miércoles, 25 de junio de 2008

AGUSTINA

En cuanto tuvo edad para ello, Agustina acompañó a Arcadio, su padre, a la galería de tiro todos los sábados. Juntos practicaban con todo tipo de armas y la chiquilla destacó pronto por su puntería y aplomo. Arcadio, mercenario de varias revoluciones, había sido dado por muerto muchas veces, por lo que algunos le apodaban “el Gato”. Ahora disfrutaba de un retiro tranquilo, con los honrados ahorros de su profesión y otros de origen más incierto.

Agustina era de natural dulce y discreto. Se desvivía por su padre hasta el punto de desatender los imperativos marcados por Natura. Pasaron varias primaveras sin que prendieran los esquejes de su joven corazón. Hasta que llegó Homobono, con los primero fríos de un año cualquiera. Homobono era todavía un muchacho, pero venía con la mancha negra de un pasado tormentoso. Se presentó en casa con la frialdad de un cobrador de recompensas. Arcadio le temía con el pavor que producen las pesadillas. Agustina, en cambio, quedó deslumbrada por aquel ser patibulario, de ojos fríos y corazón de fuego.

Pronto se casaron. Las relaciones entre los tres fueron tensas mientras duraron. Arcadio evitaba visitar a su hija por no encontrarse con la mirada inquisidora del enviado. Por su parte, Homobono parecía haber olvidado su misión en los brazos de Agustina. Ésta por su parte, pasados los primeros meses de pasión incandescente, soportaba de su hombre las cenizas de unos malos modos que fueron degenerando en sádico maltrato.

Todo acabó mal (o bien, según se mire). El triángulo se rompió, como siempre, por su lado más débil.

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