jueves, 27 de noviembre de 2008

GUILLERMO

Estaba Guillermo sesteando bajo un árbol cuando le despertó el golpe abrupto de una manzana en la cabeza. Podía haber formulado de inmediato la Ley de la gravitación universal, pero no le correspondía a un villano tal honor y además aún no era el momento histórico preciso. Lo que pasó fue que se despertó sobresaltado, miró a su alrededor buscando al agresor y, como se encontrara el fruto hermoso y rojo, lo guardó en su zurrón con más viandas. Cogió luego su ballesta al hombro y se internó en el bosque en pos algún conejo. El suceso le dejó, sin embargo, una sensación extraña con tintes de dolorosa premonición.
Llegado el momento, casó Guillermo con una tal Hunna, moza insignificante pero honrada, y tuvieron un hijo al que llamaron Zósimo. El muchacho creció animoso y fuerte como el padre y pronto le ayudó en las tareas agrícolas y venatorias que les procuraban el sustento. Cazaban siempre sometidos al albur de encontrarse con los sayones del Señor del lugar y sufrir sus terribles iras.
Ocurrió un día que tuvieron fortuna y abatieron un joven ciervo. Cuando estaban descuartizándolo, les descubrió una patrulla de soldados al mando de Joscio, el más cruel de los hijos del Duque. Éste, como castigo, ideó una infame diversión. Para escarnio de Guillermo, y ante las risotadas de todos, le obligó a disparar su ballesta sobre una manzana colocada sobre la cabeza del muchacho. Los nervios y la obnubilación hicieron que Zósimo terminara con un dardo atravesándole la nuez. Nunca reunió Guillermo el valor necesario para presentarse ante Hunna con esa mala nueva. Se hizo pues forajido y acabó siendo un héroe popular aclamado por todos. Sin embargo vivió desazonado. Hubiera preferido ser cualquier otra persona. Newton, sin ir más lejos.

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