jueves, 30 de octubre de 2008

ROMEO

Lo de Romeo Romero no fue casualidad, sino humorada de un padre que mejor habría hecho dedicando su dudosa agudeza mental a elaborar pasatiempos de palabras cruzadas. Lo primero que oyó Romeo durante toda su vida al presentarse fue un “¿cómo dice?, seguido de un “¿dónde dejaste a Julieta?”, así como suena, rebajado al tuteo en cuestión de segundos, pues la gente tiende a perder el respeto ipso facto a quien le parece extravagante o pintoresco.
Romeo Romero, con tanto retintín y tanta burla respecto a los hipotéticos desvaríos amatorios a los que, por mor de su nombre, se le suponía abocado sin remedio, dio en aborrecer las francachelas propias de la mocedad y se hizo perito agrícola. No fue esto último una consecuencia de su recato hacia los bailes y el cultivo del bello sexo, entiéndase, sino que ambas cosas ocurrieron por los mismos años juveniles.
Romeo encontró trabajo en una sórdida oficina donde interpretaba planos de ocho a tres. En los ratos que lograba hurtarse a la vigilancia de don Clemente, el ingeniero jefe, que de tal sólo tenía el nombre, se dedicaba a la lectura de la obra de Shakespeare. Con el tiempo llegó a ser un erudito en lo tocante a la presencia del amor en la obra del genio. Pidió una excedencia y se dedicó a dar conferencias en universidades de prestigio. Murió muy anciano, tenido por todos como un experto en la expresión literaria de los sentimientos amatorios. Lo hizo virgen, a pesar de las pasiones que su fina sensibilidad despertaba por doquiera entre sus alumnas y lectoras.

2 comentarios:

cacho de pan dijo...

estimado, qué Julieta no existe para este delicado Romeo de fragante apellido?

Exijo manden los libros prometidos. Si llegan me lo dices.

un abrazo

Anónimo dijo...

Así lo haré. Gracias.
Otro abrazo.

AT