jueves, 30 de octubre de 2008

ROMEO

Lo de Romeo Romero no fue casualidad, sino humorada de un padre que mejor habría hecho dedicando su dudosa agudeza mental a elaborar pasatiempos de palabras cruzadas. Lo primero que oyó Romeo durante toda su vida al presentarse fue un “¿cómo dice?, seguido de un “¿dónde dejaste a Julieta?”, así como suena, rebajado al tuteo en cuestión de segundos, pues la gente tiende a perder el respeto ipso facto a quien le parece extravagante o pintoresco.
Romeo Romero, con tanto retintín y tanta burla respecto a los hipotéticos desvaríos amatorios a los que, por mor de su nombre, se le suponía abocado sin remedio, dio en aborrecer las francachelas propias de la mocedad y se hizo perito agrícola. No fue esto último una consecuencia de su recato hacia los bailes y el cultivo del bello sexo, entiéndase, sino que ambas cosas ocurrieron por los mismos años juveniles.
Romeo encontró trabajo en una sórdida oficina donde interpretaba planos de ocho a tres. En los ratos que lograba hurtarse a la vigilancia de don Clemente, el ingeniero jefe, que de tal sólo tenía el nombre, se dedicaba a la lectura de la obra de Shakespeare. Con el tiempo llegó a ser un erudito en lo tocante a la presencia del amor en la obra del genio. Pidió una excedencia y se dedicó a dar conferencias en universidades de prestigio. Murió muy anciano, tenido por todos como un experto en la expresión literaria de los sentimientos amatorios. Lo hizo virgen, a pesar de las pasiones que su fina sensibilidad despertaba por doquiera entre sus alumnas y lectoras.

sábado, 25 de octubre de 2008

SILVESTRE

Cuando nació Silvestre aún se llevaba lo del santo del día, así es que don Octavio y Saturnino, el padre, se citaron en la sacristía el día antes del bautizo. El cura iba recorriendo con el índice las onomásticas del Santoral Romano a la luz de unos velones que había traído como oferta la tía Astea. A Satur, Agapito le parecía un nombre proclive al chiste fácil, Ampelio le recordaba el transformador de la corriente alterna y Cayo la opresión de un domingo con zapatos nuevos. Doro le sonaba a nombre amputado y tanto Hipólito como Jerónimo –sin saber por qué- representaban en su mente un híbrido de humano y animal de monta. Anatolio era para él un gentilicio exótico y Beltrán un nombre más apropiado para bar o ultramarinos que para un neonato. Adventor, Barabesciabas, Boitazato y Orlón, podían servir para designar un planeta lejano o una estrella, pero no una criatura de su sangre. Optaron pues al fin por ponerle Silvestre, sin sospechar lo inane de sus lucubraciones, pues años después –y sin remedio- todo el mundo iba a acabar llamándole Estalone.

viernes, 24 de octubre de 2008

CRISPÍN

Hay personas abocadas a una misión por mor de su herencia genética y otras que siguen su vocación a pesar de la misma, en un esforzado bogar contracorriente. Crispín era de estos últimos. Aunque Canijo y desmedrado, desde niño deseó con morboso afán doblegar y humillar a los demás. Como quiera que su exigua presencia provocara mofa en sus presuntas víctimas, optó por rodearse de una cohorte conveniente a sus fines. Así encizañó a Severino y Máximo para asolar los patios de recreo. Severino estaba dotado de gran arrojo y sangre fría y Máximo era un gigantón que –por citar un dato harto elocuente- desayunaba a los ocho años medio litro de leche bien migada. El trío llegó a hacerse tristemente célebre antes de llegar la pubertad.
Aún no iniciada la mayoría de edad, contaban los tres con un amplio historial, donde no faltaban el acoso a compañeros y docentes, la extorsión, la amenaza, el hurto y el daño en bienes muebles. Los fines de semana se entretenían en agredir a mendigos y desheredados, celebrando luego sus acciones con risotadas y libaciones colectivas. No les faltaban jaleadores y grouppis que coreaban sus desmanes con aullidos de admiración y rendida pleitesía. Tan realizados se sentían los tres que incluso se dotaron de un aparato ideológico, una moral espúrea que justificaba sus fechorías en aras de lograr una sociedad más ordenada y libre de impurezas.
Pero, como hasta lo más sublime aburre cuando lo pervierte la costumbre, nuestro hombre decidió un día cambiar de vida. Se desligó de sus fieles dogos y decidió partir a la aventura. Desempolvó una Leika que había en casa y cruzó el mar. Vagabundeó por el albañal del mundo haciendo fotos que le compraban a veces las agencias. Vivió de cerca situaciones que dejaban en juego de niños sus hazañas pasadas. Poco a poco se hastió de aquello, hizo relaciones y encontró un hueco en una empresa farmacéutica que combate el SIDA en África.
Hoy día es ejemplar, viste de traje y tiene personas a su cargo. Algunos han propagado la especie de que comercia bajo cuerda, de que pega el cambiazo y manda a los negritos agua destilada. Seguramente son unos envidiosos.

sábado, 18 de octubre de 2008

CAROLINA

Carolina estaba como un queso. De ello dan fe sus coetáneos de ambos sexos. Desde tierna edad desplegó por doquiera su perfume de nínfula. Con la pubertad se acrecentó en extremo un algo etéreo que congregaba a los varones de toda edad y condición en torno suyo. La tienda de su padre, generalmente frecuentada por amas de casa y funcionarias de los despachos del Juzgado cercano, se llenaba de hombres de pelo en pecho y de chicuelos en la edad del pavo cuando ella estaba detrás del mostrador. Era un negocio dedicado a las delicatessen en el que destacaban los vinos selectos y los productos lácteos fermentados de diversa procedencia, desde el cremoso camembert al perfumado idiazábal, pasando por el gouda de dorada firmeza y el sensual queso de tetilla. El deseo de los presentes se confundía entre la exquisitez de los manjares y la carnalidad aromática de la oficiante que, tras el ornado delantal de volantes evidenciaba unas turgencias que invitaban al ágape. Se creaba un ambiente de litúrgico recogimiento cuando Carolina, oficiando de pagana sacerdotisa, repartía finas lonchas de prueba entre la nutrida concurrencia. Los clientes salían de allí reconfortados y no dejaban de alabar el prodigio entre las gentes.
Crecía la clientela y don Aurelio el padre, si bien algo molesto ante el fenómeno, no podía menos que sonreír ante los resultados de la caja. Pasado un tiempo, Carolina acabó abandonando sus estudios de secretariado para dedicarse en cuerpo y alma al ejercicio de su curioso ministerio. El boca a boca de las apetencias se extendió como mancha de aceite a la albahaca. Llegaban peregrinos de otras tierras atraídos por la leyenda de una diosa que convertía en sublimes los alimentos terrenales. No faltaron fieles que cometieron la osadía de pretender el amor de la doncella, pero Carolina los rechazaba uno tras otro aduciendo su compromiso comunitario. Hasta que llegó Tanguy, un sibarita peregrino que recorría el mundo con el único objeto de gozar de los placeres gastronómicos, y se fue con él. Pronto la tienda tuvo que cerrar ante la falta de clientela. Abrieron en el local una mercería y todo el mundo se olvidó. Al cabo del tiempo se habló en la prensa de un gourmet fou que elaboraba platos refinados con las zonas más sabrosas del cuerpo de su novia, pero apenas se comentó en el barrio.