martes, 17 de junio de 2008

TIMOTEO

Timoteo desde niño amó la magia. Le costaba amoldarse a las cosas tangibles. Se imaginaba historias en los desconchados de las paredes. Jugaba con un espejo a proyectar sombras chinescas en los techos y las convertía de inmediato en personajes de trepidantes aventuras. Se pasaba horas mirando un solo cromo de su álbum preferido –uno de Merlín, con ese alto tocado cónico y puntiagudo que le fascinaba- con las pupilas fijas y el ánimo ido. Sus padres Orestes y Romana, lo achacaban a su calidad de hijo único. El caso es que el niño fue creciendo y no menguó su capacidad de fantasía. Si acaso se acrecentó su incapacidad para las cosas cotidianas. En el instituto se despistaba con frecuencia en las explicaciones, por lo que sus calificaciones no eran muy buenas. Su vida social tampoco era muy halagüeña, pues no cultivaba las amistades, ocupado como estaba en cosas más etéreas. Acabó siendo víctima del acoso de sus compañeros más lerdos e insensibles, deseosos de encontrar un chivo expiatorio a quien hacer pagar su propia ineptitud.
Sus padres, preocupados, no sabían que solución tomar. Como eran cultos y pudientes emprendieron diversas terapias con otros tantos profesionales, pero ninguna resultó. Viajaban con él en vacaciones, por paliar de algún modo los efectos del stress acumulado durante el curso. Un día, comiendo en un restaurante de lujo, Timoteo se fijó en el cocinero cuando se acercó a requerir la opinión de los comensales. Le llamó la atención, sobre todo, el alto gorro que ostentaba. Fue su caída del caballo camino de Damasco. Comenzó enseguida a practicar. Su madre le enseñó a rebozar merluza y su padre aportó su nombre al figón. Hoy día Timoteo es un chef internacional de merecida fama. Todo el mundo dice que hace magia con los manjares. De sus muchas creaciones se lleva la palma su esencia natural de Erinias, una espuma incolora, inodora e insípida que hace furor entre los intelectuales más conspicuos.

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