viernes, 24 de octubre de 2008

CRISPÍN

Hay personas abocadas a una misión por mor de su herencia genética y otras que siguen su vocación a pesar de la misma, en un esforzado bogar contracorriente. Crispín era de estos últimos. Aunque Canijo y desmedrado, desde niño deseó con morboso afán doblegar y humillar a los demás. Como quiera que su exigua presencia provocara mofa en sus presuntas víctimas, optó por rodearse de una cohorte conveniente a sus fines. Así encizañó a Severino y Máximo para asolar los patios de recreo. Severino estaba dotado de gran arrojo y sangre fría y Máximo era un gigantón que –por citar un dato harto elocuente- desayunaba a los ocho años medio litro de leche bien migada. El trío llegó a hacerse tristemente célebre antes de llegar la pubertad.
Aún no iniciada la mayoría de edad, contaban los tres con un amplio historial, donde no faltaban el acoso a compañeros y docentes, la extorsión, la amenaza, el hurto y el daño en bienes muebles. Los fines de semana se entretenían en agredir a mendigos y desheredados, celebrando luego sus acciones con risotadas y libaciones colectivas. No les faltaban jaleadores y grouppis que coreaban sus desmanes con aullidos de admiración y rendida pleitesía. Tan realizados se sentían los tres que incluso se dotaron de un aparato ideológico, una moral espúrea que justificaba sus fechorías en aras de lograr una sociedad más ordenada y libre de impurezas.
Pero, como hasta lo más sublime aburre cuando lo pervierte la costumbre, nuestro hombre decidió un día cambiar de vida. Se desligó de sus fieles dogos y decidió partir a la aventura. Desempolvó una Leika que había en casa y cruzó el mar. Vagabundeó por el albañal del mundo haciendo fotos que le compraban a veces las agencias. Vivió de cerca situaciones que dejaban en juego de niños sus hazañas pasadas. Poco a poco se hastió de aquello, hizo relaciones y encontró un hueco en una empresa farmacéutica que combate el SIDA en África.
Hoy día es ejemplar, viste de traje y tiene personas a su cargo. Algunos han propagado la especie de que comercia bajo cuerda, de que pega el cambiazo y manda a los negritos agua destilada. Seguramente son unos envidiosos.

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