sábado, 25 de octubre de 2008

SILVESTRE

Cuando nació Silvestre aún se llevaba lo del santo del día, así es que don Octavio y Saturnino, el padre, se citaron en la sacristía el día antes del bautizo. El cura iba recorriendo con el índice las onomásticas del Santoral Romano a la luz de unos velones que había traído como oferta la tía Astea. A Satur, Agapito le parecía un nombre proclive al chiste fácil, Ampelio le recordaba el transformador de la corriente alterna y Cayo la opresión de un domingo con zapatos nuevos. Doro le sonaba a nombre amputado y tanto Hipólito como Jerónimo –sin saber por qué- representaban en su mente un híbrido de humano y animal de monta. Anatolio era para él un gentilicio exótico y Beltrán un nombre más apropiado para bar o ultramarinos que para un neonato. Adventor, Barabesciabas, Boitazato y Orlón, podían servir para designar un planeta lejano o una estrella, pero no una criatura de su sangre. Optaron pues al fin por ponerle Silvestre, sin sospechar lo inane de sus lucubraciones, pues años después –y sin remedio- todo el mundo iba a acabar llamándole Estalone.

2 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Siempre que vengo por aquí recuerdo que nací el día de San Eleuterio. Y que una de mis abuelas me quería llamar Ceferina y otra, Rosa Mari. Ganó mi madre, pero le tuvo que convencer al cura de que mi nombre salía en la Biblia.

almanaque dijo...

¿El 26 de mayo? Pues Eleuteria es un nombre muy chic. Ceferina también tiene su encanto. Pero Noemí, qué incultura bíblica la de aquel profesional de la Fé. Cómo no saber de Noemí (suavidad, delicia), suegra de Ruth, inscrita en la genealogía de David y por ende de Cristo. (Claro, entonces no existía Google, así se explica)