jueves, 31 de enero de 2008

FORTUNATA

La Fortu pedalea reciamente por la cuesta. Todavía es una hembra de poderosas ancas y voluntad férrea, a pesar de todo lo pasado. No se la podría llamar afortunada. Sin embargo se sintió así por unos meses, acorde con el significado de su nombre. Hace ya años. Le viene ahora un delgado ramalazo de dicha, como un hilo de humo que confluye con el hedor de las sardinas que transporta en una caja cubierta con helechos. Se recuerda a sí misma con Bernardo del brazo aquel verano; la frente alta, sintiendo a sus espaldas las miradas. Eran tiempos difíciles. Tiempos en que los de abajo quisieron romper amarras y mirar a los ojos, dejar de estrujar la boina entre las manos entonando el “sí señor”. Eso no se perdona. Menos aún por los iguales, los que siguieron exprimiendo la boina entre las manos. “A cada cerdo le llega su San Martín”, pensaban quienes entonces la veían pasar, con aquel obrerucho metido a mandamás. “Y le llegó”, piensa ahora Fortunata, mientras divisa ya el pueblo allá arriba y nota el sudor corriendo entre los pechos.

martes, 29 de enero de 2008

ANTONINO

Antonino era hijo del cuerpo, eso para empezar. Cuando decimos cuerpo, debe obviar el avisado lector que nos estemos refiriendo al de su abnegada y santa madre, viuda por otra parte de ese mismo Cuerpo; pongámoslo así, con mayúscula, aún a riesgo de equívocas concomitancias con el Resucitado, a fin de recalcar que no hablamos de una colonia de células organizadas en base a los principios de especialización y solidaridad. Nos referimos –dicho sea de una buena vez- al Cuerpo de Ferroviarios.
Antonino creció junto a la vía, donde su madre bajaba y subía una barrera pintada a rayas, una y otra vez, como si de una sentencia se tratase. Agitaba un banderín y se ponía una gorra, eso sí, pero no dejaba de ser tedioso. Así es que un día cogieron el burro y se fueron a Madrid. Entonces todavía se iba en burro a Madrid, a pesar de que se supone que tendrían derecho a viajar gratis en tren. En ese punto la documentación no aclara nada.
El caso es que Antonino, en Madrid, pasó más bien las de Caín, por la cosa de ser paleto y un poco inocentón. Luego se hace amigo de un maestro algo rojillo y de un niño Jesús…
“¿De un niño Jesús?, mira, tú me tomas el pelo”, dice airada la tía Celedonia, llegado ese punto de la historia. Hay que decir que la tía Celedonia está impedida y yo le cuento películas para entretenerla. Las pocas pelis que veo en el cine del barrio algún domingo que me dejan. “Niño –me dice-, a ver si ves películas con más fundamento. El otro día me cuentas aquella tan tristona de un tío a quien le quieren quitar la camioneta en Navidad y hoy me vienes con ésta. Un niño Jesús… ¿Desde cuándo hacen amigos las figuras de escayola?”. Y es que así de cartesiana y positivista era mi tía; todavía la recuerdo, sentada en su sillón de mimbre cerca del brasero, con aquella bata de guata y aquel bigote…

sábado, 26 de enero de 2008

MAXIMILIANO

Dice una canción que “a quien nace pa martillo, del cielo le caen los clavos”. Cualquiera diría que el compositor estaba pensando en Maxi cuando la escribió. A Maxi le pusieron Maximiliano porque a su padre, Salvino –un zapatero iletrado y soñador- le sonaba a personaje histórico rumboso. “Por lo menos Emperador”, repetía el día del bautizo, un poco achispado el buen hombre por la mistela. Pero, Maxi pronto empezó a dar muestras de no encontrarse a gusto en la horma de los augustos sueños de su progenitor. Desde muy niño se empleó con singular denuedo en las labores propias de los infantes más desaprensivos, como romper farolas, quemar pajares y pintarrajear fachadas. Nada pudieron los castigos, tanto de su padre como de don Opión, el sufrido maestro. Muy al contrario, los encierros y palmetazos, lejos de aplacarle, hacían surgir en él nuevas estrategias para retar a la autoridad. Llegó a mear el sillín de la bici de Pántulo, el cabo del cuartelillo local, después de haberle comido el bocadillo de tortilla que celosamente guardaba debajo. Ante tales desmanes, no hubo más remedio que ingresarlo en un correccional, donde acabó doctorándose en la disciplina del crimen. Maxi fue el creador de la famosa banda de los HDL (Hijos de Lucifer) que llenaron el mercado de gordísimas novelas sobre cálices legendarios, sudarios mágicos y otras especies que adocenaron a varias generaciones de lectores. Perseguido por el fisco, huyó allende los mares. Acabo tiroteado junto a una tapia, como no podía ser menos.

jueves, 24 de enero de 2008

CLEOPATRA

La Patro siempre fue un poco fantasiosa, sí señor. De niña se quería ir de misionera al Congo; que menos mal que no, porque ya ve usted la que se armó, que lo mismo le habían comido los hígados en aquel sindiós. Luego empezó con las novelitas románticas, ésas de chicos de buena familia que se llaman Víctor-Alejandro o Miguel-Enrique y se acaban casando con chicas del servicio, pobres y hacendosas, después de unas cuantas peripecias. Patro se encerraba en su cuarto y dale que te dale, todo el tiempo que no estaba estudiando corte y confección que, eso sí, se le daba muy bien, hay que ser justos.
Luego iba al baile los domingos y, claro, se encontraba a Quirino, el chófer, a Fermín, el pocero, a Ginés… Ya sabe, a los de siempre, los de por aquí, y a la chica se le iba el pensamiento a los otros, los de papel, con su carrera y sus modales de marqueses. Así que acabó por dejar el baile por el cine. Iba con Eusebia y con Plácida, usted las conoce. Venían contentas, comentando las trazas del galán de turno. Era como en las novelas, pero mejor, porque tenían cara y voz y se movían.
El año pasado apareció el nuevo secretario de don Nicasio, ese tal Jaime que tenía bigote a lo Clark Gable. Jaime el Conquistador, le decía yo en broma, para hacerla rabiar. Estuvieron tonteando, él era de fuera y ya se sabe… Entiendo que Patro se disgustara, pero hasta el punto de venir con esas culebras en un tarro… Menos mal que las vi, porque quería… Dios mío, cada vez que lo pienso. Y todo por culpa del technicolor.

miércoles, 23 de enero de 2008

EUSEBIO

Eusebio, de niño, robó unos tomates y su madre le metió a zapatillazos en la angustura de una carbonera subterránea, plagada de ratones, donde penó toda una tarde. Seguramente por eso, en el bar que montó en la edad adulta reinaban la limpieza y la claridad más absolutas. Por otro lado, faltaba en el menú todo rastro de la fruta prohibida que generara su expulsión temporal del paraíso. Nunca le pregunté si era consciente de ello. Seguramente no; pero yo, que fui testigo de su pecado y expiación, siempre achaqué ambas cosas a sendas aversiones adquiridas aquel aciago día. Bien es verdad que tengo veleidades de psicólogo y poeta, coyunda que hace posible cualquier juicio sobre lo real, incluido el más estrafalario. El hecho es que en el bar de Eusebio se daban cita creadores y aprendices del verbo, así como seres alunados y noctámbulos de a pie que conformaban un curioso rebaño de ovejas descarriadas. Algunas llegaron incluso a sentar cátedra. Otras se limitaban a beber hasta la hora del cierre. Las había que, muy en su papel, lamían la sal de la tequila mientras pensaban en un posible personaje de novela.

REMEDIOS

De Reme, cuando niña, todo el mundo decía que era una cría muy salada. Esto no disgustaba a sus padres; antes bien, les llenaba del sano gozo de haber traído al mundo un ser tan simpático y zalamero. A medida que crecía, Reme se fue volviendo un tanto orgullosa y resabida, quizás a resultas de tanto halago reiterado. Por eso detestaba visitar al abuelo Bertrán. Le tenía aversión al ambiente pueblerino, a las moscas y a las boñigas que alfombraban las calles por doquier. Pero le incomodaba sobre todo que, de buenas a primeras, las indolentes vacas se le acercasen e intentasen lamerla, con una campechanía y un descaro imperdonables, teniendo en cuenta que ni siquiera le habían sido presentadas. Lo peor, no obstante, vino años después, cuando Remedios se había casado ya con Lot.

martes, 22 de enero de 2008

EVODIO

No sería el cronista muy sincero si afirmase que en Evodio, de rapaz, despuntasen rasgos que hicieran presumir un futuro orientado hacia el pastoreo de almas. Más bien podría decirse, en atención a las pendencias y altercados que jalonan su expediente escolar, que su entraña tendía, más que al abrigo sedoso del serafín, a tener por envoltura la epidermis escamosa de un ángel caído.
Sin embargo, si los hados son a veces caprichosos, no lo son menos los designios del Señor. Ocurrió pues que se sintió llamado y, tras estudiar las materias pertinentes, ordenado y puesto al frente de la parroquia de un barrio obrero. Allí se ganó el cariño y la confianza de las gentes, por su espíritu abierto y bondadoso, siempre dispuesto a un apostolado que se extendía mucho más allá de las puertas del templo. No había club cultural, actividad de ocio o reivindicación social que no contara con Evodio entre sus filas. Propició esa cercanía suya la amistad sincera con muchos feligreses y hasta con algún que otro ateo pertinaz. Era el caso de Susana, esposa de Martín, convencida partidaria del materialismo histórico, con la que Evodio mantenía largas charlas. A veces, las tardes que libraba, intervenía también el marido, piadoso guardia civil que había auspiciado los encuentros con la secreta esperanza de ver renacer en su amada los retoños de la fe de sus mayores. Sin embargo, como hombre sencillo que era, Martín pronto se cansaba de contraponer las tesis de la izquierda hegeliana con las iluminaciones conceptuales de San Agustín y se iba a tomar una cerveza donde Néstor. Allí le sorprendió justamente el malévolo rumor que trunca la historia y la aboca hacia ese final, tan sainetesco y previsible, que no merece la pena relatar.

ROSARIO

Mi prima Rosario se echó un novio marino. Y no es que viviera en puerto de mar, no. Eso hubiera sido lo normal. Lo que pasó es que mi madre tenía pensión en Cuenca y McGregor se dejó caer por allí. El tal McGregor no era rubio ni alto, ni escocés, pero a mi prima le hacían los ojos chiribitas cuando lo veía llegar con su traje blanco y su gorra con cintas y su petate de lona a la espalda. Mi prima Rosario no tenía entonces experiencia con los hombres. Por eso se creyó su explicación sobre el sospechoso origen de aquellas persistentes manchas en su ropa. El tiempo y un juez aclararían las cosas mucho más que su empeño en frotar y frotar con aquel jabón de sebo.

domingo, 20 de enero de 2008

RENATO

Renato se gana la vida en el alambre. Se puede decir que es un artista del alambre, aunque un poco también del hambre, pues los bolsillos de la concurrencia no dan para grandes alegrías. “Esto no es vida”, le dice a veces su hermano Román. “Ya lo sabemos”, responde Renato con resignación de cartujo. Pero al día siguiente, sigue el espectáculo, y al otro, y al otro... Un día actúan en una gran plaza, con más gente que nunca. Mientras sube al alambre, Renato le susurra a su hermano: “hoy es el día”.
Román lo contaba años después, en su vagar incesante por los bares más sórdidos.

PLÁCIDO

Plácido tiene un motocarro; bueno, no es suyo, le queda por pagar la última letra. Va al banco y el empleado le dice que ya es tarde, que está cerrado, que es Nochebuena, pero Plácido necesita el motocarro y si no paga se lo pueden quitar, así que insiste y pone cara de cordero degollado ante el burócrata soberbio que viste traje, corbata y gafas de oficinista miope con las manos finas y lisas y el alma encallecida. Es lo que mi madre quiere para mí, que sepa de cuentas para no tener que pasar frío. No como Plácido, el pobre, con su motocarro que no es suyo, y esa estrella con luces de colores que encima hace risible su desgracia. Luego hay unos pobres y unas señoras con abrigos de pieles y la gente se ríe porque está caliente y porque para eso han pagado un duro por la entrada.

jueves, 17 de enero de 2008

CAYO

Cayo es pequeño y bonachón y poca cosa. Siempre fue así, tan correcto por fuera y tan blandito por dentro que dan ganas de abrazarle fuerte como a un burrito de peluche. En el pueblo todo el mundo le quiere y le convida cuando va a tomar su vermú con seltz a la salida de misa, los domingos. El corresponde a su vez, porque Cayo es espléndido y, como está solo, no tiene muchos gastos. Además tiene su cargo en la Compañía, ese empleo de responsabilidad que hace que muchos le pongan el “don” como un trofeo de bonhomía o un adorno que realce su escueta persona.

Lo del padrinazgo empezó con el hijo de Lucio, su vecino más próximo. Le hizo ilusión lo de sentirse padre sustituto; le regaló al bebé la canastilla y una pulsera con el nombre: Cayo Joaquín. Luego vinieron otros, todos varones. No había año sin apadrinamiento: Cayo Crispo, Cayo Pedro, Cayo Quintín… Acabaron llamándole “Padrino” por doquier. Un Padrino, eso sí, desprendido y pacífico. Era el regalo al sacar de pila y luego los aniversarios y alguna propina los domingos que se veían, que eran casi todos, ya me dirán, en un sitio pequeño. Pasaron los años y algunos ahijados salieron fuera a estudiar. No faltaba la pequeña ayuda, el primer empujón. A veces alguno se le torcía, se volvía desidioso o pendenciero, y el Padrino mediaba si podía, a instancias de las atribuladas madres.

Con el tiempo sus trajes se fueron notando más raídos y se dejaba ver menos por las calles. Algunos hablaron de melancolía. Marcos, el peluquero, me desengañaba el otro día, bajito en la oreja, mientras me repasaba la patilla: “hartura, Cayo Eusebio, hartura, te lo digo yo”, y sonreía de medio lado en el espejo.

DIONISIO

Dioni no es que sea malo, es sólo que le gusta divertirse. Salir a tomar unos chiquitos por ahí con la cuadrilla. Usted ya sabe, se juntan unos cuantos y van de bar en bar y no se acuerdan de volver. Y luego está que él es así de parado y si no bebe un poco, como que no sabe qué decir. A Dioni lo que le gusta es el vino, el tinto a poder ser. No es él de cubalibres ni de coñás y menos de güisquis ni cosas de ésas. Él es feliz con un vaso de vino peleón, que tampoco tiene gustos de marqués, ni gana para ellos, que ya me dirá usted, con lo que le dan en la gravera y luego un poco que saca con unas chapucillas a los conocidos.

Él malo no es, pero fue al médico, por un dolorcillo que tenia, y el doctor le empezó a hablar de esteatosis, de ecogenicidad, de ferritinas y de palabros raros y le entró el pavor en el cuerpo. Total que le dio por emborracharse de verdad y meterse en la cama a esperar. Ya ve, ahí me lo encontré, con los ojos muy abiertos, hace dos mañanas, asombrado de estar vivo. “¿Pero no dijo don Saturio que si seguía bebiendo me moría?”, repetía una y otra vez, sin entender por qué aún respiraba, olía y veía en lugar de estar tieso como un leño, como sería lo justo y necesario.

Y es que después de esto no hay ya quien lo contenga, don Cayo, dígale usted algo, por Dios, que siempre le ha tenido ley. Mire que yo le advierto de que beber es suicidarse lentamente y él me contesta que no tiene ninguna prisa y se ríe. Y tiene usted que ver cómo se ríe, con qué cara de loco, como de alguien que hubiera ido y regresado ya de los infiernos…

martes, 15 de enero de 2008

ÁNGEL

Cada año era lo mismo. Primero limpiar bien el hule de la mesa para evitar una mancha inoportuna. Luego coger una hoja de periódico, aún por si acaso; colocar la postal y pautarla con regla y lápiz, limpiar luego la punta del bic azul para evitar el desdoro de un borrón. Después el mismo texto de siempre, despacito, buena letra, con aquella redonda “Q” de rabo largo al principio y al final la firma, con un bucle y dos rayas de adorno. Por fin el sobre: “Angel García, Guardagujas jubilado”. Angel vivía a pie de vía, en una casita de adobe, con su pozo y sus frutales. Por el verano íbamos a verle. Trasteaba por la huerta, oía la radio y miraba el horizonte. Nunca me dijo nada; no sé si las leía, si le gustaban o si las metía sin abrir en un cajón, como Teresa.

TERESA

Teresa se secaba las manos en el mandil y me decía: “qué bonita es la inorancia señorita” y me miraba tierna y un poco arrebolada. Venía de un pueblo pobre, de los de pan llevar. Las pocas cartas que llegaban, yo se las leía. “Se ha muerto el ternero y padre está malo. Será por el disgusto”, escribía su hermano pequeño, con letra picuda de escuela de pueblo. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Se echó un novio que conoció un miércoles, la tarde que salía. Estaba más contenta, menos sola en la ciudad. Pero un día llegó un mensaje a su nombre, sin remite ni firma, que yo tuve que leerle. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Se puso triste. Me pidió que escribiera a un hermano, que servía al rey en tierra de moros. Al poco tiempo le llegó la noticia de su muerte por tifus. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Desde entonces guardó las cartas en su armario, atadas con un lazo, sin abrir.

JERÓNIMO

Jerónimo tiene una pipa para cada día del año. En sus anaqueles descansan pipas de todos los estilos, desde los ejemplares antiguos llenos de leyenda, hasta las últimas creaciones de firmas nacionales o extranjeras. Los materiales van de las maderas más corrientes y vulgares a las exóticas, cada vez más escasas, pasando por la espuma de mar y los materiales imposibles, pero todas son aptas y permiten quemar tabaco en su interior. Cada noche, después de la cena, se sienta en su rincón más íntimo, toma una, la rellena con morosa destreza y aspira el humo ritualmente. Educado por los franciscanos, Jerónimo conserva en el fondo un gran respeto por cuanto le rodea, sobre todo por los seres que sienten y palpitan. Por eso cada noche, cuando regresa de matar, necesita perentoriamente fumar la paz consigo mismo.

jueves, 10 de enero de 2008

MIGUEL

A Miguel le habían asignado una tarea fácil: custodiar una niña de cuatro años, sana, despierta y con padres serios y conscientes. Su misión consistía únicamente en permanecer cerca cuando jugaba en el parque, en velar su sueño, en supervisar el camino del colegio y cuidarla en los recreos. El caso es que Miguel se sentía infravalorado. ¿Para qué –se desahogaba con Gabriel- perder el tiempo con niños bien atendidos, cuando los hay a millares sin médicos, sin apenas comida, sumidos en vicisitudes de guerra y de desastres naturales? ¿No te parece –le decía a Rafael- que seríamos allí más necesarios? Gabriel y Rafael, más simples y obedientes, le hablaban de lo inescrutable de los designios del Creador y le instaban a hacer su trabajo sin perder el tiempo en vagas disquisiciones que no le incumbían. Pero el desasosiego podía con Miguel, que se abstraía demasiado observando a las personas, a las flores y a las arquivoltas de la catedral. Empezó a abandonarse a la deriva en la masa de gente que se divertía bulliciosa por los bares cercanos. A entretenerse escuchando el murmullo callado de los pensamientos humanos, que emanaba de los cuerpos como un aroma irisado. Le divertía ese cúmulo de sentimientos contradictorios, de ocurrencias disparatadas, de tristezas ocultas y delirios descabellados tan ajenos a su propia naturaleza. Ese inocente pasatiempo acabó por convertirse en vicio. Así que, cuando pasó lo que pasó, a nadie extrañó demasiado.

WENCESLAO

A Wenceslao le gustaba la guerra. Quizás fuese que, indómito por naturaleza, no soportaba la opresión. El caso es que había huido al monte para encontrarse con los otros, con los suyos. Todo un periplo a través de bosques y vaguadas para acabar anclado en esa zanja, frente a otra parecida, en aquel triste páramo. Cuando aquella mañana muy temprano revisaba el filo de su arma, presto a la lucha, no temía el combate; más bien deseaba romper esa calma de muertos que le desazonaba. Sin embargo le azotó, como siempre le ocurría, la incertidumbre de un encuentro fatal al otro lado.

FIDENCIO

Fidencio estaba harto de aquella penosa espera de barro e inmundicia. Harto de malcomer, de pasar frío y de ser devorado por los piojos. Los tensos días dan para mucho, así es que ambos bandos cantan canciones, se insultan, bromeaban y hasta se preguntaban por la familia y los amigos; todo a voces, de trinchera a trinchera. Las noches son peores, porque las habitan los presentimientos más oscuros. De pronto, un día llega por fin la orden de atacar. Los hombres van saltando el parapeto enfebrecidos de gritos y coñac. Será una a lucha cuerpo a cuerpo. Fidencio atraviesa la tierra de nadie y llega jadeando frente al enemigo que le ha tocado en suerte. La bayoneta sesga el aire como un reptil y se clava en el vientre enemigo. Sólo entonces mira Fidencio la cara del otro y comprende con horror lo perra que puede ser la suerte.

domingo, 6 de enero de 2008

COSME

Cosme y Damián iban juntos a todas partes desde la infancia, como Rómulo y Remo, como Zipi y Zape, como Cástor y Pólux; no en vano en el barrio les llamaban los Géminis. Pero no eran hermanos, sino pareja de hecho, porque de hecho nunca habían probado otra cosa. Se llevaban tan bien desde pequeños que, llegado el momento del despertar a la sexualidad, ambos tácitamente habían decidido compartirse. Les iba bien en su relación tranquila y discreta. De pronto las leyes les ofrecieron formar un matrimonio. No se lo pensaron. Hubo arroz y pétalos de rosa, regalos y champán. Al poco tiempo empezó un distanciamiento que terminaría de la manera más imprevisible.

FUENCISLA

Fuencisla era la mayor de cinco hermanos. Desde pequeña ayudó a sus padres en la explotación familiar, lo que la convirtió en una moza sana y fornida, acostumbrada a los rigores de la intemperie. Su buena disposición a la hora de entresacar la remolacha era el orgullo de sus padres y la admiración de los vecinos. A los veinte años viajó a Barcelona para ayudar a su tía Emilia que se encontraba delicada de salud. Fue su perdición, pues regresó huraña, pálida y huidiza. Su buen hacer en las tareas del campo se tornó en melindroso desinterés. Por más que sus padres hicieron por volverla a su ser, su espíritu seguía prisionero de un extraño mal que sólo encontraba consuelo cuando escuchaba Mediterráneo en un pick-up que le habían regalado sus tíos en agradecimiento. La cosa seguía igual cuando llegó su primo Eugenio, que vino al pueblo en cuanto finalizaron los últimos exámenes. Era moreno, delgado y tenía una mirada turbadora, como de loco o de poeta.

CONALDO

Conaldo era sayón del Rey. Lo era por vocación y por origen, pues era hijo de un famoso verdugo de la Corte. Ningún tormento tenía secretos para él, lo mismo arrancaba un ojo que cortaba un miembro pecador. En la mancuerna conseguía mantener consciente al reo a base de ingeniosos trucos de familia. Con el hierro al rojo hacía también trabajos meritorios. Pero en lo que destacaba sobre todo era en eviscerar al condenado a la horca y quemar antes sus ojos las entrañas antes de que su vista se nublara para siempre. Conaldo se sentía buen profesional y rendido servidor. Por eso le dolía tanto en su interior la incomprensión y el rechazo de las gentes.