miércoles, 18 de junio de 2008

NOÉ

Había recorrido los siete mares y doblado siete veces siete el cabo de Hornos, pero no tenía pata de palo ni le faltaba ningún ojo. Antes bien, Noé era un viejo atildado y, eso sí, un tanto pendenciero, que gustaba de alternar con los amigos y se dejaba caer por el Ninfa’s Club los primeros viernes del mes cuando podía. Tenía tres hijos, Modesto, Probo y Tiberio, concebidos entre periplo y periplo y educados en la virtud por Natalena, firme como una roca en la esperanza del regreso.
Hubo una noche en que Noé no volvió al amanecer y, ante el desasosiego de la madre, salieron los hijos en su busca por esquinas airadas y locales confusos. Lo hallaron desnudo, embriagado y contento. Los dos mayores reprobaron su actitud y le echaron en cara la desconsideración hacia su esposa. Tiberio, en cambio se recostó a su lado, pidió una copa y se interesó por la tarifa de la hetaira más bella. Empezó así un ciclo de felices singladuras juntos.

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