sábado, 14 de junio de 2008

FLORENCIO

Florencio salía al patio siempre que no llovía, cogía el bote de las habichuelas y ponía un montón en una esquina. Luego tomaba una –siempre eran doce- y atravesaba, pasito a paso, la diagonal hasta dejarla en el suelo, al otro extremo. Eran doce pasos y doce las veces que el montón cambiaba de esquina cada mañana. A mí me gustaba escucharle hablar mientras realizaba este ejercicio ritual. Me contaba su paso por dos guerras, su trabajo en una serrería, su viaje más allá del charco y cosas de la chacra y de la zafra que me sonaban a tambores bajo las palmeras. Cuando terminaba sus doce series, Florencio, recogía su tarrito de cristal tintineante y entraba en casa. El resto del día lo dedicaba a mirar por la ventana, hacia poniente.

No hay comentarios: