lunes, 5 de mayo de 2008

VALENTÍN

Valentín estuvo en la guerra. Sirvió como artillero, con la decencia y el honor necesarios para el caso, aunque sin merecimientos tan extraordinarios que derivasen al aumentativo. Tampoco nunca se compusieron corridos en su nombre. Fue soldado a la fuerza, como ocurre casi siempre, y volvió de las trincheras con un frío en los huesos del que ya nunca consiguió zafarse.

Durmiendo sobre la nieve, bajo un cielo estrellado, soñaba con una novia morena de la infancia, en un tiempo en que ni por asomo se le hubiera ocurrido pensar que iba a estar en una guerra algún día. A veces, en su paseo onírico, se acercaba mucho al borde de las hondas esclusas del canal de Castilla y despertaba con el sobresalto que nos produce en las pesadillas caernos al vacío.

De regreso a la vida civil, encontró trabajo como guardafreno en un tren que se parecía mucho al de los Hermanos Marx, excepto en que no tenía ni pizca de gracia. Allí siguió soñando y pasando frío varias décadas. En los descansos, sacó tiempo para casarse y tener hijos. Le vivió uno, a quien contaba historias de la mili a veces, cuando paraba en casa. No eran grandes gestas, ni siquiera había enemigos muertos; sólo cosas como las estrellas que lleva el brigada en la bocamanga o la olla aquella que compartía con un gallego. Al hijo le chocaba lo poco que tenía que ver aquello con los tebeos de Hazañas Bélicas que leía con fruicción.

Solemos encontrar representado a Valentín con una cesta al hombro, a lomos de un puente de hechura romana. La cesta va revestida de hule negro y contiene misteriosos arcanos que no estamos en disposición de revelar. El puente, de grandes sillares, simboliza lo que todos los puentes.

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