miércoles, 27 de febrero de 2008

COLUMBINA

A Columbina se le podría aplicar, sin temor a exagerar, ese lugar común de la flor entre miasmas. Hija de de Modesto, un minero viudo cuya onomástica era a la vez declaración de estado e intenciones, ejercía de madre con sus siete hermanos menores: Asterio, Bertoldo, Cayo, Dasio, Hugo, Walfrido y Severino. Era solícita y amorosa con ellos y atendía las labores de la casa con tal dedicación que, a pesar de la humildad de sus enseres, refulgía como la mejor de las mansiones. Sus ojos azules dominaban un rostro sereno y sus labios rojos servían de frutal contrapunto a aquella nívea sinfonía. Pero su mayor mérito consistía en mantener la casa y su persona libre de mácula, en un entorno brutalmente invadido de negrura. Al llegar el padre y los hermanos mayores de la mina, Columbina los hacía entrar en un galpón anejo a la vivienda y allí les preparaba un baño con el agua que previamente había calentado en la lumbre. De ese modo preservaba el hogar de la suciedad del exterior.

Columbina era feliz a su manera, volcada en sus labores y recibiendo el cariño de los suyos. Sin embargo, su corazón sufría en secreto. Una mañana se había topado con Víctor en el soto y sus miradas se habían cruzado. Víctor era hijo de don Mauro, el dueño de la mina. Era estirado y engreído y se le atribuían numerosos romances con señoritas finas y no pocos lances de fornicio con campesinas y chicas de servir. Columbina no se hacía ilusiones, pero eso no impedía que pensara a menudo en el momento en que lo vio surgir, con la escopeta al hombro y tan marcial, tras haberse aliviado al abrigo de un arbusto.

Lo suyo sería que la vida de la moza hubiese acabado en un casamiento sin glamour, con algún minero o labrador de los contornos. Eso, o bien la soltería perpetua o el convento. Pero, a veces, surge la magia y todo lo trastorna. Ocurrió que Víctor volvía un día cansado de cazar y pasó por delante cuando la niña estaba preparando el baño de los suyos. Un vaso de agua fresca hizo el milagro. Quizás fueron los hados o la luna o, tal vez, que el señorito estaba hastiado y vio la luz tras las trasparentes pupilas de la virgen. El caso es que se celebraron esponsales, hubo festejos y un largo viaje de placer. A la vuelta, el matrimonio se instaló en un palacete, en la ciudad.

Modesto y los siete quedaron a la deriva de su suerte. Privados de su ángel, no supieron capear el temporal con éxito. Pronto modesto fue despedido por abusar de la bebida. De los hijos, los mayores devinieron maleantes y tahúres; los más chicos acabaron en la inclusa. Colombina les mandó al principio alguna carta. Luego no tuvo ya tiempo de pensar. Tenía que elegir cortinas, organizar cenas, recibir visitas y acudir los jueves a las reuniones de beneficencia. Nunca pensó que resultase tan agotador ser una dama distinguida.

martes, 26 de febrero de 2008

LUCIO

Lucio siempre se sintió, según él mismo gustaba de decir, un “hombre de negocios”. A pesar de su baja cuna, siempre se apañó para vivir holgadamente gracias a su ingenio y sus dotes de chamarilero. De niño se arreglaba para conseguir los cromos del chocolate que nadie tenía y canjearlos por los tirachinas de más alcance o las canicas de colores más vivos. De mozo organizaba rifas en las ferias, con una cafetera italiana que nunca tocaba. En la mili consiguió un puesto de furriel que, amén de propiciarle llenar la andorga con largueza, le permitía revender algunos chuscos con los que cubría los gastos de tabaco y las visitas esporádicas a Genara, una meretriz de las de bidet y agua caliente.

Al regreso del servicio se casó y practicó varios oficios de trueque y compraventa. Se dedicó también a ablandar morosos gracias a sus dotes de seducción y a una corpulencia que reforzaba el poder de convicción de sus palabras. Consiguió un puesto de prensa que ocupaba la mitad de un portal e instaló allí a su esposa, que fue criando a la prole entre El Caso y los frescolines a granel. Mientras, él paseaba por las calles con el sombrero ladeado y su pañuelo en el bolsillo alto bien planchado, con la excusa de “buscar nuevos mercados”. Fiel a su imagen, se aficionó a fumar rubio de exportación en boquilla de nácar y se buscó una amante fija de buen ver, que llevaba a veces a tomar café a casa, con la excusa de ser “amiga de la familia”.

Tuvo dos hembras, que llamó Marta y María por parecerle nombres que convenían a una mujer honrada. A su primer hijo le puso Máximo porque pensó que para un varón es mejor empezar pisando fuerte. El vástago, tan deseado, le supuso a la postre un desencanto, pues era dado a un escapismo mental que él, como buen materialista, despreciaba. Amaba la lectura y la contemplación y se perecía por vivir aventuras de novela. Siendo muchacho se escapó un buen día con los del Circo Ruso. Para Lucio fue casi un alivio, pues no hacía vida de él. Las chicas, en cambio, casaron con hombres apañados y formales que le ayudaron a acrecentar la hacienda. Pasados unos años llegó el rumor de que Máximo se había matado al caerse del alambre, lejos de allí, en alguno de los mil pueblos de la estepa.

sábado, 23 de febrero de 2008

MÁXIMO

Máximo iba para quiosquero, pero su verdadera vocación era el circo. Se dio cuenta un día, mientras veía como pegaban carteles en la tapia de enfrente, emboscado entre torres inmensas de novelas baratas. Contraviniendo las órdenes de su padre y patrón, dejó el negocio en manos de Aquilino, un pobre de espíritu de la vecindad, y bajó hasta el paseo del río, donde habían instalado la remendada carpa. Sin dudarlo, comenzó a dar volteretas y a realizar ejercicios de equilibrio sobra la propia valla, hasta que llamó la atención de Desiderio, un hombre colérico y tristón que ejercía de payaso. A punto estaba de echarlo con violencia de allí, cuando llegó Renato. Le había visto desde la altura de su alambre y había quedado impresionado por el arrojo y el tesón del muchacho. Se presentó ante el dueño y, valiéndose de la preeminencia que le daba su popularidad, exigió que lo contratara.

Ni Lucio ni Pelagia, padres del mancebo, volvieron a saber nada de él. Tampoco lo buscaron demasiado, toda vez que Aquilino resultó ser un empleado probo y entregado que además era feliz tras el mostrador. Máximo pasó a atender al artista del alambre en todas sus necesidades. Tensaba los cables, cuidaba los trajes y hasta se ocupaba de contar los pasos que éste daba hacia la muerte, impostando la voz de modo que resultara grave y cavernosa. Juntos recorrieron Europa hasta los Urales, montando la carpa en ciudades que a veces ni estaban en los mapas. Con el tiempo aprendió el difícil arte de vencer la gravedad y se hizo con el beneplácito del público. Ello provocó los celos artísticos del figura, que renuente a aceptar compartir protagonismo se fue por los caminos polvorientos con unos cuantos fieles, como un Cid vencido y desterrado. Plantó los postes en las eras de los pueblos y en los solares apartados de las ciudades, subió a veces con hambre a los alambres, padeció soledades y acabó descendiendo brutalmente al duro suelo y de ahí a los infiernos.

La noticia le llegó a Máximo en Riga. Por entonces compartía carromato y destino con Rosina, la mujer barbuda. Era una chica delicada y dulce, de una rara belleza interior que el joven funámbulo había sabido descubrir. Ambos estaban un poco hartos de la vida errante. Anhelaban despertarse juntos en una cama anclada a suelo firme, asomarse a una ventana donde no cambiase cada día el paisaje de fondo, tener una ciudad, un barrio unos vecinos. La muerte de Renato fue como el aldabón que inclinó la balanza. Allí mismo alquilaron un piso. Con los ahorros de ambos cogieron el traspaso de un quiosco, a orillas del Daugava. Les fue bien. Por el verano solían ir con sus hijos a ver las actuaciones de los titiriteros.

domingo, 17 de febrero de 2008

JULIÁN

Julián siempre fue muy suyo. De niño pintaba una raya de tiza en el pupitre y exigía a Lucas, su atribulado compañero, que no la traspasase bajo pena de pinchazo con la aguja del compás. Podía haberle dado por el francés, aunque sólo fuese por existir un personaje con su nombre en los “Trois contes” de Flaubert, pero no fue el caso. Más bien tiró por la cosa del cheli de barrio y la barra americana. A la edad reglamentaria fue llamado al servicio de las armas. Le tocó servir en un blindado. Uno de aquellos mastodontes de hierro que decían que habían sobrado de Corea. Le gustaba asomar por la torreta, con la gorra negra de tanquista ladeada sobre su jeta descarada de tanguista. Fardaba entre el mujerío en cuanto le daban cuartelillo y podía salir a darse un voltio por el pueblo cercano. Pronto se cansó de largar rollo sin conseguir rematar la faena, así que se aficionó al Ciclón, un puticlub de luces variopintas y mujeres que no decían que no a un billete verde. “No está uno para perder el tiempo”, solía decir Julián, parafraseando sin saberlo a las mozas casaderas de su pueblo. El caso fue –aún se habla de él en los bares de aquellos contornos- que un día no encontró trasporte para acercarse a su lugar de devoción y, sin pensarlo dos veces, se llevó un blindado del cuartel. Aquello fue la bomba. Camareros, macarras y pupilas salieron en tropel al oír el estrépito. Bebió y fornicó hasta el amanecer y fue sacado en hombros cuando cerraron para barrer y dar un descanso a la herramienta. Lo malo fue que no pudo hacer despertar al monstruo jurásico de su letargo y tuvo que venir la policía militar con un mecánico. La broma le supuso año y medio de condena en un castillo. Hubiera desesperado hasta la demencia si no es porque descubrió la biblioteca del penal. Allí, fiel a su afán de aprovechar la vida, se aficionó al estudio de los ingenios bélicos hasta el punto de lograr perfeccionar el mecanismo de las minas antipersona. Recibió por ello el perdón y el beneplácito de sus superiores, orgullosos de verle convertido en un hombre de provecho. Hubiera sido una celebridad en lo tocante al bello arte de matar, pero su natural salvaje le llevó a traspasar otra vez la línea y acabar de muy mala manera.

domingo, 10 de febrero de 2008

BALDUINO

Balduino y Solina se conocían desde la escuela. Fueron ese tipo de novios eternos que todo el mundo ve predestinados a celebrar juntos las bodas de oro. Serios y formales, se mantuvieron castos mientras se labraban un futuro que todos auguraban espléndido. Estudiaron sendas carreras y paseaban del brazo por los parques, cuando las obligaciones académicas y la meteorología lo permitían. En invierno preferían el calor uterino de los cines de arte y ensayo, donde se arrullaban con comedimiento, mientras asistían a los paseos de otros por las amplias avenidas de Mariembad. A la salida se tomaban unos churros y se iban a estudiar cálculo integral por separado, para evitar las tentaciones.
Pasó el tiempo y se licenciaron. Poco después, sus brillantes expedientes propiciaron que contrataran a ambos en una firma japonesa de nueva implantación. Pudo por fin cumplirse su destino y se casaron con todo el boato que la ocasión se merecía. La noche de bodas fue regular, porque a Balduino, siempre morigerado, le afectó demasiado el champán. Pero pronto se instalaron en la velocidad de crucero de una sensualidad legal y saludable. Enseguida empezaron a perseguir el advenimiento de un querubín que materializase su amor. Noche tras noche se empleaban con extrema dedicación a los trabajos amatorios, pero el éxito se hacía el remolón. Pasaban los meses y sus familias estaban ya impacientes.
Un día apareció Solina en casa con un curioso aparatito de bolsillo. Tenía una pantalla y unas luces, al estilo de un mp3 o una grabadora digital. “Es un medidor de predisposición a la fertilidad –explicó Solina a un perplejo Balduino-. Basta con poner un poco de saliva aquí”. Así lo hizo y se pusieron inmediatamente a la tarea, pues la luz roja indicó de inmediato un “momento propicio de nivel 10” que no era cuestión desperdiciar. Desde ese día se dedicaron a la procreación con ardor renovado. Sin embargo, pasaron los meses sin cambios. Por fin, a punto de deshacerse del aparato y desistir, tuvo Solina las primeras faltas. Fue muy celebrado. Llegó por fin el gran momento. El niño nació con los ojos rasgados, lo que atribuyó la bisoña madre al origen de la tecnología auxiliar empleada para la concepción. Le pusieron Juan, como el padrino, un japonés convertido a la fe del Bautista.

martes, 5 de febrero de 2008

BELTRÁN

Lo mismo que Schlieman, Beltrán sintió desde muy joven la llamada del ideal. Su Tesoro de Príamo era encontrar una doncella rubia, bella y discreta con quien matrimoniar y criar los hijos que el Altísimo tuviera a bien mandar. Ninguna satisfizo sus expectativas de cuantas encontró en bailes, bodas y verbenas durante su adolescencia y primera juventud. Algunas eran bellas pero sandias; otras, de razón despierta, incumplían en cuanto a la armonía de sus hechuras y las pocas que pasaban el examen, resultaron ser rubias sólo de apariencia.
Desesperaba ya cuando conoció a Margarita en la facultad. “Sin duda será mi Beatrice”, exclamó en su interior arrebatado, en cuanto la vio, nimbada por el resol de la ventana, en clase de Penal. Desde entonces se dedicó con ahínco a los estudios, con vistas a instalarse y poder llevar a cabo su sueño cuanto antes. Fue cultivando mientras la amistad de la diosa y constatando poco a poco su absoluta idoneidad, pero nunca pretendió su amor. Todo debía ocurrir según su sueño, tan acariciado desde niño.
Pronto se licenció con honores. Hijo de familia notable no tuvo dificultades para instalara un bufete exitoso. Pronto pudo comprarse un piso señorial que amuebló hasta el último detalle, incluida la habitación de los niños, juguetes incluidos. Por fin llegó el gran día. Era octubre y había dejado de ver a Margarita desde junio, preparando sus vacaciones en Ibiza. La llamó y estuvo dispuesta, como siempre, aunque le advirtió de una sorpresa. Compró un anillo de zafiros y se puso su mejor corbata. Cuando llegó a la cita no la vio. En la mesa en que solían sentarse estaba un joven con aspecto de hippie. “Hola, me llamo Martiniano”, le dijo con su sonrisa inconfundible. Y lo peor de todo es que se había teñido de moreno.

domingo, 3 de febrero de 2008

SABINO

Que don Sabino era maestro es ya sabido por el lector. Maestro de Primeras Letras era su título, con asignación dineraria soportada por el propio municipio, amén de leña para la estufa, proveniente del cercano encinal. El nombre de Severo, su padrino, quizás le hubiera ido mejor, si atendemos a sus métodos pedagógicos basados en la tralla y en la estaca. Se quedó, no obstante, en discreto segundo lugar. De Leonardo, su tercer apelativo, recibió una cierta capacidad de observación que él se ocupó de malgastar a conciencia.
A don Sabino se le metió en el magín que el pueblo que le había tocado en suerte tenía una idiosincrasia muy particular. Empezó a recoger indicios que confirmaran su tesis y demostraran al mundo que Villaperas de la Puebla era el asentamiento de una población cuyas raíces se perdían en la noche de los tiempos. “De curtidos cazadores nómadas de lanza y porra –peroraba el prócer-, pasaron a convertirse los Villaperanos ya desde el Neolítico en trasunto de lo que son. Las trazas del poblado primitivo aún coinciden, casi exactamente, con el discurrir actual de las calles. Y, qué me dicen –empleaba un usted enfático, a menudo, en el trato con los alumnos- de los rasgos fisiognómicos que nos distinguen: esas cejas pobladas, esas orejas de soplillo y, sobre todo, esos pelos en la nariz que nos hacen –se incluía él, de rondón- tan peculiares”. Y, llegado a ese punto, don Sabino iniciaba el recorrido por los singulares rasgos de carácter, la forma tan peculiar de tallar la cabeza de los bolos y –sobre todo- la manera tan propia de arrear al ganado con un “quiáaa” gutural de resonancias inconfundibles.
A todo esto asistía la niña Fortunata, absorta en pensamientos de un más allá brumoso, mientras ahogaba un piojo en su tintero. Aún no sabía de su vida postrera, de su destino de santa laica sometida a las sevicias de los buenos.