sábado, 18 de octubre de 2008

CAROLINA

Carolina estaba como un queso. De ello dan fe sus coetáneos de ambos sexos. Desde tierna edad desplegó por doquiera su perfume de nínfula. Con la pubertad se acrecentó en extremo un algo etéreo que congregaba a los varones de toda edad y condición en torno suyo. La tienda de su padre, generalmente frecuentada por amas de casa y funcionarias de los despachos del Juzgado cercano, se llenaba de hombres de pelo en pecho y de chicuelos en la edad del pavo cuando ella estaba detrás del mostrador. Era un negocio dedicado a las delicatessen en el que destacaban los vinos selectos y los productos lácteos fermentados de diversa procedencia, desde el cremoso camembert al perfumado idiazábal, pasando por el gouda de dorada firmeza y el sensual queso de tetilla. El deseo de los presentes se confundía entre la exquisitez de los manjares y la carnalidad aromática de la oficiante que, tras el ornado delantal de volantes evidenciaba unas turgencias que invitaban al ágape. Se creaba un ambiente de litúrgico recogimiento cuando Carolina, oficiando de pagana sacerdotisa, repartía finas lonchas de prueba entre la nutrida concurrencia. Los clientes salían de allí reconfortados y no dejaban de alabar el prodigio entre las gentes.
Crecía la clientela y don Aurelio el padre, si bien algo molesto ante el fenómeno, no podía menos que sonreír ante los resultados de la caja. Pasado un tiempo, Carolina acabó abandonando sus estudios de secretariado para dedicarse en cuerpo y alma al ejercicio de su curioso ministerio. El boca a boca de las apetencias se extendió como mancha de aceite a la albahaca. Llegaban peregrinos de otras tierras atraídos por la leyenda de una diosa que convertía en sublimes los alimentos terrenales. No faltaron fieles que cometieron la osadía de pretender el amor de la doncella, pero Carolina los rechazaba uno tras otro aduciendo su compromiso comunitario. Hasta que llegó Tanguy, un sibarita peregrino que recorría el mundo con el único objeto de gozar de los placeres gastronómicos, y se fue con él. Pronto la tienda tuvo que cerrar ante la falta de clientela. Abrieron en el local una mercería y todo el mundo se olvidó. Al cabo del tiempo se habló en la prensa de un gourmet fou que elaboraba platos refinados con las zonas más sabrosas del cuerpo de su novia, pero apenas se comentó en el barrio.

5 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

¡Has vuelto!

cacho de pan dijo...

te digo como noemí, alegremente, has vuelto!
un relato delicioso, con mucho sabor, como casi todos los tuyos.

te contesté todas tus preguntas? porque ando medio liado y se me escapan cosas.
un abrazo
insitiré con los libros

Anónimo dijo...

Se agradece que a uno le saluden cuando vuelve a casa. Gracias a ambos.

Tuxman Linuxos dijo...

Sin duda, tu relato me ha dejado un agrio sabor a leche no pasteurizada. He descubierto el queso recientemente, y tengo que decir que tu escrito me ha sabido a casi todos los quesos que has nombrado. Gracias por el pequeño buen rato pasado.

Por cierto, yo también soy de Mallorca, aunque ya no vivo allí :-)

almanaque dijo...

Gracias Tuxman por la visita. Me alegro de lo del buen rato. En cuanto a Mallorca... tuve la suerte de publicar en la editorial de Román Piña, pero soy de León, bien tierra adentro.