miércoles, 18 de junio de 2008

MARTÍN

Desde niño, Martín manifestó una reprobable conducta contra cuyos muros habían fracasado los preceptores más severos. Sus padres Teodoro y Felicia habían dedicado su vida a la exportación de medicamentos adulterados y otros negocios humanitarios. Llegados a la edad madura, sintieron la necesidad de un descendiente en que depositar, en un futuro, el respetable montante de su lucro. Pero he aquí que el vástago había nacido con aquella extraña tara.
Ya de lactante se produjeron las primeras manifestaciones, como dejar intacto en cada toma uno de los pechos, como si lo preservara para un hermano inexistente. Continuó en esa misma tónica, tomando sólo la mitad del biberón o una sola porción del plato, por más que sus padres o la niñera porfiaran. Más adelante no podían regalarle un juguete que no compartiera en la escuela, ni un bocadillo para el que no buscara partenaire. En cuanto tuvo dinero de bolsillo, dividía de inmediato la cantidad por la mitad y le daba una a un amigo, a un compañero o a cualquier pedigüeño que le abordara por la calle.
Una conducta tan desordenada, obligó a los atribulados padres a buscar la ayuda de psicoanalistas, brujos, confesores y chamanes, pero todos fracasaron. Una tarde tuvieron una revelación. Se encontraba en actitud de recogimiento, mirando las cotizaciones en Internet, cuando se materializó ante ellos un barrendero de color para decirles: “Es su naturaleza, así es la rosa”.

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