lunes, 31 de marzo de 2008

VENANCIO

A Venancio le hubiera gustado ser poeta, pero se quedó en obrero de la construcción. Procedente de cuna humilde, se crió bajo la férula de un padre cuya lema sagrado era: “hay que trabajar si se quiere comer”. Y cuando hablaba de trabajar, no hablaba precisamente de estar sentado en un despacho y menos recitando versos en casas de cultura, ocupaciones –según su recio entender- de vagos y de maricones, respectivamente y con posible aplicación de la propiedad conmutativa. Trabajar era “doblar el espinazo”, como correspondía a cualquier hombre de bien. Así que Venancio se tragó desde niño unos versos que –a poco que se descuidaba- le salían por las costuras del alma. Aprendió a cambio a hacer masa, a tirar la plomada y a manejar la llana. Mientras, en su interior, manaban sin parar torrentes de poemas, aún en contra de su voluntad. Así fue creciendo, ocultando en lo profundo unas inclinaciones que él mismo acabó por ver como nefandas.

Su ambiente era de obreros y sus aficiones el fútbol y las motos. Ligaba en la discoteca del barrio con unas muchachas que se hubieran reído de él hasta la arcada si se le ocurre soltarlas un “bella ninfa de ojos de paloma”, así que las hablaba de bujías y de pistones; y adobaba de vez en cuando la charla con una palmada en las ancas. Sin embargo –he ahí el misterio del corazón humano-, por dentro seguía rezumando versos con la constancia y la mansedumbre con que baña las rocas el rocío.

Hizo el servicio militar en África, donde fue víctima y ejecutor de toda clase de sevicias. Se convirtió en un duro legionario por fuera, pero seguía circulando por sus venas el almíbar delicado de los versos. Volvió de la mili y se casó con Cristeta, una matrona turgente y desabrida, con la que engendró a Néstor y a Pedro; dos puros machos que pronto dejaron los estudios y se integraron en el oficio paterno. Se convirtió en autónomo y prosperó. Pronto contrató obreros a su vez y los explotó con el ahínco que el mismo había sufrido. Llenó a Cristeta de pieles y de joyas de mal gusto. Vivieron felices.

Murió su padre. Los hijos se casaron. Poco a poco se convirtió en anciano. En su lecho de muerte, rodeado de los hijos y los nietos, se abrió de pronto la catarata de sus versos, como una imparable y urgente hemorragia de lirismo. Estuvo horas y horas recitando todos los poemas, bellísimos y únicos, que se habían ido fraguado en lo oscuro mientras sus manos ponían hileras de ladrillos. Desgraciadamente nadie los registró. Se perdieron en el viciado aire con olor a suero y a deposiciones. Todos pensaron que deliraba.

lunes, 24 de marzo de 2008

APTONIO

Aptonio siempre se había sentido escritor, pero los editores nunca le habían tomado muy en serio. Quizás fuese porque su producción no se adecuaba a las normas del mercado. Lo suyo eran las distancias cortas, el microcuento sorprendente, el pensamiento breve, el fogonazo urgente de un momento pasajero de lucidez. Cosas, en fin, más aptas para servir de relleno en los almanaques que para constituir un libro que arrasara en librerías. Por eso, aunque le pillara un poco a trasmano por la edad, la llegada de Internet supuso para él una nueva vía por donde dar salida a esa obra que tanto le pesaba en su interior.

Empezó pues Aptonio a diseñar un blog lleno de ahínco e ilusión, como hacía tiempo, cuando esperaba la llegada del cartero con la ansiada respuesta afirmativa del posible mecenas salvador. Al poco tiempo tenía ya disponibles sus breves textos, que iba colgado a diario en la red, como radiantes prendas de amor desplegadas al aire libre de la opinión ajena. Recibía algunas opiniones de lectores que renovaban su fe en si mismo y le impelían a seguir en el camino de pétalos y espinas que él mismo había elegido.

Todo iba bien hasta que detectó por casualidad el blog de un tal Aimonio. Fue mientras practicaba el vanidoso ejercicio de buscarse a sí mismo en Google. Por un cambalache con las teclas se encontró de improviso en un lugar que no era el suyo y vio algo que le dejó sin habla: su último post estaba copiado allí literalmente. Inmediatamente mandó al plagiario un mensaje envenenado, pero no obtuvo respuesta. Los días siguientes, colgaba nuevos textos y éstos aparecían de inmediato en la web de su rival. El asunto le desazonó de tal manera que decidió, aún con dolor, cambiar la ubicación, el título y el estilo, renunciando al trabajo ya encauzado. Creo un nuevo blog llamado “Confesiones”, bajo el seudónimo de Alor, y empezó a volcar hechos y sentimientos de su vida. Iba a ensayar así otra de las posibilidades del medio: servir de receptáculo de la intimidad, de conciencia virtual dejada al albur de millones de almas anónimas. Llevaba varias entregas, donde había hablado de sucesos remotos que sólo él conocía. Se había casi olvidado de su doble, hasta una noche en que le asaltó un morboso presentimiento. Tecleó el nombre del otro y pegó un respingo que casi da con sus huesos en el suelo. ¡No!, gritó sin poderse contener. Y es que allí estaban todas sus confidencias. No era posible. Se fijó y el día y la hora de creación coincidían exactamente. No se trataba de una copia. Probó a colgar un texto y mirar a la par el sitio del sosias y, demonios, allí estaba. Sin duda le espiaba en tiempo real. Dejó de escribir. De vez en cuando entraba donde el otro y no había nada. Pero un día lo hizo y quedó petrificado. Había un pensamiento que él había tenido la noche antes, tal cual como él lo había materializado en su interior. No podía ser; miró al ordenador con temor supersticioso, como si fuese un ser surgido de lo más hondo del infierno. La noche siguiente fue peor aún, pues Aimonio –demonio- había escrito sucesos fechados el día aún por llegar. Aptonio se durmió envuelto en sudor frío. Al otro día todo ocurrió tal cual había leído la víspera. Y así siguió la cosa en los días sucesivos…

Habría enloquecido Aptonio, o se habría convertido en un triste esclavo, de no haber tomado una sublime decisión: guardó el ordenador en lo más escondido del desván y comenzó a escribir una novela con papel y estilográfica. Trataba de un escritor maduro que se estrena en el mundo virtual. Y, cuentan algunos, que supuso su consagración tantos años anhelada.

domingo, 23 de marzo de 2008

MARTIRIO

Martirio lo estaba viendo venir. Ella conocía bien a Jenaro y sabía que los aires de grandeza le excitaban hasta la exacerbación. Era como si alguna glándula en su interior empezase a segregar una hormona que le pusiera totalmente fuera de control.

Por eso sabía cómo iba a acabar aquello en cuanto vio a aquel lechuguino engreído tratarle con desprecio y afectación hasta la nausea. Jenaro aguantó lo que pudo a aquel nuevo vecino impertinente. Quiso ser amable, eso no se puede dudar a tenor de lo mostrado por los hechos. Su parte afectuosa y sensible trató de ganarse la amistad del otro. Pero no funcionó. El visitante le lanzaba a la cara sin cesar su superior educación, sus conocimientos sobre vinos y alta cocina, su exquisitez en suma de señorito despreciable.

Martirio intentó avisar a la futura victima. Trató de ponerle sobre aviso con pequeños detalles. Pero llevaba demasiados años enterrada en la bodega y su espíritu estaba ya casi diluido del todo en el éter.

FORTUNATO

Si Fortunato hubiera leído a Poe no se encontraría hoy como se encuentra. A veces se puede burlar al destino, por muy inscrito que éste esté en las palmas de las manos. Basta ser precavido y saber leer los vestigios que los dioses se avienen a dejarnos.
Fortunato nunca fue aficionado a la lectura. Y eso, a pesar de haber estado casado con Petronila, que almacenaba libros en todas las habitaciones, incluido el baño y las despensas. Es casi seguro que se hallara entre ellos algún ejemplar –si no varios- de las Narraciones extraordinarias. Esa fue la oportunidad que los hados dieron a Fortunato, pero él no supo verla, quizás estragado su ánimo ante lo excesivo de la oferta. La cosa acabó en divorcio, precisamente por la aversión de nuestro desafortunado amigo a la masiva presencia de papel impreso. Fue entonces cuando se compró una vieja casa en las afueras, donde poder dedicarse a los frutales y la jardinería, que eran sus pasiones, junto a la enología y los moderados placeres de la mesa.

Allí conoció a Jenaro, su vecino más próximo en aquel páramo, un hombre enjuto y malencarado tan solitario como el propio Fortunato. La necesitad hizo que entablaran una discreta relación amistosa. Pero pronto, el difícil carácter de Jenaro hizo a Fortunato retroceder y refugiarse en sus perales y en alguna película de acción para las noches de invierno.

Llevaban meses sin visitarse cuando llegó Jenaro, esta misma mañana, con aquello de las botellas de amontillado. Fortunato, que se tenía por experto no pudo por menos que ofrecerse a darle su opinión. Nunca hubiera bajado a la bodega de haber leído a Poe, desde luego. Y tampoco estaría ahora viendo a Jenaro colocar el último ladrillo, dejándole sumido en la más negra y definitiva de las soledades.

TEODORO

Cuando a Teo le dijeron que tenía rota la línea de la Vida se lo tomó a broma. Teodoro no era nada dado a creer en agüeros. Más bien, podría decirse que tenía a gala esgrimir un afilado escepticismo. Sin embargo, unos días después, al volver del trabajo, encontró un mensaje en la mesa de la cocina que le hizo cambiar de idea. Era de Odette y terminaba diciendo: “No me busques”. Entonces se acordó de Sira, la quiromante, y de los cambios profundos y traumáticos que le había augurado para un futuro próximo.

Odette era su pareja desde hacía más de una década, cuando se conocieron en aquel curso de extranjeros. Era rubia y vital y le gustaba hacer chistes cariñosos con el nombre de él. Teo la adoraba de verdad. Era su talismán y su sostén. Se lo contaba a Servando mientras éste abrillantaba con mimo el capó de su Mercedes. Lo bueno de Servando era que escuchaba sin interrumpir y sin muestra alguna de impaciencia. Teo dudaba a veces de si realmente le atendía o si eran sus peroratas sólo un ruido de fondo paras sus propias obsesiones. En realidad era una de esas extrañas relaciones de solitarios en que cada uno mira para su ombligo.

Teodoro empezó a obsesionarse con su línea de la Vida. “Si no lo arreglo, todo se ira al cuerno para siempre”, pensaba, y se decidió a poner pronto remedio. Acudió a un centro de cirugía especializado en variar las líneas de la mano. Allí le hablaron de tender un puente hacia el futuro a través de la ciencia. Al cabo de unas horas tenía ambas manos vendadas y la fe puesta en aquellos surcos recién trazados, bien largos y profundos. Estaba feliz y esperanzado, como corresponde a todo buen neófito.

martes, 11 de marzo de 2008

SERVANDO

Servando se ha levantado pronto esta mañana. Ha bajado al garaje, como todos los días desde hace mucho tiempo. Ha pasado un paño húmedo por las aletas delanteras de su Mercedes blanco. Lo ha hecho con mimo, con la morosidad de quien atiende a un familiar convaleciente. Se ha quedado un momento mirándole desde la puerta y luego ha subido a desayunar.

Frente a su tazón de café con leche y pan ha pasado revista a su vida. Lo hace cada día, eligiendo una época distinta. Hoy ha empezado rememorado su primer viaje a Stuttgart, siendo un joven pueblerino lleno de ganas de medrar. Aún recuerda a Wendel, su primer jefe, como si lo estuviera viendo, con su mono relimpio y su mostacho rubio. También a Donato, a Ladislao, a Lupercio, jóvenes emigrantes como él mismo, aprendices de mecánica en aquella ciudad de provisión en que todo iba “sobre ruedas”.

Moja el chusco Servando y le viene a la mente su primer llavero. Aún era un sueño tener coche propio, pero para un mozo acostumbrado a cerrar las puertas con la tranca, un llavero era el anuncio promisorio de un mundo nuevo. La siguiente imagen es ya la de él mismo a bordo de Salomé. Un coche tan amado tenía que tener nombre y lo compró el año que Eurovisión se celebró en Madrid. El año de Salomé. El año en que él entró triunfal en su pueblo, a bordo de aquel monstruo de metal bruñido y reluciente. Para entonces ya tenía una docena de llaveros en su colección. Luego vino Isabel, aquel faro que le cambió la vida. Y Ana, su hija, cuyo recuerdo le enturbia ahora el mirar. Pero fue hace mucho tiempo. Hace ya años que todo aparece allá lejos, al fondo, entre la bruma.

Hace mucho que volvió. Él y sus entonces cientos de llaveros. Y Salomé, claro. Muchos miles de días ha dedicado Servando a limpiar y acicalar a su Mercedes. Desde entonces. Y, al mismo tiempo, a colocar llaveros en la pared del fondo, sobre un tablero germánicamente dividido en escaques perfectos. Empezó con el del modelo 600 Pullman, recién salido al mercado. Luego vino el 300 SL y detrás tantos otros de otras marcas, hasta acabar en los de la propaganda más vulgar y variopinta. Son muchos llaveros. Dos mil cuatrocientos noventa y nueve exactamente. Hoy le han regalado otro. Sólo queda un cuadrado libre, abajo a la derecha. Lo colocará más tarde. Aún tiene que dar cera por toda la agradecida superficie de Salomé. También lustrar como se merece la noble tapicería. Después de comer clavará la punta, exactamente en el cruce de las diagonales, y suspenderá de ella el último llavero. Luego ya sólo le quedará esperar.