miércoles, 25 de junio de 2008

TRAHAMUNDA

Tramu era una de esas personas que parece que siempre están en otra parte. Sus padres, Sidonio y Veneranda, la llevaron de niña a más de un psicólogo pero todos lo achacaron sin más a “cosas del carácter” y les instaron a aguardar un posible cambio tras la pubertad. Sin embargo, llegó la primera juventud y Tramu seguía siendo una chica ensimismada y triste, aunque de buen carácter. Apasionada de la lectura, encontró en la saudade de Pessoa la definición de su estado de ánimo.
El día que cumplía los veinte años conoció a Lorenzo en el asador donde celebraba con su familia el evento. Pronto intimaron. Lorenzo era un poeta metido a asador de pollos por esas cosas de la vida. Salían al campo y Tramu escuchaba los versos de su novio con amoroso celo. Pero él, sensible como era, advertía que la mente de ella no estaba allí, a pesar de ella misma. Se lo recriminaba con cariñoso ahínco y ella le respondía con un: “es que yo soy así”, que no dejaba lugar a la esperanza.
A pesar de todo fijaron una fecha para la boda. Lorenzo estaba realmente enamorado de aquella especie de deidad clásica de paso por la tierra. El día señalado Trahamunda desapareció sin dejar rastro. Fue Veneranda quien advirtió su falta, al ir a despertarla para ayudarla a vestirse su maravilloso traje blanco. Todo estaba en su sitio, no faltaba dinero ni efectos personales.
Lorenzo acusó la noticia como un mazazo, pero en el fondo de su alma de poeta se lo esperaba. Sabía que Tramu no era de este mundo. Vagó desde entonces por el ancho mundo. Un buen asador siempre encuentra trabajo en cualquier parte. Era bello y sensible y conoció muchas mujeres. Buscaba en cada una el espíritu huido de Trahamunda. En algunos lugares le contaron leyendas de cautivos escapados milagrosamente por los aires.

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