domingo, 8 de junio de 2008

DOMNINO

Domnino tenía entre sus funciones cambiar las toallas en los servicios de los compartimentos de primera. Lo hacía ya oscurecido, cuando los largos convoyes reposaban junto a los andenes como saurios cansados y exhalaban un vaho que convertían la estación en un enorme hamam fantasmagórico. Domnino era maduro, ajado y fofo de cuerpo y de alma. Hacía ya tanto que no sentía una emoción verdadera que apenas recordaba su sabor. Por eso cuando abrió aquella puerta y se encontró a una mujer, bella como una diosa, que se retocaba ante el espejo, cerró de inmediato y decidió que no había sucedido. Pero oyó su voz al otro lado de la puerta y no tuvo más remedio que constatar que era real. La miró de cerca y vio sus ojos negros, su boca roja y un cuerpo cimbreante que se insinuaba bajo un ceñido y elegante vestido. Ella se echó en sus brazos y, sin saber cómo, él se trasfiguró en un titán con la sabiduría de un Salomón y el poderío de un Rómulo. Se amaron en posturas imposibles en la inmensidad de aquel cubículo inmundo, mientras se desprendían las manecillas de todos lo relojes de la tierra.

Domnino quedó marcado por aquel prodigio. Buscó a la mujer durante las noches siguientes con la desesperación de un náufrago. Nunca pudo volver a acostarse con Bertila, su rellenita y sonsa esposa, ni quiso tratos con unos hijos mentecatos a los que no entendía ni quería ya entender. Su situación se degradó hasta acabar siendo un paseante sin destino. Buscaba a su dama, como a un Santo Grial, aún sabiendo en el fondo que el reencuentro era imposible. Fue de calle en calle y de pueblo en pueblo. Ya desesperaba cuando al fin ocurrió. Fue una noche, viendo la televisión en un albergue. La película era muy antigua, en blanco y negro; ella le guiñó un ojo y el guiño se multiplicó al reflejarse en cien espejos. Él pugnó por ir a su encuentro, pero la frialdad del cristal y la dureza de la mirada de Orson Welles le impidieron materializar ningún contacto.

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