sábado, 14 de junio de 2008

GALA

Tenía a gala cambiar el destino de los hombres que se cruzaban en su camino, de ahí ese nombre que nos ha llegado a través de Ático. En realidad se llamaba Honoria. Ático, condenado por una minusvalía severa a la vida contemplativa, se dedicó a observarla desde la perspectiva privilegiada de su buhardilla, ya desde los años de infancia de ambos. De sus escritos se deriva la imagen de una niña inquieta y precoz, que se planteó desde muy temprano el porqué de las cosas. Con trece años se enamoró de Maulán, el hijo del guarnicionero. Ático los veía besarse, amparados en la penumbra de los portales. Fue cosa de un verano. El chico era ya un tanto fato y pagado de sí mismo, pero en los años sucesivos fue degenerando hasta perder su nombre la última consonante y el acento por voto popular e inapelable.

Algo después le tocó el turno a Leonardo, un joven guapo, con habilidades de mecánico, que llegó al barrio como encargado de los coches de choque que solían poner cuando las fiestas. Ático nos cuenta lo que recoge de los comentarios de su madre viuda, las correrías de la moza con el feriante por la orilla del río, sus largos desafíos a topetazos cuando se cerraba la pista al público y quedaban solos, como dos carneros iluminados por la luna. El narrador no es mero cronista y tiene, como vemos, cierta querencia por la lírica.

Pasaron unos meses y Leonardo partió, siguiendo la ruta periódica de su mester de ave de paso. Llegaron con el tiempo noticias de su éxito como inventor de ingenios mecánicos sin precedente. Le dio fama sobre todo un motor ecológico que funcionaba con la fuerza de los buenos sentimientos, aunque la falta de materia prima impidiera su explotación a gran escala.

Gala acabó dejando el barrio para siempre, de la mano de Severo, un matón de barra americana convertido por mor de su influencia, en ilustre descubridor de la materia orgánica de los sueños. Respecto a Ático, hagiógrafo entregado de estas vidas, sabemos que se precipitó al vacío un aciago día. Su madre lo achacó siempre a un exceso de celo en su misión de deux ex máquina que le impelía a asomarse peligrosamente a la lucera.

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