÓCULO

Don Próculo venía siempre en el mixto, un trenecillo de madera que parecía casi una maqueta o un decorado de película del Oeste. Pero eran otros tiempos y ni a don Ursi, el Jefe de Estación, ni a Clementina la mujer del capataz, les extrañaba en absoluto ver venir a aquel convoy, precedido del gran penacho de humo negro. Don Próculo vestía una zamarra vieja y unas botas gastadas, que untaba en invierno de grasa de caballo para que soportaran mejor la humedad de la nieve. Apenas se advertía que era médico, sino por un maletín de color incierto que llevaba y porque viajaba en Primera. Don Próculo traía en esa bolsa pastillas de varios colores: Azul cielo para el asma de don Mateo, el párroco; verde esperanza para la angustia de Natalia, la viuda de Colás; rojo pasión para el ensimismamiento de Natalia, la que fue novia de Mateo; amarillo horizonte para Ananías, el maquinista, que añoraba vidas no vividas. Don Próculo podría haber sido prestidigitador, o confesor, o santo, quizás pintor de retablos, pero se quedó en sanador de cuerpos y de almas. La gente creía en él y se abrían sin saberlo a la magia del arco iris que salía de su cartera.
Un día llegó el tren y don Próculo no extendió su brazo para abril la chaveta de la portezuela de Primera clase. Vino en su lugar un lechuguino con cuello duro y fonendoscopio. Mandó toser y decir treintaitrés, tomó la tensión con un raro aparato, extendió recetas con nombres extraños. Las pastillas eran todas de un blanco ceniciento. Los males de la gente se recrudecieron. Pasaron los inviernos, pero nadie hizo por aprender su nombre.