sábado, 21 de junio de 2008

ISAAC

Isaac era un buen chico. Hacía sus deberes, ayudaba en casa y repartía propaganda los sábados para contribuir al peculio familiar. Todo iba sobre ruedas al lado de su madre, Crafaildes, operaria en una fábrica de carretes de hilo. Lo malo era cuando llegaban los veranos y era reclamado por Renato, su padre, un feriante que recorría en roulotte el país de punta a punta.
Renato era un artista del alambre. Llegaba a un pueblo, colocaba un cable de acero entre dos postes y, llegada la noche, caminaba sobre él armado de una pértiga. Isaac detestaba el riesgo y padecía además de vértigo, pero su padre se empeñaba en enseñarle el oficio. Para él era un mal trago subirse al alambre y dar dos pasos ante la expectación siniestra de la gente. Su madre intentaba evitarlo, pero nada podía a un padre que contaba con la anuencia de los jueces para iniciar al hijo en un oficio a todas luces honrado. ¿No corren riesgos los albañiles, -decía Renato- y nadie prohíbe ese menester?
Isaac se sentía una víctima sacrificada continuamente a un dios ausente. Pasaban los veranos y nunca una mano rasgó el papel charol del firmamento para decir: “Detente Renato, ya está bien”, con voz firme y tonante como corresponde a una deidad. Isaac iba aprendiendo el oficio, mal que bien, mientras dedicaba los inviernos al estudio. Con el tiempo se especializó en física cuántica. Se hicieron muy célebres sus conferencias sobre el azar y la probabilidad con la silla suspendida a veinte metros sobre el suelo.

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