sábado, 14 de junio de 2008

MAURO

La vida es a menudo injusta. Ved si no el caso de Mauro, encargado de un almacén de ferrocarriles, hombre virtuoso y sin mayores vicios conocidos hasta que le llegó el canto de la sirena que le estaba destinada. Huelga decir que todos tenemos una sirena –la nuestra, la que existe por y para nuestra perdición- fundida con la naturaleza íntima de la sombra, lo mismo que tenemos ángel de la guarda sobre los hombros. Nuestra suerte depende de quién de ellos cobre más protagonismo.

Mauro estaba alternando un día, a la hora del blanco, cuando llegó a sus oídos la cantinela insistente de un artefacto de luces intermitentes y palancas aparatosas. Esa fue la saeta que le flechó el alma para siempre. Metió una moneda y sintió que aquel frenesí de plátanos y trozos de sandía sería irremediablemente el leit motiv de su vida futura. Desde ese día empezó a cambiar sin tasa billetes por calderilla. Las monedas desaparecían por el conducto que daba a la alcancía con un glu-glu que parecía tener para él algo de lúbrico. Mauro permanecía ante aquel baile de signos, como el converso ante los cuadros de un retablo. A veces –pocas, es verdad- la bandeja inferior se llenaba de monedas, con gran escándalo de tintineo y luces, y Mauro se sentía arrobado por la emoción. Por supuesto no dudaba un momento en devolver al ídolo lo que era irremediablemente suyo.

Con el tiempo la economía de Mauro empezó a flaquear y no se le ocurrió otra cosa –para regocijo de su sirenita íntima- que sisar dinero en las facturas de los clientes. Pasó un tiempo y nadie lo notó. Mauro era feliz con su vicio solitario, compartido eso si con un coro que celebraba los plenos con un ¡oooooh! de admiración intensa y se solidarizaba con un ¡ayyyyy! cuando por un melón de menos se quedaba a dos velas. Ocurrió que, con el tiempo y la confianza, las sisas se fueron convirtiendo en desfalco y –como no podía ser de otra manera- sus pecados salieron a la luz. Quedó Mauro en la calle, sin trabajo, expuesto a la vergüenza pública, denostado incluso por sus propios corifeos.

Sucedió que un chino empezó al poco a venir por el bar en bicicleta. Metía unas monedas, las justas, sacaba el premio especial, lo cambiaba en billetes, y se iba pedaleando hacia la siguiente cantina con máquina. Algunos se habían fijado en él, acodado en la barra, apuntando datos en un bloc mientras Mauro se pasaba las tardes jugando sin aliento.

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