miércoles, 25 de junio de 2008

ALBERTO

Alberto murió un 15 de noviembre. Justo el día de su santo, ya es casualidad. Venía del trabajo y se empotró debajo de un camión. Ese día le habían ascendido a jefe de ventas y estaba eufórico, con ganas de llegar a casa y dar una sorpresa a su mujer. Quizás la alegría le nubló los sentidos; que el exceso de dicha es también peligroso. La muerte fue instantánea. Al poco oyó sirenas y chirriar de frenos. Tardaron su tiempo en liberarlo de la carcasa de hierros retorcidos. Después, unos jóvenes con chalecos reflectantes estuvieron golpeándole el pecho y tratando infructuosamente de insuflarle aire en los pulmones. Se sorprendió pensando: “qué coño hacen, no ven que estoy muerto”, él, que nunca había creído en el más allá. Luego trajeron un féretro y le colocaron dentro. Se sintió cómodo en la suavidad de raso, con aquella oscuridad como de útero materno. La expresión “eterno retorno” le cruzó por la mente mezclada con sonidos confusos de llantos y voces. Le instalaron tras un cristal como de escaparate donde él, en su coqueto estuche, era el objeto a contemplar. Nunca pensó que pasaría por allí tanta gente. Hubo un momento, ya de noche, en que sólo quedaron la viuda y Félix, su amigo desde los tiempos del colegio. Le pareció que se estaban excediendo en las muestras de cariño, pero lo achacó a la emoción propia del momento. Cuando empezaron los primeros jadeos ya no los oyó, pues había roto amarras definitivamente.

TRAHAMUNDA

Tramu era una de esas personas que parece que siempre están en otra parte. Sus padres, Sidonio y Veneranda, la llevaron de niña a más de un psicólogo pero todos lo achacaron sin más a “cosas del carácter” y les instaron a aguardar un posible cambio tras la pubertad. Sin embargo, llegó la primera juventud y Tramu seguía siendo una chica ensimismada y triste, aunque de buen carácter. Apasionada de la lectura, encontró en la saudade de Pessoa la definición de su estado de ánimo.
El día que cumplía los veinte años conoció a Lorenzo en el asador donde celebraba con su familia el evento. Pronto intimaron. Lorenzo era un poeta metido a asador de pollos por esas cosas de la vida. Salían al campo y Tramu escuchaba los versos de su novio con amoroso celo. Pero él, sensible como era, advertía que la mente de ella no estaba allí, a pesar de ella misma. Se lo recriminaba con cariñoso ahínco y ella le respondía con un: “es que yo soy así”, que no dejaba lugar a la esperanza.
A pesar de todo fijaron una fecha para la boda. Lorenzo estaba realmente enamorado de aquella especie de deidad clásica de paso por la tierra. El día señalado Trahamunda desapareció sin dejar rastro. Fue Veneranda quien advirtió su falta, al ir a despertarla para ayudarla a vestirse su maravilloso traje blanco. Todo estaba en su sitio, no faltaba dinero ni efectos personales.
Lorenzo acusó la noticia como un mazazo, pero en el fondo de su alma de poeta se lo esperaba. Sabía que Tramu no era de este mundo. Vagó desde entonces por el ancho mundo. Un buen asador siempre encuentra trabajo en cualquier parte. Era bello y sensible y conoció muchas mujeres. Buscaba en cada una el espíritu huido de Trahamunda. En algunos lugares le contaron leyendas de cautivos escapados milagrosamente por los aires.

AGUSTINA

En cuanto tuvo edad para ello, Agustina acompañó a Arcadio, su padre, a la galería de tiro todos los sábados. Juntos practicaban con todo tipo de armas y la chiquilla destacó pronto por su puntería y aplomo. Arcadio, mercenario de varias revoluciones, había sido dado por muerto muchas veces, por lo que algunos le apodaban “el Gato”. Ahora disfrutaba de un retiro tranquilo, con los honrados ahorros de su profesión y otros de origen más incierto.

Agustina era de natural dulce y discreto. Se desvivía por su padre hasta el punto de desatender los imperativos marcados por Natura. Pasaron varias primaveras sin que prendieran los esquejes de su joven corazón. Hasta que llegó Homobono, con los primero fríos de un año cualquiera. Homobono era todavía un muchacho, pero venía con la mancha negra de un pasado tormentoso. Se presentó en casa con la frialdad de un cobrador de recompensas. Arcadio le temía con el pavor que producen las pesadillas. Agustina, en cambio, quedó deslumbrada por aquel ser patibulario, de ojos fríos y corazón de fuego.

Pronto se casaron. Las relaciones entre los tres fueron tensas mientras duraron. Arcadio evitaba visitar a su hija por no encontrarse con la mirada inquisidora del enviado. Por su parte, Homobono parecía haber olvidado su misión en los brazos de Agustina. Ésta por su parte, pasados los primeros meses de pasión incandescente, soportaba de su hombre las cenizas de unos malos modos que fueron degenerando en sádico maltrato.

Todo acabó mal (o bien, según se mire). El triángulo se rompió, como siempre, por su lado más débil.

sábado, 21 de junio de 2008

ISAAC

Isaac era un buen chico. Hacía sus deberes, ayudaba en casa y repartía propaganda los sábados para contribuir al peculio familiar. Todo iba sobre ruedas al lado de su madre, Crafaildes, operaria en una fábrica de carretes de hilo. Lo malo era cuando llegaban los veranos y era reclamado por Renato, su padre, un feriante que recorría en roulotte el país de punta a punta.
Renato era un artista del alambre. Llegaba a un pueblo, colocaba un cable de acero entre dos postes y, llegada la noche, caminaba sobre él armado de una pértiga. Isaac detestaba el riesgo y padecía además de vértigo, pero su padre se empeñaba en enseñarle el oficio. Para él era un mal trago subirse al alambre y dar dos pasos ante la expectación siniestra de la gente. Su madre intentaba evitarlo, pero nada podía a un padre que contaba con la anuencia de los jueces para iniciar al hijo en un oficio a todas luces honrado. ¿No corren riesgos los albañiles, -decía Renato- y nadie prohíbe ese menester?
Isaac se sentía una víctima sacrificada continuamente a un dios ausente. Pasaban los veranos y nunca una mano rasgó el papel charol del firmamento para decir: “Detente Renato, ya está bien”, con voz firme y tonante como corresponde a una deidad. Isaac iba aprendiendo el oficio, mal que bien, mientras dedicaba los inviernos al estudio. Con el tiempo se especializó en física cuántica. Se hicieron muy célebres sus conferencias sobre el azar y la probabilidad con la silla suspendida a veinte metros sobre el suelo.

miércoles, 18 de junio de 2008

MARTÍN

Desde niño, Martín manifestó una reprobable conducta contra cuyos muros habían fracasado los preceptores más severos. Sus padres Teodoro y Felicia habían dedicado su vida a la exportación de medicamentos adulterados y otros negocios humanitarios. Llegados a la edad madura, sintieron la necesidad de un descendiente en que depositar, en un futuro, el respetable montante de su lucro. Pero he aquí que el vástago había nacido con aquella extraña tara.
Ya de lactante se produjeron las primeras manifestaciones, como dejar intacto en cada toma uno de los pechos, como si lo preservara para un hermano inexistente. Continuó en esa misma tónica, tomando sólo la mitad del biberón o una sola porción del plato, por más que sus padres o la niñera porfiaran. Más adelante no podían regalarle un juguete que no compartiera en la escuela, ni un bocadillo para el que no buscara partenaire. En cuanto tuvo dinero de bolsillo, dividía de inmediato la cantidad por la mitad y le daba una a un amigo, a un compañero o a cualquier pedigüeño que le abordara por la calle.
Una conducta tan desordenada, obligó a los atribulados padres a buscar la ayuda de psicoanalistas, brujos, confesores y chamanes, pero todos fracasaron. Una tarde tuvieron una revelación. Se encontraba en actitud de recogimiento, mirando las cotizaciones en Internet, cuando se materializó ante ellos un barrendero de color para decirles: “Es su naturaleza, así es la rosa”.

NOÉ

Había recorrido los siete mares y doblado siete veces siete el cabo de Hornos, pero no tenía pata de palo ni le faltaba ningún ojo. Antes bien, Noé era un viejo atildado y, eso sí, un tanto pendenciero, que gustaba de alternar con los amigos y se dejaba caer por el Ninfa’s Club los primeros viernes del mes cuando podía. Tenía tres hijos, Modesto, Probo y Tiberio, concebidos entre periplo y periplo y educados en la virtud por Natalena, firme como una roca en la esperanza del regreso.
Hubo una noche en que Noé no volvió al amanecer y, ante el desasosiego de la madre, salieron los hijos en su busca por esquinas airadas y locales confusos. Lo hallaron desnudo, embriagado y contento. Los dos mayores reprobaron su actitud y le echaron en cara la desconsideración hacia su esposa. Tiberio, en cambio se recostó a su lado, pidió una copa y se interesó por la tarifa de la hetaira más bella. Empezó así un ciclo de felices singladuras juntos.

martes, 17 de junio de 2008

TIMOTEO

Timoteo desde niño amó la magia. Le costaba amoldarse a las cosas tangibles. Se imaginaba historias en los desconchados de las paredes. Jugaba con un espejo a proyectar sombras chinescas en los techos y las convertía de inmediato en personajes de trepidantes aventuras. Se pasaba horas mirando un solo cromo de su álbum preferido –uno de Merlín, con ese alto tocado cónico y puntiagudo que le fascinaba- con las pupilas fijas y el ánimo ido. Sus padres Orestes y Romana, lo achacaban a su calidad de hijo único. El caso es que el niño fue creciendo y no menguó su capacidad de fantasía. Si acaso se acrecentó su incapacidad para las cosas cotidianas. En el instituto se despistaba con frecuencia en las explicaciones, por lo que sus calificaciones no eran muy buenas. Su vida social tampoco era muy halagüeña, pues no cultivaba las amistades, ocupado como estaba en cosas más etéreas. Acabó siendo víctima del acoso de sus compañeros más lerdos e insensibles, deseosos de encontrar un chivo expiatorio a quien hacer pagar su propia ineptitud.
Sus padres, preocupados, no sabían que solución tomar. Como eran cultos y pudientes emprendieron diversas terapias con otros tantos profesionales, pero ninguna resultó. Viajaban con él en vacaciones, por paliar de algún modo los efectos del stress acumulado durante el curso. Un día, comiendo en un restaurante de lujo, Timoteo se fijó en el cocinero cuando se acercó a requerir la opinión de los comensales. Le llamó la atención, sobre todo, el alto gorro que ostentaba. Fue su caída del caballo camino de Damasco. Comenzó enseguida a practicar. Su madre le enseñó a rebozar merluza y su padre aportó su nombre al figón. Hoy día Timoteo es un chef internacional de merecida fama. Todo el mundo dice que hace magia con los manjares. De sus muchas creaciones se lleva la palma su esencia natural de Erinias, una espuma incolora, inodora e insípida que hace furor entre los intelectuales más conspicuos.

sábado, 14 de junio de 2008

MAURO

La vida es a menudo injusta. Ved si no el caso de Mauro, encargado de un almacén de ferrocarriles, hombre virtuoso y sin mayores vicios conocidos hasta que le llegó el canto de la sirena que le estaba destinada. Huelga decir que todos tenemos una sirena –la nuestra, la que existe por y para nuestra perdición- fundida con la naturaleza íntima de la sombra, lo mismo que tenemos ángel de la guarda sobre los hombros. Nuestra suerte depende de quién de ellos cobre más protagonismo.

Mauro estaba alternando un día, a la hora del blanco, cuando llegó a sus oídos la cantinela insistente de un artefacto de luces intermitentes y palancas aparatosas. Esa fue la saeta que le flechó el alma para siempre. Metió una moneda y sintió que aquel frenesí de plátanos y trozos de sandía sería irremediablemente el leit motiv de su vida futura. Desde ese día empezó a cambiar sin tasa billetes por calderilla. Las monedas desaparecían por el conducto que daba a la alcancía con un glu-glu que parecía tener para él algo de lúbrico. Mauro permanecía ante aquel baile de signos, como el converso ante los cuadros de un retablo. A veces –pocas, es verdad- la bandeja inferior se llenaba de monedas, con gran escándalo de tintineo y luces, y Mauro se sentía arrobado por la emoción. Por supuesto no dudaba un momento en devolver al ídolo lo que era irremediablemente suyo.

Con el tiempo la economía de Mauro empezó a flaquear y no se le ocurrió otra cosa –para regocijo de su sirenita íntima- que sisar dinero en las facturas de los clientes. Pasó un tiempo y nadie lo notó. Mauro era feliz con su vicio solitario, compartido eso si con un coro que celebraba los plenos con un ¡oooooh! de admiración intensa y se solidarizaba con un ¡ayyyyy! cuando por un melón de menos se quedaba a dos velas. Ocurrió que, con el tiempo y la confianza, las sisas se fueron convirtiendo en desfalco y –como no podía ser de otra manera- sus pecados salieron a la luz. Quedó Mauro en la calle, sin trabajo, expuesto a la vergüenza pública, denostado incluso por sus propios corifeos.

Sucedió que un chino empezó al poco a venir por el bar en bicicleta. Metía unas monedas, las justas, sacaba el premio especial, lo cambiaba en billetes, y se iba pedaleando hacia la siguiente cantina con máquina. Algunos se habían fijado en él, acodado en la barra, apuntando datos en un bloc mientras Mauro se pasaba las tardes jugando sin aliento.

FLORENCIO

Florencio salía al patio siempre que no llovía, cogía el bote de las habichuelas y ponía un montón en una esquina. Luego tomaba una –siempre eran doce- y atravesaba, pasito a paso, la diagonal hasta dejarla en el suelo, al otro extremo. Eran doce pasos y doce las veces que el montón cambiaba de esquina cada mañana. A mí me gustaba escucharle hablar mientras realizaba este ejercicio ritual. Me contaba su paso por dos guerras, su trabajo en una serrería, su viaje más allá del charco y cosas de la chacra y de la zafra que me sonaban a tambores bajo las palmeras. Cuando terminaba sus doce series, Florencio, recogía su tarrito de cristal tintineante y entraba en casa. El resto del día lo dedicaba a mirar por la ventana, hacia poniente.

GALA

Tenía a gala cambiar el destino de los hombres que se cruzaban en su camino, de ahí ese nombre que nos ha llegado a través de Ático. En realidad se llamaba Honoria. Ático, condenado por una minusvalía severa a la vida contemplativa, se dedicó a observarla desde la perspectiva privilegiada de su buhardilla, ya desde los años de infancia de ambos. De sus escritos se deriva la imagen de una niña inquieta y precoz, que se planteó desde muy temprano el porqué de las cosas. Con trece años se enamoró de Maulán, el hijo del guarnicionero. Ático los veía besarse, amparados en la penumbra de los portales. Fue cosa de un verano. El chico era ya un tanto fato y pagado de sí mismo, pero en los años sucesivos fue degenerando hasta perder su nombre la última consonante y el acento por voto popular e inapelable.

Algo después le tocó el turno a Leonardo, un joven guapo, con habilidades de mecánico, que llegó al barrio como encargado de los coches de choque que solían poner cuando las fiestas. Ático nos cuenta lo que recoge de los comentarios de su madre viuda, las correrías de la moza con el feriante por la orilla del río, sus largos desafíos a topetazos cuando se cerraba la pista al público y quedaban solos, como dos carneros iluminados por la luna. El narrador no es mero cronista y tiene, como vemos, cierta querencia por la lírica.

Pasaron unos meses y Leonardo partió, siguiendo la ruta periódica de su mester de ave de paso. Llegaron con el tiempo noticias de su éxito como inventor de ingenios mecánicos sin precedente. Le dio fama sobre todo un motor ecológico que funcionaba con la fuerza de los buenos sentimientos, aunque la falta de materia prima impidiera su explotación a gran escala.

Gala acabó dejando el barrio para siempre, de la mano de Severo, un matón de barra americana convertido por mor de su influencia, en ilustre descubridor de la materia orgánica de los sueños. Respecto a Ático, hagiógrafo entregado de estas vidas, sabemos que se precipitó al vacío un aciago día. Su madre lo achacó siempre a un exceso de celo en su misión de deux ex máquina que le impelía a asomarse peligrosamente a la lucera.

domingo, 8 de junio de 2008

DOMNINO

Domnino tenía entre sus funciones cambiar las toallas en los servicios de los compartimentos de primera. Lo hacía ya oscurecido, cuando los largos convoyes reposaban junto a los andenes como saurios cansados y exhalaban un vaho que convertían la estación en un enorme hamam fantasmagórico. Domnino era maduro, ajado y fofo de cuerpo y de alma. Hacía ya tanto que no sentía una emoción verdadera que apenas recordaba su sabor. Por eso cuando abrió aquella puerta y se encontró a una mujer, bella como una diosa, que se retocaba ante el espejo, cerró de inmediato y decidió que no había sucedido. Pero oyó su voz al otro lado de la puerta y no tuvo más remedio que constatar que era real. La miró de cerca y vio sus ojos negros, su boca roja y un cuerpo cimbreante que se insinuaba bajo un ceñido y elegante vestido. Ella se echó en sus brazos y, sin saber cómo, él se trasfiguró en un titán con la sabiduría de un Salomón y el poderío de un Rómulo. Se amaron en posturas imposibles en la inmensidad de aquel cubículo inmundo, mientras se desprendían las manecillas de todos lo relojes de la tierra.

Domnino quedó marcado por aquel prodigio. Buscó a la mujer durante las noches siguientes con la desesperación de un náufrago. Nunca pudo volver a acostarse con Bertila, su rellenita y sonsa esposa, ni quiso tratos con unos hijos mentecatos a los que no entendía ni quería ya entender. Su situación se degradó hasta acabar siendo un paseante sin destino. Buscaba a su dama, como a un Santo Grial, aún sabiendo en el fondo que el reencuentro era imposible. Fue de calle en calle y de pueblo en pueblo. Ya desesperaba cuando al fin ocurrió. Fue una noche, viendo la televisión en un albergue. La película era muy antigua, en blanco y negro; ella le guiñó un ojo y el guiño se multiplicó al reflejarse en cien espejos. Él pugnó por ir a su encuentro, pero la frialdad del cristal y la dureza de la mirada de Orson Welles le impidieron materializar ningún contacto.