lunes, 26 de mayo de 2008

ROMUALDO

Romualdo cantaba como los ángeles. Romualdo iba a todas partes con su canción. Era una melodía interior que le acompañó siempre, desde el jardín de infancia hasta el corral de muertos. Su clase fue siempre ésa que los maestros más aprecian por los buenos modos y la dulzura de los alumnos. Era el típico niño que no estudiaba ni poco ni mucho, que no hablaba demasiado ni destacaba tampoco por un mutismo exagerado, que jugaba al balón lo justo y metía un gol de vez en cuando, sin hacer por ello excesivos aspavientos. Hermano de otros cuatro varones, pasaba en casa tan desapercibido que sus padres se olvidaban de él cuando hacían las reservas para las vacaciones y tenían que volver a la agencia para rectificar. Era la suya una familia media, ni pobre ni rica, en la que predominaba la mesura. Si alguna vez surgía una disputa, la violencia inicial iba perdiendo fuerza antes de llegar al paroxismo, como si una melodía no audible amansara poco a poco los demonios interiores.

Llegada la edad se enamoró de Fina, una vecina de ademanes suaves y ojos claros, y llegó con ella al altar años después. Antes, estudiaron y encontraron trabajos discretos que le permitieron vivir con decencia y sencillez. Fueron padres y criaron dos hijos, Piedad y Tobías, que les dieron los disgustos propios de cada edad pero nunca en un grado que resultara preocupante. Sus vecinos decían de ellos que parecían caminar siempre por un sendero de baldosas amarillas.

Romualdo, al madurar, iba desarrollando más y más su calidad melódica, pero nunca habló a nadie, ni aún a su amada esposa, de un fenómeno que había asumido como inefable desde siempre. Una intuición íntima le avocaba a ese mutismo. A veces, sin embargo, los más sensibles se volvían a su paso, movidos por una extraña sensación.

Cuando murió, llegado su momento, Romualdo dejó a los suyos y se integró en el éter. Su hija, Piedad, heredó el don de la música interior, si nos atenemos a lo que nos sugieren los testimonios de sus convivientes. Tobías se hizo oftalmólogo y cuentan que obró grandes prodigios.

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