sábado, 16 de agosto de 2008

ELPIDIO

Un día a Elpidio le hicieron un retrato. Fue en el paseo marítimo, durante unas vacaciones. Le animó Inés, su esposa. Posó de mala gana ante aquel oriental que le miraba con la cara impasible de una cariátide mientras extendía el brazo y le medía las facciones con precisión agrónoma. La gente hacía corro y Elpidio sentía con disgusto el vaivén de las miradas que le cotejaban con su otredad naciente. Terminó por fin el suplicio y pudo ver su imagen. El resultado –entonces aún no sabía por qué- no le gustó nada, pero tanto su mujer como sus hijos se deshicieron en elogios, así que no le quedó otra que pagar y tomar la obra enrollada bajo el brazo mientras el artista se doblaba en dos ceremoniosamente. Ya marchando sintió en su espalda un sonido apenas audible, un ruido adelgazado por los labios estirados de quien sonríe aviesamente; podría ser algo así como “ya se paleselá”, pero aún no le estaba dado el don del entendimiento.

Todo hubiera quedado en eso si Inés no se hubiera empeñado en enmarcar su efigie y hacerla presidir el salón, justo encima de la pantalla nueva de plasma. Las visitas se paraban ante la esbeltez panorámica del aparato y luego, advertidos por la anfitriona, reparaban en el dibujo y admiraban su parecido con el de carne y hueso. Volvían las miradas de ida y vuelta que a Elpidio, de natural discreto, tanto incomodaban. Todos sonreían, pero él advertía un no se qué inquietante en el tono de sus “qué bien estás, parece que estás vivo”. Incluso sorprendió un día en Inés un mohín adusto mientras pasaba la bayeta del polvo por el cristal.

La consciencia le vino de pronto como un mazazo. Sus ojos, como desprovistos por un instante del velo protector de la rutina, percibieron con claridad y precisión de blu-ray aquel rictus, aquella mirada, aquel otro yo que se abría paso a través de las hebras del papel y de las moléculas del carboncillo como un alien estremecedor. Ocurrió una tarde en que, sólo en casa, veía un aburrido partido de tenis. Quizás el vaivén de las miradas le llevó por asociación a fijarse en el retrato. Y entonces lo vio. Se vio a sí mismo, es decir a su yo enterrado debajo de la carne; ese amago de sonrisa helada, esa mirada muerta de quien ya nada espera, esas arrugas profundas que produce el desespero de vivir. No era Elpidio un hombre resoluto pero, en este caso, reaccionó con la precisión y radicalidad de un cirujano que extirpara un tumor. Curiosamente, nadie nunca mencionó nada. El tenue cerquillo desapareció cuando repintaron el salón.

1 comentario:

cacho de pan dijo...

las payesas ibicencas no querían ser retratadas por fotógrafos porque suponían que las imágenes les robaban el alma.
Es lo bueno de las caricaturas, que sólo retratan una parcela del sujeto, nunca el todo.
Como suele ser lo más superficial de todo, aquello que, desconocedor de más profundidaes, supone el retratista, no hay peligro de perder demasiado.

Ah! A mi también me gusta que me dejen comentarios.