miércoles, 7 de mayo de 2008

ZENOBIA

A Zenobia se le metió en la cabeza, ya desde la infancia, hacerse novia de un poeta. Nadie sabe el porqué de tan extravagante veleidad, habida cuenta de que en su hogar no había más libros que un misal con cintas de colores y el ajado prontuario de legislación ferroviaria de su padre. Sin embargo la mocita fenecía por escuchar un madrigal de boca de cualquier chico espigado y lánguido, a ser posible con ojeras. Pasó por esa causa una juventud desencantada, pues en su ambiente los muchachos no eran muy dados que digamos al arte de Lucano.

Siendo ya talluda –si bien juncal, a tenor de algunas fuentes-, le vino de lo alto la voz tan esperada. Era Pimenio desde un andamio. El madrigal la sobrecogió por lo inesperado. No era soez como esos exabruptos que a veces surgen de las obras, con la virulencia de adoquines, al paso de una hembra. Más bien, al contrario, se trataba de una frase delicada, ingeniosa, discreta que –según confesara Zenobia años después- “se deslizó blandamente por el aire con la levedad de un ladrillo de amapolas”.

Zenobia quedó clavada en el sitio, con su vestido de rayas, como una cebra olisqueando la sabana. Por unos segundos sintió que había llegado el galán tan esperado. Tentada estuvo de mirar hacia arriba, buscando el rostro del poseedor de voz tan melodiosa, amén de tierno aedo, y sonreírle, hablarle, darle alas. Sin embargo no lo hizo. Una sombra opaca cubrió la escena con negrura de eclipse. Sintió de pronto la ninfa que estaba asistiendo a un déjà-vu; la historia le sonó a conocida y el final le disgustó en extremo. Así que contestó un: “imbécil, en el desierto no hay palomas” y se fue tan fresca, sin mirar atrás.

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