martes, 4 de noviembre de 2008

FLORA

Flora entreabrió el postigo y pudo ver a Esteban presionando por última vez el claxon, abajo en la plaza. No abrió la ventana ni realizó acto alguno que delatara su presencia.
Se quedó en la penumbra, absorta en las partículas de polvo que flotaban incorpóreas en el haz de luz que brotaba de la rendija. Pensó en las tardes junto al río, entre las cajas de la furgoneta. Rememoró el balanceo y los jadeos y la dureza del suelo, apenas amortiguada por un saco de fibras de plástico.
Observó como se disgregaba el último grupo de clientes y escuchó luego el crepitar de las ruedas en la gravilla. Permaneció en la misma postura, sin moverse, durante largos minutos. “Ahora – pensó- me estará esperando”. Y se lo imaginó, prendiendo un cigarrillo y echándose hacia atrás en el respaldo, mientras se acomodaba el pantalón con ese gesto suyo, que tan bien conocía. Sintió su espera, primero placentera y luego más y más inquieta por momentos. Le vio agitarse nervioso, poner la radio, mirar por encima del hombro hacia el camino mientras fumaba un cigarro tras otro y los aplastaba con rabia.
Parpadeó y su pupila dejó de enfocar al infinito para fijarse en un moscón medio aturdido que se golpeaba azarado contra el cristal. “A estas alturas”, pensó, y de improviso le asaltó la vieja obsesión de que Dios podía leer todos sus pensamientos. Luego se ajustó la rebeca y bajó a atizar el fuego.

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