domingo, 2 de noviembre de 2008

CECILIA

A Cecilia le gustaba soñar. De niña se despertaba a medianoche y se metía en la cama de su hermana Apia para contarle enseguida su sueño, antes de que las imágenes se disolvieran en el olvido. Entonces soñaba a menudo con Maderasma, una oficial de policía con disfunciones respiratorias que perseguía supervillanos acompañada de un hombrecillo calvo llamado Filemón. Las peripecias eran amenas y trepidantes. Aún así Apia acabó por hartarse de ser despertada en mitad de la noche y Cecilia empezó a confiar sus vivencias oníricas a un cuaderno. Al llegar a la adolescencia tenía ya una buena colección de blocs apilados en un rincón del armario ropero. En sus páginas habitaban personajes como Jeremías, un ricachón triste e inconformista, o Marcos que paseaba por las blandas losas amarillas del sueño con un león que sólo él veía. A veces hacían su aparición Khacir y Levon, dos piratas malayos malencarados pero amables. También andaba por allí Ananías, un abuelo sarcástico y locuaz, que contaba sus aventuras emocionantes, ya como correo portador de mensajes cruciales, ya como avezado maquinista a bordo de la locomotora del Oriente Express.
Con la pubertad le llegó la facultad de elaborar a voluntad los sueños. Lo descubrió un día en que había estado leyendo fotonovelas. Los protagonistas se le presentaron en la mente nada más dormirse. A partir de entonces le bastaba pensar en un personaje y una historia para vivirla intensamente durante el sueño. Así se recreaba por las noches con aventuras galantes que no tenía en estado de vigilia. Los chicos se llamaban Daniel, David, Salvador o Simón. Iba intercambiando los nombres con las caras y los trajes como en el juego de las muñecas recortables.
Un buen día apareció en su vida Esteban, un viajante educado y serio, de físico agradable y carácter jovial. Lo tenía todo, le decían familiares y amigos. Cecilia estuvo a punto de dar el paso y entrar por el estrecho camino acolchado de la realidad. Pero, a última hora, se rebeló. Sería como traicionar su otra vida, tan plagada de posibilidades infinitas.
El despecho convirtió a Esteban –por lo que nos cuentan- en un triste donjuán itinerante. Cecilia se encerró en casa y se empeñó en aprender a tocar en el viejo piano del salón. Dedicó el resto de su vida a componer bandas sonoras para sus sueños, que poco a poco fueron adquiriendo la complejidad y el barroquismo de las óperas de Wagner.

3 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Jo, tío, casi has escrito mi vida.

almanaque dijo...

Oh, cielos... me están quedando los santos demasiado terrenales.

Noemí Pastor dijo...

Bueno, hombre, no tan terrenales: yo siempre tuve un lado místico.