sábado, 23 de agosto de 2008

ATANASIO

Atanasio se sentía feliz mientras tentaba con el pie las ramas, evitando las que crujían ante su peso. Le gustaba la sensación de ver amanecer entre el follaje, expuesto al aire frío de la mañana. A Atanasio pudieron haberle bautizado Zaqueo –lo piensa ahora, encaramado en el peral a falta de sicómoro-, por ser otro de los santos del día, pero en realidad debió haberse llamado Dubitato, pues su vida había estado gobernada siempre por la vacilación. Desde niño estuvo su ánimo prisionero de la angustia ante la más mínima elección. El simple lugar común de preguntarse si quería más a mamá o a papá, hacía prender en él todo un rosario de suplicios morales. En los recreos tardaba tanto en decidir a qué jugar que le sorprendía la sirena que les daba término sumido en espesas cavilaciones. Las tardes de domingo volvía sólo a casa, tras patear durante horas las calles, por no haber sido capaz de elegir una sala de cine a la que entrar.

Pero su sufrimiento se agudizó a medida que entraba en edad núbil. Su físico agraciado y esbelto le deparaba no pocas candidatas a su amor, pero Atanasio ni siquiera las pretendía por miedo a equivocarse. Felipa podía haber sido una grácil novia y, por qué no, solícita esposa, pero halló en su mirada un no sé qué que lo inquietaba. Heraclia estaba dotada de una fina belleza digna de Venus, pero su ensimismamiento y quietud le inhibían. Matrona presentaba trazas de ser hembra llamada a entregarse con especial denuedo a su marido y su futura prole, sin embargo Atanasio intuía en ella un algo mórbido que le repelía. Otros impedimentos lo alejaron de Tecla, mística y virginal; Victoria, muchacha arrojada como un hoplita que acabaría ingresando en la Legión y Yolanda, la candidata más firme, rechazada al fin porque su mera presencia le anegaba la mente de inmensos y apabullantes campos de tulipanes.

Ahora, ya jubilado y obviamente solo, seguía sufriendo los rigores de su falta de determinación. Vivía de su pensión en la casita con jardín que heredara de sus padres y cultivaba unos pocos frutales a cuyas ramas subía más por perder el contacto con una realidad terrena que le agobiaba que por recolectar alguna que otra pieza. Allí arriba había descubierto una libertad de juicio y obra que le equiparaba en su fuero interno a un dios. Elegía las peras que deseaba y se aprestaba de inmediato a separar su peciolo de la rama que la daba sustento. Hoy se ha fijado en una pieza apetecible, tanto por su tamaño y perfección de formas, como por el grado perfecto de maduración que aparenta. Está arriba, en la parte más alta de la copa. Atanasio fija su pie derecho en una rama, cruje un poco, pero es firme; luego asienta el izquierdo, coge impulso y asciende. Ya está cerca del fruto la punta de los dedos. Se estira, se agarra a una rama con la mano izquierda, se siente feliz. Piensa en la clorofila, en Italo Calvino, en el sentido de la vida, en tulipanes rojos y amarillos que mece el viento, todo a la vez, en sucesivos fogonazos, cuando oye un crujido y se precipita al suelo y lo último que piensa es que por fin va a dejar de pensar.

sábado, 16 de agosto de 2008

ELPIDIO

Un día a Elpidio le hicieron un retrato. Fue en el paseo marítimo, durante unas vacaciones. Le animó Inés, su esposa. Posó de mala gana ante aquel oriental que le miraba con la cara impasible de una cariátide mientras extendía el brazo y le medía las facciones con precisión agrónoma. La gente hacía corro y Elpidio sentía con disgusto el vaivén de las miradas que le cotejaban con su otredad naciente. Terminó por fin el suplicio y pudo ver su imagen. El resultado –entonces aún no sabía por qué- no le gustó nada, pero tanto su mujer como sus hijos se deshicieron en elogios, así que no le quedó otra que pagar y tomar la obra enrollada bajo el brazo mientras el artista se doblaba en dos ceremoniosamente. Ya marchando sintió en su espalda un sonido apenas audible, un ruido adelgazado por los labios estirados de quien sonríe aviesamente; podría ser algo así como “ya se paleselá”, pero aún no le estaba dado el don del entendimiento.

Todo hubiera quedado en eso si Inés no se hubiera empeñado en enmarcar su efigie y hacerla presidir el salón, justo encima de la pantalla nueva de plasma. Las visitas se paraban ante la esbeltez panorámica del aparato y luego, advertidos por la anfitriona, reparaban en el dibujo y admiraban su parecido con el de carne y hueso. Volvían las miradas de ida y vuelta que a Elpidio, de natural discreto, tanto incomodaban. Todos sonreían, pero él advertía un no se qué inquietante en el tono de sus “qué bien estás, parece que estás vivo”. Incluso sorprendió un día en Inés un mohín adusto mientras pasaba la bayeta del polvo por el cristal.

La consciencia le vino de pronto como un mazazo. Sus ojos, como desprovistos por un instante del velo protector de la rutina, percibieron con claridad y precisión de blu-ray aquel rictus, aquella mirada, aquel otro yo que se abría paso a través de las hebras del papel y de las moléculas del carboncillo como un alien estremecedor. Ocurrió una tarde en que, sólo en casa, veía un aburrido partido de tenis. Quizás el vaivén de las miradas le llevó por asociación a fijarse en el retrato. Y entonces lo vio. Se vio a sí mismo, es decir a su yo enterrado debajo de la carne; ese amago de sonrisa helada, esa mirada muerta de quien ya nada espera, esas arrugas profundas que produce el desespero de vivir. No era Elpidio un hombre resoluto pero, en este caso, reaccionó con la precisión y radicalidad de un cirujano que extirpara un tumor. Curiosamente, nadie nunca mencionó nada. El tenue cerquillo desapareció cuando repintaron el salón.