domingo, 14 de diciembre de 2008

PRÓCULO

Don Próculo venía siempre en el mixto, un trenecillo de madera que parecía casi una maqueta o un decorado de película del Oeste. Pero eran otros tiempos y ni a don Ursi, el Jefe de Estación, ni a Clementina la mujer del capataz, les extrañaba en absoluto ver venir a aquel convoy, precedido del gran penacho de humo negro. Don Próculo vestía una zamarra vieja y unas botas gastadas, que untaba en invierno de grasa de caballo para que soportaran mejor la humedad de la nieve. Apenas se advertía que era médico, sino por un maletín de color incierto que llevaba y porque viajaba en Primera. Don Próculo traía en esa bolsa pastillas de varios colores: Azul cielo para el asma de don Mateo, el párroco; verde esperanza para la angustia de Natalia, la viuda de Colás; rojo pasión para el ensimismamiento de Natalia, la que fue novia de Mateo; amarillo horizonte para Ananías, el maquinista, que añoraba vidas no vividas. Don Próculo podría haber sido prestidigitador, o confesor, o santo, quizás pintor de retablos, pero se quedó en sanador de cuerpos y de almas. La gente creía en él y se abrían sin saberlo a la magia del arco iris que salía de su cartera.
Un día llegó el tren y don Próculo no extendió su brazo para abril la chaveta de la portezuela de Primera clase. Vino en su lugar un lechuguino con cuello duro y fonendoscopio. Mandó toser y decir treintaitrés, tomó la tensión con un raro aparato, extendió recetas con nombres extraños. Las pastillas eran todas de un blanco ceniciento. Los males de la gente se recrudecieron. Pasaron los inviernos, pero nadie hizo por aprender su nombre.

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